El primer carrete que fotografié en Terezin no se expuso bien. A uno le gustaría argumentar algún tipo de razón metafísica, tan propia para las circunstancias. Pero su explicación seguramente sea más sencilla, pueril, diría, y no se deba más que a la confusión entre un carrete blanco y negro y otro en color, entre una sensibilidad y otra. Un negativo donde se insinúan retazos, signos. Unas líneas apenas perceptibles que dan cuenta de una realidad que no llegó a cristalizar.  

Días previos al rodaje de mi film sobre Walter Benjamin recuerdo una pesadilla: «un cuarto oscuro, un negativo que a punto de revelarse se vela… una capa gris que lo diluye todo…». A mitad de rodaje, otra, si bien distinta, recurrente en su sentido íntimo: una entrevista cuyo audio no quedaba grabado.  

(septiembre 2012)