K. es un joven emprendedor. Trabajador, buen padre de familia. Esforzándose mucho, comprando allí, vendiendo aquí, ha logrado hacerse de un buen colchón económico. Con el dinero ahorrado y una declaración de renta más que dudosa, va comprando pequeños pisitos que pone a punto con reformas rápidas y económicas, y así alquilarlos buscando su máxima rentabilidad.  
Barcelona es para él y los suyos un escenario donde expandir sus reales: una tienda donde todo se compra, todo se alquila.  
Él se ríe de mi apego por el centro de la ciudad. Para él, aquí viven inmigrantes hacinados en habitaciones compartidas o guiris desahogados que van de progres. «La gente como nosotros vive fuera», asevera K. Nunca le pregunté a qué se refiere con ese «nosotros». El «nosotros» me descoloca, pero como me hace ilusión sentirme incluido en su círculo de emprendedores, no lo cuestiono. «Tu batalla está perdida», insiste didácticamente intentando hacerme entrar en razón, como quien ofrece al enemigo una rendición honrosa. «Todos hacen lo mismo, ¿por qué no habría de hacerlo yo?», se justifica.  
K. es un joven emprendedor. Y decenas de K. van destruyendo nuestra ciudad…   

(octubre de 2016)