134

–Vale, te cuento el último. Pero este bien cortito y luego te duermes, ¿de acuerdo?

–Sí, papá. 

Nathan escucha con atención. Tras un corto y denso silencio, exclama decepcionado: 

–¿Quién despertó?¿Qué dinosaurio? ¡Qué tonterías!

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Me invitan a un encuentro judeo-musulmán. Música, pastitas, zumitos… Sentirse buena persona compartiendo una tarde con gente guais. Simpático, inocuo, preformato subvencionable. Estoy invitado en calidad de judío, lo sé, no me hago ilusiones. Es mi filiación lo importante aquí. Otros, seguramente, están invitados como musulmanes. Diálogo entre etiquetas. Todo resulta más extraño si cabe: algún que otro judío, otros que amanecieron judíos ayer mismo, un puñado de musulmanes y una mayoría de «gente de bien» con sonrisa beatífica que parecerían tener la frase som bona gent inscrita entre sus dientes. Sobre el escenario, con enorme pathos y mala pronunciación, tocan canciones judeo-árabes de una Sefarad inexistente, imaginaria, mítica. Hinei ma tov umanaim shevet achim gam yachad. «Abrazaos y cantad conmigo» –exhorta la cantante–, miro a mi vecina de asiento y no puedo más que aprobar la excelente idea. Tras tres canciones y dos pastitas, Nathan me chafa el asunto. Me pide ir al parque. «Con lo bonito que es estar los hermanos y las hermanas juntos», pienso, mientras me despido resignado de mi ocasional compañera para atender a mi querido y demandante retoño.

(marzo 2019)

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En un artículo del periódico leo: «la mitad del trabajo de los abogados, podrían hacerlo las máquinas». Y el de los jueces también, me digo. ¿O es que ya lo habrán puesto en práctica y no nos habíamos percatado? 

(febrero 2019)