En Berlín, dentro de un par de horas vuelvo a presentar aquí “Quién mató a Walter Benjamin…”.

Mientras tanto, y aprovechando el tiempo (y el clima, que más que un julio estival nos recordaría a un febrero mediterráneo tormentoso), hago un poco de orden. Encuentro un documento, escrito hace tiempo, con dos notas mías:

“En muchas circunstancias si uno callaría, no habría más que hablar. Deberíamos comenzar a discernir entre el encuentro y los simulacros de diálogo. Entre el hablar y la verborragia compulsiva. ¿Con cuánta gente nos encontraríamos si dejásemos de monologar?”

“Un proyecto no puede arrastrase infinitamente, pienso, mientras contemplo el reflejo de las torres sobre el mar… primero fue el reflejo, luego las torres. No, pienso, un proyecto no debería posponerse constantemente… empezar a cavar sobre una tumba”.

Algo más: en mi vuelo hacia aquí, me acompaño Klaus Mann y algunos de sus artículos. Da temor ver hasta que punto sus escritos de los primeros años 30′ recuerdan nuestro momento histórico. Cito: “nuestro continente y nuestra civilización parecían encontrarse en un estado de relativa tranquilidad. ¡Vaya ilusión! Aquella era la calma que precede a la tormenta y los rayos no tardaron en caer: crisis económica, empobrecimiento progresivo, victoria de los fascismos, amenaza de guerra mundial. Todos nos vimos implicados. De entre aquellos que tenían corazón e inteligencia, nadie permaneció indiferente. Y los mejores cambiaron” (1935).

Luego pensé… ¿quién hubiera imaginado su presente cinco años antes? ¿y el nuestro dentro de cinco?

Por eso, ayer hablando con M., le explicaba que estos tiempos que estamos viviendo exigen otro tipo de respuestas dentro del arte. Y  más aún, si es cine documental. M., tras un corto silencio, responde, sonriente y marcando su acento: “España será el Stalingrado del euro. Ya lo verás”.