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En las redes sociales corre un video sobre unos animalistas tratando de criminales a unos campesinos. Sucede en Catalunya, como podría suceder en cualquier otro lugar de nuestro occidental, rico y contemporáneo mundo. Detengamos el vídeo. Observemos un frame cualquiera. Los manifestantes, jóvenes, ellos y ellas, manos que nunca han madrugado para el trajo físico, blancas, finas, suaves; camisetas con eslóganes progresistas, bermudas, bambas coloridas, calcetines cortos. Frente a ellos, gente de mediana edad, robusta, ropa de trabajo, calzado tipo borceguíes, calcetines gruesos y altos… Y en el medio, entre los dos bandos, los pollos y las pollas… 

(agosto 2019) 

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«Si pagas con cacahuetes no puedes esperar más que trabajar con monos», dice el viejo proverbio –chino, ¿tal vez?–. De ahí se deduce que si dejas que te paguen con cacahuetes, no has de sorprenderte que te traten como a un mono…

(mayo 2018)

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En la silla, una mujer. Frente a ella, el juez. Detrás, un enjambre de periodistas ávidos de frutos amargos que sirvan de desayuno a sus lectores. 

El caso tiene interés: una señora respetable, pasados los sesenta, recibe la comitiva a tiros. Parapetada tras una mesa, sillas y un sofá a modo de trinchera, grita que «no se dejará expulsar de su casa “por las buenas”». Resultado: un policía herido de bala, un agente judicial magullado, el representante de los ‘buitres’ (piel gris, gafas, portapapeles de piel en una mano), indemne. Los periodistas se relamen en los detalles, los exprimen hasta dejarlos secos, como cáscara vacía, despojo sin sentido. Entrevistan a los vecinos, a las amigas, a los feligreses de la iglesia… 

«Silencio en la sala», ordena el magistrado. 

Su mirada severa, la mano lista para sentenciar, un movimiento y el rumbo de una vida se tuerce (¿le quitará el sueño, acaso?). 

Su voz interrogante, trona: «Señora, ¿por qué lo hizo?». 

La sala expectante. 

La acusada (menuda, insignificante en su disimulo de `mujer bien’) contesta monocorde: «No tenía dónde ir». 

El público se remueve. 

La mujer agrega con naturalidad: «En prisión, sé que al menos tendré un techo y comida». 

(noviembre 2018)