Corría el año noventa y ocho, tal vez noventa y nueve. Estaba cursando mis estudios de doctorado en la universidad («la patera de oro», así es como llamaba una amiga mía a mi beca). Teníamos un profesor invitado, anglosajón, que llegaba, se sentaba, decía sus buenos días, y comenzaba a leer su clase. Hora y media, lectura pausada, acento pesado, insoportable. La clase tenía lugar muy temprano por la mañana. Una hora de viaje para oír a alguien leer… El hombre, además de flemático y madrugador, era posmoderno. Un bodrio. Que El Pato Donald, que Hollywood… Algún día hasta tuvo su desliz sobre los judíos, rápidamente rectificado (el antisemitismo, aún en las almas más progresistas, está mal visto y hay que ocultarlo, por supuesto, y nada mejor que una pátina de antisionismo dónde al judío se le condena a vagar por el mundo, no sea cosa que tome las riendas de su propio destino, «¿desde cuándo los judíos tienen la insolencia de negarse a caminar sin chistar hacia la muerte? ¡Esto no puede ser!»). Bueno, exagero, lo sé. No le oí decir nada de eso, pero se podía adivinar, ya saben, un sexto sentido, demasiado desarrollado a través de los siglos, a veces basta con la punta de la lengua asomándose, para ponerse en guardia. O solo la manera de pronunciar la jota cuándo se dice la palabra judío, una jota que más que una letra parecería el filo de una navaja. En fin, que sensibilidad o no, ya se puede adivinar que el tipo no me caía nada bien. Y seguramente era recíproco (también ellos son sensibles). Sea como sea, un día, harto ya de tanta parafernalia, de tanto ruido dialéctico vacío, de palabras que no significaban nada, de significado perdido, de significante sin retorno, le espeto: «los posmodernos sois el caballo troyano de un capitalismo salvaje que nos terminará por arrollar a todos». No ahondaré en su reacción. Además de sensible, el hombre era rencoroso. Fue mi peor nota de universidad, pero me salvé de seguir asistiendo.  

(junio de 2020)