Tenía siete, tal vez ocho años. No lo recuerdo exactamente. Lo que sí recuerdo era un pensamiento recurrente: quería tener unas antenitas en mis cejas que me permitiesen grabar todo lo que ocurría a mi alrededor. También recuerdo que por la noches me sobrevenía la angustia, me acuciaba un problema que, para mi mente infantil, se me aparecía irresoluble. Una paradoja: de tener la posibilidad de filmar todo lo que me acontecía, constantemente, todo el tiempo, sin interrupción, necesitaría vivir el doble de tiempo, tener dos vidas. Una para la filmada y la otra para el visionado. En esa época, claro está, no existían todavía ni cámaras de video, ni los montajes digitales, ni las gafas google, ni las cámaras de vigilancia, y menos la posibilidad de acceder al fast-forward… creo que fue el momento que comencé a escribir mis diarios de infancia…

[ Barcelona, julio de 2013 ]