Hay lugares que de tanto contarse a ellos mismos lo especiales que son terminan por creérselo. Seguramente en un principio era así… enclaves entre dos aguas, lugar de encuentro, mestizaje, búsqueda… con el tiempo, reconocidos como tales, comienzan a explotar su talento… pasado un tiempo, se convierten en sombra de lo que fueron. Viven en función de sus glorias del pasado. Uno se adentra en sus pasillos sin vida buscando el perfume de lo que fue. Pero allí no hay nada. Dejó de existir en un momento sin que nadie se percatase. Si acaso, se fugó a dónde todavía no lo hayan descubierto, como copia más genuina, nueva, necesaria. Mientras que sobre los suelos de lo antiguo, el turista juguetón, cree sentirse dentro de una historia de hadas, cuándo en realidad, no está más que en un escenario dónde el alma ya hace años ha expirado. Es un muerto, un cuerpo conectado a mecanismos externos que nos hacen creer que todavía vive.
[ Barcelona, agosto de 2014 ]