Las instituciones son como las personas. Las hay dialogantes, respetuosas, arrogantes, displicentes, opacas, transparentes… en realidad, son más que las personas que las conforman. Y esto es un tema interesante, casi místico. Es como si en ellas planeara una manera de ser que es general a todos sus miembros.

Decía mi querido R., al frente de una importante institución, que “las relaciones entre los artistas y las instituciones tienen que basarse en el respeto mutuo”. Cuándo con una fundación, museo, centro cultural o similar, la comunicación se tuerce, hago lo que haría con una persona querida. Le expongo mis razones, quejas y argumentos y quedo a la espera de su respuesta, invito al diálogo. A veces hay suerte, y tras esa pequeña crisis, surge una relación duradera.

Las personas, como las instituciones, responden como su propio espejo:  nos ratifican o rectifican nuestras sospechas. Los dialogantes, dialogan. Los displicentes se sienten ofendidos y no aceptan crítica alguna, insultan en su respuesta. Es como si no tuvieran fondo y fueran una mera caricatura de ellos mismos. No son capaces de meter los pies en el agua. Cuándo uno se topa con alguien así, sea institución o persona, no hay futuro posible. Lo mejor es desconectar.