174

En la plaza, fútbol con Nathan. De refilón, veo aparecer dos jóvenes sobre monopatines eléctricos. Movimiento envolvente: joven turista, móvil en mano, mochila mal ajustada, distraída. Sin pensarlo, le advierto. La joven, asustada, se aleja. Ellos se giran, y al grito de guerra, vienen hacia mi: «hijoputa, racista, racista, hijoputa, si no estuviera tu hijo te cortábamos la cabeza, hijoputa, racista, te partiremos una botella en la cabeza, racista, hijoputa, ya verás cuándo te encontremos solo, hijoputa, racista…».  

(agosto 2021)

173

No me gustan los documentales perfectos. Les falta humanidad. Un documental ha de ser como la vida. Tener errores, lugares en blanco, situaciones sin resolver.

(julio de 2018)

172

El exilio como condición universal. Problemas derivados de difusos y equívocos conceptos desaparecen: raíces, arraigo, tierra, terruño, banderitas, pertenencia, herencia… Un mundo ideal dónde todos serían extranjeros, obligados a cambiar de continente, cómo máximo, cada dos generaciones. Y aun así, ya sería demasiada permanencia.

(noviembre 2012)

171

Todo dura lo que dura una mirada. Semáforo, a punto de cruzar. A mi lado se detiene un hombre. Cuarenta y cinco años. Mascarilla blanca, pantalón negro, camisa oscura ajustada al cuerpo, zapatos de piel también oscuros, calcetines a juego, bajos bien arreglados a la altura de los tobillos. Todo muy cuidado, programado, pensado. Bolsa marrón de piel que le cuelga del hombro derecho. Consulta algo en su móvil. Imagino un profesional liberal reconvertido –por las circunstancias– a comercial. Del bolsillo derecho asoma la cabeza de un boli blanco de plástico. Desentona. Desequilibra todo el cuadro. Como adivinando mi decepción, lleva su mano allí, coge el boli y lo esconde en su bolsa.

(octubre 2020)

169

Sesión de investidura. Mi hijo me pide ver la «película del Congreso». No hay escuela, día después de Reyes. Los niños se quedan en casa para jugar con sus regalos, y los padres (y las madres, claro) a lidiar con sus respectivos trabajos para poder quedarse a cuidarlos sin que le descuenten la jornada. Hermosa conciliación familiar. O esto, o pagar sesenta pavos para una canguro (lo siento, no encuentro canguros hombres, no es una cuestión sexista, y el único que encontré, ya no está en la ciudad). Además, la situación no está para gastarse nada. Bueno, total que Nathan se despierta a las siete del mañana dispuesto a jugar, a hablar, a comer y a liarla parda. A las once y media, viendo él de refilón la portada de un periódico online que estaba yo consultando, pregunta: «¿podemos seguir viendo la película esa que estábamos viendo el sábado? No se terminó todavía, ¿no?». «Pues no, no se terminó, hoy es el último capítulo». «¿De verdad? ¡Veámoslo!». Y así fue como, un martes después de Reyes, un padre y su hijo de cinco años, sentados frente a la pantalla del ordenador, se deleitan con las ponencias de los disputados, como se le dio en denominarlos acertadamente mi alegre e infatigable retoño. Él quiere saber quién se lleva al final todos los papelitos. Desde el día en que fuimos juntos a poner el sobre en la biblioteca del barrio está curioso de cómo concluirá el asunto. Me sorprende su interés en el espectáculo. Es verdad que tiene tendencias performáticas, pero el hecho de quedarse sentado más de una hora y media oyendo a gente –con barba o sin ella– vociferando en una tribuna, me sorprende. Me pregunta quién es el bueno y quién es el malo. Lo animo a que lo vaya dilucidando solo. Y en general, para mi sorpresa, acierta bastante. El Congreso como plató de espectáculo, entretenimiento didáctico para niños: ejemplo de malas maneras, imagen pedagógica de lo que no puede ser.

(enero 2020)

168

Una sociedad obsesionada con la construcción de su identidad, es una sociedad que no tiene espacio para ningún otro… (esto ya lo había dicho y escrito hace muchos años).

(junio 2011)

166

Corría el año noventa y ocho, tal vez noventa y nueve. Estaba cursando mis estudios de doctorado en la universidad («la patera de oro», así es como llamaba una amiga mía a mi beca). Teníamos un profesor invitado, anglosajón, que llegaba, se sentaba, decía sus buenos días, y comenzaba a leer su clase. Hora y media, lectura pausada, acento pesado, insoportable. La clase tenía lugar muy temprano por la mañana. Una hora de viaje para oír a alguien leer… El hombre, además de flemático y madrugador, era posmoderno. Un bodrio. Que El Pato Donald, que Hollywood… Algún día hasta tuvo su desliz sobre los judíos, rápidamente rectificado (el antisemitismo, aún en las almas más progresistas, está mal visto y hay que ocultarlo, por supuesto, y nada mejor que una pátina de antisionismo dónde al judío se le condena a vagar por el mundo, no sea cosa que tome las riendas de su propio destino, «¿desde cuándo los judíos tienen la insolencia de negarse a caminar sin chistar hacia la muerte? ¡Esto no puede ser!»). Bueno, exagero, lo sé. No le oí decir nada de eso, pero se podía adivinar, ya saben, un sexto sentido, demasiado desarrollado a través de los siglos, a veces basta con la punta de la lengua asomándose, para ponerse en guardia. O solo la manera de pronunciar la jota cuándo se dice la palabra judío, una jota que más que una letra parecería el filo de una navaja. En fin, que sensibilidad o no, ya se puede adivinar que el tipo no me caía nada bien. Y seguramente era recíproco (también ellos son sensibles). Sea como sea, un día, harto ya de tanta parafernalia, de tanto ruido dialéctico vacío, de palabras que no significaban nada, de significado perdido, de significante sin retorno, le espeto: «los posmodernos sois el caballo troyano de un capitalismo salvaje que nos terminará por arrollar a todos». No ahondaré en su reacción. Además de sensible, el hombre era rencoroso. Fue mi peor nota de universidad, pero me salvé de seguir asistiendo.  

(junio de 2020)