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Sábado mediodía. Café con leche. Tolstoi y «Sonata a Kreuzer». Un padre y dos hijos. El hombre parlotea y fuma orgullosamente un habano mientras ellos observan, entre hastiados y aburridos, el discurrir de un discurso mil veces repetido, ritualizado, obsesivo. El padre continúa, no se percata de la apatía de sus hijos. Cuenta hazañas dudosas de soldado, un pasado glorioso en la mili. Alza las manos a manera de rifle automático, y dispara, pum pum pum… los niños, al sentirse observados, sonríen, disculpándose… 

(junio 2010)


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El entrevistador, con aire justiciero, se planta frente a su presa. Hombre bien pagado de sí mismo, el periodista insiste, acusa, condena. Su nivel de audiencia lo ratifica. «¿No veis acaso como me siguen, como les gusto?», piensa con seguridad. Mientras tanto, el entrevistado suda, carne de cañón, clown circense de entreactos, su función de divertimento ocupa toda la pantalla de los plasmas del país. 

(febrero de 2019)

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Déficit de atención. Una mujer sube al metro. Entre sus brazos, un bebé de apenas unos meses. El vagón está lleno. Nadie se levanta. Todos miran sus «pantallitas».

(marzo 2018)

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Veo la siguiente oferta de empleo:

«Para taller de bisutería se busca una persona que se dedique a la comunicación, pero que también sepa hacer otras tareas, sea polivalente, multitarea y abierto. Entre otras: páginas web, notas de prensa, pintar objetos, retocar fotografías, hacer vídeos, responder mails y llamadas, contratar proveedores. Se necesita alto nivel de inglés (se ha de poder hacer pequeñas traducciones) y buen conocimiento de edición de imágenes. Se ofrece media jornada, sueldo bruto anual 9000€, doce pagas.». 

Completo mentalmente el anuncio: «y que sepa coser, que sepa planchar y que sepa abrir la puerta para ir a jugar…».  

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He conocido muchas personas así. En los encuentros informales, entre colegas y conocidos, son los «guais»: espíritu progresista, crítico, combativo. No más que eslóganes baratos, frases bonitas para colgar en twitter. A la primera complicación, desaparecen. 

(marzo 2016) 

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El sueño, secreto e inconfesable, de todo outsider es recibir algún día el reconocimiento institucional. Pocos son los que logran mantenerse al margen. 

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En las redes sociales corre un video sobre unos animalistas tratando de criminales a unos campesinos. Sucede en Catalunya, como podría suceder en cualquier otro lugar de nuestro occidental, rico y contemporáneo mundo. Detengamos el vídeo. Observemos un frame cualquiera. Los manifestantes, jóvenes, ellos y ellas, manos que nunca han madrugado para el trajo físico, blancas, finas, suaves; camisetas con eslóganes progresistas, bermudas, bambas coloridas, calcetines cortos. Frente a ellos, gente de mediana edad, robusta, ropa de trabajo, calzado tipo borceguíes, calcetines gruesos y altos… Y en el medio, entre los dos bandos, los pollos y las pollas… 

(agosto 2019)