Regreso el fin de semana de visita a casa. Al Raval de Barcelona. Vivo aquí hace ya dos lustros y, sea sugestionado por los acontecimientos o no, encuentro un barrio distinto.

Desconfianza en la mirada, sensación de muro que aísla. Lugar dónde voy, sea el mercado o el quiosco de periódicos, el enojo hacia la comunidad paquistaní se manifiesta.

En Plaça St. Jaume veo una concentración organizada por CCOO en favor del derecho a la reagrupación familiar de los trabajadores extranjeros. En su mayoría, presentes, latinoamericanos. Minutos después, un grupo de mujeres paquistaníes sube por calle Princesa rumbo a la manifestación, portando carteles a favor de ese derecho.

Pienso que me gustaría, si bien no exigir, pero sí solicitar a este grupo de vecinos del barrio que se movilicen de manera inequívoca en contra del terrorismo islámico. Sería una manera de ayudar a restituir la paz. Los argumentos salidos de sus organizaciones de representación oficiales no me dejan tranquilo. No condenan, se ocultan tras una retórica de tibio rechazo.
Cuándo lo de las “caricaturas”, ahora olvidado, un reputado periodista me comento, café de por medio, lo que en su radio no iba a decir, por miedo a ser tachado de “facha” : que lo más preocupante de la situación ya no era el ataque abierto y descarado a los valores que los europeos tanto lucharon por conseguir, sino el hecho que ningún intelectual musulmán, ciudadano del continente, haya realizado un llamamiento claro y preciso de condena de la violencia.
El fenómeno es realmente serio. Y es una pena que políticos e intelectuales, afectados por un falso y peligroso fenómeno de avestruz (o lo que es lo mismo, de lo “políticamente correcto”) no estén dispuestos a fomentar un debate civilizado y ausente de violencia. Un debate dónde se intente sentar las bases de una convivencia real, efectiva y el compromiso de esos grupos inmigrantes de rechazar de plano a los elementos extremistas. No hay motivo alguno para contemporizar con este fenómeno terrorista.

Tristemente sorprendido quede también el fin de semana al oír las imbéciles palabras de un antigüo compañero de universidad que intentaba defender, con simpatía, a estos “preciados antisistema defensores de la libertad”. Triste ver cuán idiota puede ser la gente que nos rodea. Falto de pensamiento complejo, primitivo nacionalista de vomitivo discurso, parásito de administración. Y el problema es que estos heroicos cobardes, cuándo las bombas comienzan a estallar, son los primeros que secretamente, apoyan la construcción del muro.

Es por todo esto que me gustaría ver una manifestación protagonizada por la comunidad paquistaní de mi barrio, que buena organización han demostrado tener a la hora de salir a defender otras reclamaciones. Quisiera verlos serios, en la calle, declarando un unánime rechazo a esa bombas genocidas, racistas, que no discriminan, que no tienen objetivo alguno.
Es lo mismo que se le exige, por mucho menos, a cualquier partido nacionalista vasco.

Y si hace falto aclararlo, no soy “facha”, ni siquiera de derechas. Pero estoy harto ya de tanto posmodernismo-falso-progre-políticamente-correcto dónde todo vale igual. No señores, hay narrativas mejores que otras, y ni los asesinos, ni las víctimas, son todas iguales. Que una cosa es ir en metro tranquilamente y volar por los aires, y otra muy distinta es comerte una ostia por terrorista.

(esto último viene justamente a colación de una publicidad que recibí sobre la proyección de un documental de una directora israelí, “Morir en Jerusalén”, que narra el encuentro entre dos madres, la de la terrorista que decide volarse por los aires en un supemercado de Jerusalén, y la de la víctima, que casualmente, tuvo la mala suerte de pasar por allí. Ambas mujeres, ambas de edad similar. ¿Y qué? ¿Estamos todos locos? También el torturador de la Escuela de Mecánica de la Armada de Buenos Aires tenía la misma edad que su víctima, y tal vez, era moreno o rubio como él, y todavía hay más similitud: ambos eran argentinos. ¿Eso los hace éticamente similares? No he visto el documental. Me estoy basando solamente en la publicidad que se me ha hecho llegar sobre el. Y sobre ella me pronuncio. Es muy “progre” pensar que ambas son víctimas. No señor. Hay una señorita que fue por un momento al supermercado a comprar víveres, y hay una fanática que ha decido volar por los aires matando a las personas que allí estaban. Y esto, no tiene punto de comparación ética. Se intenta aquí extrapolar la narrativa, mil veces contada, del “recluta francés y el alemán, ambos trístemente enfrentados en trincheras de la Primer Guerra Mundial, sirviendo a poderes que los explotaban”. En este caso sí, podemos hablar de dos víctimas inocentes de una situación dada. Pero también aquí, rizando el rizo, habría que ver hasta que punto se trataría de dos víctimas… pero vamos, que no lo complicaré. Lo que sí me parece inadmisible, es que con estas ansias de contarnos cuentos, y de vendernos historias, nos vengan a contar ahora esta imbecilidad que “contrastant la vida i la mort de les dues noies, el documental ofereix una perspectiva personal del conflicte que freqüentment queda eclipsada per consideracions polítiques”. Si justamente de esto se trataría nuestra existencia: de consideraciones políticas (y éticas). Que si la señorita quería hacerse trizas a favor del honor familiar y nacional, me parece irreprochable, pero que se vaya a un terrono baldío y allí se haga “click”, o se haga estallar en una base militar, esto hasta se podría denominar como “resistencia a la ocupación”… Pero que no mate a civiles inocentes… que eso es terrorismo, y merece la condena más enérgica que se pueda darle, y por favor, señores distribuidores, dejar de escribir basura para cazar incautos, que al final les explotará en el rostro, aunque esto signifique dejar de “mamar del bote”).

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