Salgo a la calle y me embarga una sospecha… una certidumbre, diría: de ser un figurante en una película cuyo guión exacto no sólo desconozco, sino que en lugar de recibir un salario tengo que pagar.
No se necesita de extrema sensibilidad para adivinar el argumento: una ciudad entregada a una orgía de revalorizaciones urbanísticas, fachada ‘multi culti’ y ‘progre’ para atracción de turistas y nuevos incautos.
Mientras tanto, pasa lo que dice M.: seguimos cobrando en pesetas y pagamos en marcos alemanes. La inflación se dispara, pero se oculta. Nuestro poder adquisitivo se ha desvalorizado de tal manera que de no ser por el “pan y circo” que nos bombardea constantemente ya hubiera estallado el tumulto…
Pero es que aquí somos abiertos, tolerantes, cosmopolitas y pacíficos, y ante todo, cumplimos estrictamente nuestro papel, para honor y riqueza de los productores de este bodrio con final anunciado.

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