Cuándo salimos del Muro de los Lamentos (kotel ha maaravi) el sábado por la noche, nos percatamos de los buses dispuestos para trasladar a los feligreses a sus barrios. Me acerco a la cola y pregunto por el precio. Me responde un hombre-decimonónico, entre irónico y divertido, «como en shabat no llevamos dinero, subimos sin pagar y mañana lo reintegramos en el primer bus que tomamos». «¿Y el Ayuntamiento se lo cree?», pregunto dudoso. «¡¿Por qué no debería creerlo?!», responde él con media sonrisa, como justificando mi aprensión, en el momento justo en que comienza a avanzar la cola.

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