Julio/agosto tocando su final. Turismo como el de este año no he visto en los más de trece años que vivo en el centro de la ciudad. La Ramblas se llenan. Salimos a la caza del “rey hortera”. Ardua decisión, competencia feroz. Inglesas de piel incolora mostrando sus mal agraciados cuerpos, vestidas de “fiesta”, con tacones y “conejitos” sobre su cabeza. Hordas de jóvenes italianos con sus horrendas gafas de sol en su frente. Pareja germano hablante, ella: rubia tenida, vestido negro sin mangas, horrendos tacones; él: pantalón corto deportivo blanco, mocasines sin calcetines, americana celeste. Etcétera inacabable de franceses, americanos… una pequeña ONU de lo visualmente desagradable… (y esto, sin contar los hatajos de jóvenes paseando con sus estandartes, Ramblas arriba, Ramblas abajo, que vinieron a ver con sus propios ojos al enviado de dios en la tierra, cuya actuación multitudinaria tuvo lugar en Madrid, con encantadores grupos de calentamiento que, vestidos de antidisturbios, repartían ostias a diestra y siniestra, en un fanático intento evangelizador de administrar la indulgencia plenaria y forzosa).
Turismo a tope, lo nunca visto, a pesar de la mentada crisis.
C. lo explica diciendo que todos aquellos que solían irse al norte de África se vienen por aquí ya que allí las cosas están como están. Lo leyó no sé dónde. Trash Tourism lo denominó alguien sin temor a que lo acusen de snob. Ya que no podemos ir a África, vamos a España, que es como si pero sin serlo, piensan.
No entiendo que los trae a amontonarse aquí. Aunque los horteras, nos explica un reciente estudio científico, se sienten atraídos por otros horteras. Como las moscas, colige. Esa podría ser una explicación plausible. De ahí que hayan playas sólo para horteras. Las he visto. Otra posibilidad: que haya habido algún problema de señalización y la gente confunda Barcelona con Benidorm o Lloret. Podría ser…
Total, que las infraestructuras públicas se desbordan: atravesar las Ramblas con la moto o bicicleta me recuerda un videojuego cuyo objetivo es llegar al final esquivando peligrosos obstáculos: turistas que se lanzan sobre la calzada sin mirar, o camareros haciendo equilibrio entre los coches con bandejas cargadas de paellas y garrafales jarras de sangría. Toda el comercio se organiza para sacar tajada de tanta horterada: nuevos negocios de souvenirs se abren; el olor a shawarma impregna las calles evocando otras geografías; sucursales bancarias se reforman para parecer, paradójicamente, “más europeas”; contenedores de basura se distancian de los lugares “emblemáticos”; los pisos se reconvierten en infraestructuras turísticas; calzadas invadidas por bicicletas alquiladas, motos mal conducidas y cochecitos turísticos con GPS que circulan imperturbable y peligrosamente por las calles…
Y si todo esto no es suficiente, el flamante alcalde ha tenido una brillante idea: idear una manera para que el “Bicing” también sea disfrutado por los turistas. Todo es permitido en nombre de la crisis. La madre que lo parió… dentro de poco nos pedirán que cedamos nuestras camas a favor de una Barcelona “guapa, internacional y turística, oberta al mon”, que la gula no tiene límites.
Creo que al final lo lograrán… puede que este sea mi último verano en el barrio.
Y así se va consumando este mobbing silencioso…
A ver, yo lo entiendo, seamos sinceros: ¿quién quiere vecinos “quejicas” en una zona destinada a convertirse en el Disney de Europa? Es que Barcelona, como dice el lema, se pone guapa…

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