En el viaje entre Barcelona y San Juan, con escala en Filadelfia, fue todo misticismo.
A punto de partir, descubro, sin siquiera sorprenderme, resignado a mi destino, que mi ocasional compañero de viaje es un judío religioso residente en Filadelfia. Casi no hablamos en todo el viaje. Solo un intercambio inicial. Dos horas antes de aterrizar en Estados Unidos, la charla sobreviene. Ex hippy, artista figurativo, siete hijos, con más preguntas que respuestas. “No es casualidad que estemos sentados juntos, nada es casual en este mundo”, dice. “Me gustaría pensar como tu”, contesto, “y encontrar huellas divinas en todo acontecimiento, ¡sería todo tan fácil!”. Sonríe, aprobando, apenas disimulado.
Horas después…
La salida del avión a San Juan se retrasa. Tormenta en el Caribe. Casi tres horas retenidos en pista. Ya en el aeropuerto se me ocurrió que si alguna vez creí que la salida de Egipto era un charter de madrugada de Barcelona a Tel Aviv, la verdadera podría ser un vuelo de Filadelfia a Puerto Rico. El caos, las voces y la anarquía que se apodera del pasaje con una vitalidad que es a la vez fascinación y rechazo.
Mis compañeros de viaje, descubro en la charla de la espera en pista, son miembros de una iglesia pentecostal que, junto a decenas de compañeros, regresan de un congreso en los Estados Unidos.
Me hablan del momento de la luz, la fe, del hablarle a dios, del destino, etc. Tras el hombre, de proporciones significativas, adivino un pasado plagado de drogas, alcohol y violencia. Un aire de Benicio del Toro en “21 gramos”. Una hora más tarde, con la confianza de la espera, me habla de su pasado carcelario y de cómo la fe le salvó la vida. Del milagro que le sucede. ¿Puedo yo discutir esto? Oigo, como si estuviera escuchando un cuento con final feliz. Observo la mansedumbre actual y la compara con la violencia que pudo haber sido…
Hablamos de esta segunda casualidad en este viaje, con compañeros que solo me hablan de fe y religión. Él, y su mujer, concluyen victoriosos: “Nada es casualidad, dios te esta hablando”.
Al bajar del avión, con cuatro horas de retraso, tras dieciocho horas en ruta, me espera B. Nos reconocemos inmediatamente. Solo nos habíamos visto un año y medio antes, por cinco minutos, en las Ramblas de Barcelona. Aquí estaba yo, en Puerto Rico, finalmente.
B. me pregunta si tengo hambre.
Le contesto que sí. Y nos vamos a comer un bocadillo, en el único lugar que encontramos abierto.
Primer noche en la isla.

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