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Me desperté, repentinamente, cargado de malos sueños. Miro por la ventana, apenas clareaba. El primer pensamiento es: «buena luz para moverse entre los bosques». No puedo volver a dormirme. Miro la hora, cinco y cincuenta. Me percato de algo más: hoy es primero de septiembre. Si los lugares tienen memoria, y las fechas también, entonces esta es una madrugada terrible. 

(Köln, septiembre de 2003) 

Kafka

«¿Ha oído hablar de nuestro anterior comandante? ¿No? Pues bien, no exagero si digo que la organización de toda la colonia penitenciaria es obra suya. Nosotros, sus amigos, supimos en cuanto murió que la organización de la colonia está tan bien trabada en sí misma que su sucesor, aunque tenga mil planes nuevos en la cabeza, al menos durante muchos años no podrá modificar nada de lo antiguo».  

En la colonia penitenciaria, Franz Kafka.   

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Casa América. Cafetería. Madrid. En la mesa vecina un hombre de unos cuarenta años. Gafas oscuras cuadradas, pasadas de moda, cabello negro, bigote, libreta abierta. Con el rabillo del ojo busca alrededor. Quiere iniciar conversación, se aburre. Inevitablemente, se dirige a mí. Se presenta. Artista mexicano, venido por Arco. Doy respuestas cortas, nada que dé lugar a más. Quiero estar solo, en silencio, disfrutar de un momento de lectura tranquila. Parece no percatarse. Me pregunta por “mi tierra”. Que si voy, que si no voy. Ante lo evasivo de mis respuestas, que él confunde con desinterés por eso que denomina “mi tierra”, sentencia moralista –más cercano a un militar golpista que a un creador–: «no hay que olvidar tus raíces». Harto, le pregunto: «Cuándo me miras, ¿qué ves?… ¿una planta o una persona?». 

(2008)