Una y otra vez constato, con estupor, el fenómeno: el espacio público se convierte en un lugar peligroso, se instala el miedo, la desconfianza. Las personas, encerradas en sus pantallitas y sus auriculares, temen. El «otro» es un depredador potencial (terrorista, carterista, violador, portador de un virus, captador). Pedir fuego, preguntar la hora, saber cómo llegar a algún lugar… la gente pierde la costumbre del contacto, da un paso atrás, se asusta, prevalece la desconfianza.