Franz era un fenómeno interesante, digno de estudio. El tipo se mostraba en las redes sociales de lo más ufano. Publicaba con asiduidad, respondía a todos los comentarios. Vivía dentro de Twitter. Levantaba pecho allí. Si tenía un problema, una consulta, una duda, no llamaba, no nos pedía consejo. ¿Para qué? Lanzaba la pregunta al mundo virtual, y decenas de deditos no tan virtuales, pero aburridos y dispuestos como él, le respondían. Con el tiempo, todo ha de decirse, se convertiría en un fenómeno local. Tenía miles de seguidores. Y quién no lo conociese en persona, debía de pensar que era un tipo majo, sociable, sonriente, amable, atento, educado… Nada más lejos de la realidad: era un hipócrita a consciencia, un arribista.  

Todo había comenzado también con un tweet, años antes. Franz y su familia acababan de llegar a la ciudad. A nadie conocían (o eso fue lo que nos contó). Recuerdo que era un tórrido agosto. En un tweet Franz publicó –en inglés–, en un tono aparentemente paternal y preocupado, pero calculadamente sentimental, que su hijo se siente solo y que le gustaría conocer a los futuros compañeros de clase. Supo tocar las teclas necesarias. Los medios locales y las redes, inmediatamente, se hicieron rápidamente eco. Y no era para menos: una familia danesa, rubios todos ellos, blancos, con buena economía. No se trataba de una familia más, sin recursos, latinoamericana o norafricana. No, nada de eso. Sino una familia ‘aria’ dispuesta a vivir entre nosotros, los sudorosos habitantes del sur, reconvertida en el imaginario de muchos en la Dinamarca mediterránea. Era nuestra oportunidad de demostrar una vez más al mundo lo que éramos: abiertos, cosmopolitas, cultos. ¡Hasta el mismísimo Conseller d’Educació le contestó! ¡En la televisión local lo entrevistaron! (es que somos así: abiertos, cosmopolitas, cultos; no como nuestros primos peninsulares: brutos, ignorantes, provincianos… ¿desde cuándo un danés querrá vivir en un pobre pueblo castellano?). 

Pasaron las semanas, las clases comenzaron y pronto constatamos que todo intento de entablar una relación se hacía imposible. Era como plantarse frente a una pared helada, ojos que miran y trituran.  

El colmo vino el día en que un padre nos trajo el tweet en que Franz, a tan solo un año de haber llegado, tan fresco, sin despeinarse, escribía: «de visita en Dinamarca, había olvidado lo fría que es la gente aquí. Ya me acostumbré a los abrazos y los besos del sur, a los cálidos saludos en el patio de la escuela». Esto escribía una persona que no hablaba con nadie y que se mantenía a una distancia de más de un metro de sus congéneres.  

El tweet, por supuesto, obtuvo nuevamente una avalancha de ‘likes’: público cautivo, amantes de nuestra banderita y nuestro idioma. Franz había entendido muy rápido qué hacer para escalar, sabía qué teclas precisas tocar: amor por el terruño, adhesión a la causa, fervor por su lengua. Solo más tarde recordaríamos que la primera vez que nos encontramos con él, se interesó, disimuladamente, por nuestras posturas en el tema candente del momento: ¿éramos independentistas? ¿teníamos tal vez relaciones que podrían ayudarle? Es que el hombre tenía olfato de la oportunidad, perspectiva de futuro. Entendió rápidamente por qué lado sopla el viento, y allí se plantó. Se emboscó en el trapo de colores y allí hizo su plaza fuerte. Y claro, ante tanto amor patrio mostrado por el rubio extranjero, su público local-virtual se volcaba con amor. Pero nosotros sabíamos que todo era una impostura. 

Y así fue como un día desapareció. Ni gracias ni hasta pronto, ni reunión de despedida para su hijo ni nada… ya no nos necesitaba.  

Se fue como vino: un mensaje dónde anunciaba que cambiaba de ciudad y comenzaba una nueva etapa.  

El último tweet que leí de él antes de mi “unfollow” anunciaba su inminente llegada a su nuevo destino, y que su hijo se sentiría solo y que deseaba conocer nuevas familias para él… también era un tórrido agosto.