Jerusalén oriental. Cincuenta metros nos separarían de una frontera [hoy] imaginaria. Comienza el viaje en silencio.

¿A dónde?
Al centro de la ciudad, por favor.

Un cortísimo viaje de este a oeste [hasta cuánto Jerusalén occidental podría considerarse oeste está por discutirse, se entiende].

¿Primera vez aquí?
No.
Sólo necesitaríamos un poco de paz.
¿Ves ese señor en ese colmado?
Sí.
Pues bien, él quiere vender, como tu quieres que hayan turistas para tu taxi.
Tienes razón, pero no es fácil.
Yo, sin embargo, soy optimista.
¿Cómo puedes ser optimista?
Porqué hay que serlo, es una necesidad.

Silencio… avanzamos unos metros a través del pesado tejido automobilístico del atardecer jerosolimitano. Cruzamos el barrio ultraortodoxo, otra realidad.

¿Sabes qué?, piensa en Europa, ¿cómo estaba Europa sesenta años atrás?
Tienes razón.
¿Entiendes por qué creo que hay que ser optimista?

Llego a destino, pago los veinticinco shekels solicitados, bajo mi maleta, me despido.

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