#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, “El extranjero” de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)

#86

Perdonadme la frivolidad. Permitídmelo. No solo me molesta tener que aguantar la vulgaridad de Trump y de está era que comienza. Sino también los discursos, manifiestos, películas y todas ese festival progre- autorreferencial-aburguesado que no hace más qué comenzar. ¿Otra vez Michael Moore aplaudido en Cannes? ¿Otra vez premios de cine con actores “sensibles políticamente”? ¿Otra vez manifestaciones de gente ‘guay’? ¡Qué horror! ¿Dónde estaban todos estos quejicas-de-buen-pasar mientras se estaba gestando el desastre?
En el año treinta y nueve, Frida Kahlo visita París con motivo de una exposición que le está organizando André Breton. Decepcionada de todo lo que ve, escribe a Nicholas Murray: “Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme a esta mierda de ‘artistas’ parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los ‘cafés’, hablan sin cesar acerca de la ‘cultura’, el ‘arte’, la ‘revolución’, etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad.” Y agrega, “valió la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente, que no sirve para nada, provoca el surgimiento de los Hitler y Mussolini.”
[enero 2017]

#82

Hace unos días la prensa se hacía eco del trabajo de un joven artista israelí que, a manera de instalación web, mostraba su indignación sobre lo que sucedía en Berlín, en el Monumento a los judíos de Europa asesinados.

El joven artista, Shahak Shapira, echa mano de selfies tomados por visitantes –en actitudes poco solemnes– y las superpone con fotografías documentales del exterminio.

Es fácil tocar las teclas necesarias para generar el escándalo, la emoción. Eso no exige más qué un ligero conocimiento de los medios. De la dinámica que los caracteriza. Hoy en día, diríamos, de su viralidad.

El nazismo  –y todos sus parientes totalitarios cercanos–, son el resultado de la pulsación de teclas claves, manipulación emocional, movilización de los sentimientos primarios de las masas.

Es por eso que el tema que nos ocupa nos reclama ser asumido con humanidad, empatía, calidez,  inteligencia. Sin titulares. Sin manipulaciones. Evocar, más que provocar.

No hay dudas sobre las tensiones existentes entre el emplazamiento del monumento y la manera en que los visitantes lo experimentan. Pero el énfasis no debería hacerse sobre unos adolescentes que juegan sacándose estúpidos selfies. Ha de centrarse en el sentido mismo de la obra, del monumento, de su lugar físico, de su construcción.

Mucho se ha escrito sobre el tema, y el mismo concurso para la realización del Denkmal dio lugar a un debate interesante sobre cuestiones de memoria y su representación.

Entre los concursantes, quisiera destacar una propuesta de Horst Hoheisel, con quién tuve la suerte y el placer de coincidir en Portbou, hace unos años, en el marco de unas jornadas sobre el legado de Walter Benjamin. Su propuesta consistía en lo que se dio en denominar el anti-monumento. Él proponía que si realmente se quería rendir homenaje y mostrar arrepentimiento, habría que dinamitar la  colosal Puerta de Branderburgo, convertir sus piedras en polvo, y esparcirlos en la zona. ¿Qué mejor manera de honrar la memoria de los asesinados que por medio de la destrucción de este monumento, símbolo del imperio prusiano? En lugar de conmemorar la destrucción con otra construcción, el artista proponía conmemorar la destrucción con la destrucción, dejando allí un vacío perenne, en constante recuerdo de aquello que fue aniquilado.

Como era de esperar, la propuesta nunca fue aceptada. Y lo que tenemos ahora es ese extraño laberinto en el corazón de Berlín, a los pies de las embajadas aliadas occidentales y a unos metros de la Brandenburger Tor.

Los monumentos y memoriales son más un relato contemporáneo que del pasado. Y su emplazamiento y la experiencia del visitante tiene mucho más que ver con nuestro tiempo que  con el de las víctimas. Dudo mucho que los púberes que corretean jugando al escondite entre los bloques de cemento piensen realmente que estén haciéndolo entre las tumbas. El problema está, si acaso, en la cultura del selfie, y en la misma propuesta –y tradición– conmemorativa.

#76

Cuándo estalla una bombona en un respetable edificio, tomamos consciencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la dependencia que tenemos de los otros, de la fragilidad del pacto social. Inmediatamente después lo relegamos al olvido.
Vivir con la certeza de nuestra vulnerabilidad, no nos permitiría conciliar el sueño…
Con la conciencia del genocidio parecería suceder algo similar: el hombre no podría vivir sin enloquecer sabiendo que vive en un mundo menos seguro, más preparado para el horror. Que los trenes que todos los días lo llevan al trabajo podrían fácilmente convertirse en medios para conducirlo a la muerte; que los medios de comunicación que hoy lo entretienen podrían ser utilizados para convencer a su vecino de que él es la escoria de la sociedad  (a ese mismo vecino que todas las mañanas lo saluda con un educado “buenos días”). Y lo que es peor, que el propio vecino, además de poder provocar por descuido un estallido con la bombona, podría convertirse en su verdugo, y no por maldad, sino por convicción, por imperativo legal.
[ octubre 1999 ]