En la plaza. Oigo a un padre decirle a otro: «Hombre, ¡has de disfrutar la vida como si fuese el último día!».  

«¡Que imbécil!», pienso observando al prototipo de piso-propio-e-hipoteca –cuenta en La Caixa, votante de Convergencia, bermudas azul oscuro por sobre la rodilla, camisa de manga corta– que sale los domingos a jugar un ratito con su hijo.  

La frase, por más que se repita hasta el hartazgo, es cáscara vacía. Se deja de lado un elemento fundamental. Justamente lo que se convierte, a lo largo de nuestra existencia, en una pesada carga: el aspecto económico, material.   

Si tuviera que vivir cada día como si fuese el último, no me preocuparía por tener ahorros, ni pagaría impuestos, ni menos aún cumplimentaría la declaración de la renta. Con lo cual, la frase no resiste el menor examen. 

(enero 2018)