Bajo el arbol de Principe Real. Los olores, enseguida me llaman la atención. Sus cafeterías, sus pastelerías, únicas. La cultura alrededor de esto: el café, las pastas, los azulejos. Tengo la misma impresión que tuve seis años atrás. Estar al final y al principio del mundo. Estar en la capital de un imperio desaparecido.

Camino por las calles de Lisboa y me da escalofrío pensar que quién debería haber caminado por aquí era Benjamin, no yo.

Me viene a la mente una fotografía.
Lo vemos caminando en una ciudad francesa, las manos a la espalda, pantalón blanco, la mirada baja, un poco encorvado, adelanta un pié… parecería verlo en cualquiera de estas escaleras…
Uno se cuestiona el derecho a determinadas cosas. O sobre su privilegio.

Estoy entre el creyente y el agnóstico.

Me gustan las ciudades con nostalgia. Diría que hasta con cierta melancolía. Lisboa, Dublin, Jerusalén, Paris, Berlín… puede que sean ciudades que tengan algo de “otrora” (noble, imperial).

El viajar es un privilegio si se permite convertirlo en un mapa de uno mismo.

¿Qué es el flaneur sino el abandonarse a la búsqueda intuitiva de uno? Al caminar sin mapa vamos reaccionando, vamos respondiendo a los impulsos, dándo respuesta a los estímulos que nos propone un lugar desconocido.

¿Por qué curiosear en este portal y no en otro?

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