138

Consulado de Colombia. Trámite de visado. Una mujer le dice a otra: «renunciar a tu patria es como renuncia a tu madre, mi tierra es mi tierra». La mujer se percata de mi atención. Mirada reprobatoria, condescendiente.

(noviembre 2010)

137

En la plaza. Oigo a un padre decirle a otro: «Hombre, ¡has de disfrutar la vida como si fuese el último día!».  

«¡Que imbécil!», pienso observando al prototipo de piso-propio-e-hipoteca –cuenta en La Caixa, votante de Convergencia, bermudas azul oscuro por sobre la rodilla, camisa de manga corta– que sale los domingos a jugar un ratito con su hijo.  

La frase, por más que se repita hasta el hartazgo, es cáscara vacía. Se deja de lado un elemento fundamental. Justamente lo que se convierte, a lo largo de nuestra existencia, en una pesada carga: el aspecto económico, material.   

Si tuviera que vivir cada día como si fuese el último, no me preocuparía por tener ahorros, ni pagaría impuestos, ni menos aún cumplimentaría la declaración de la renta. Con lo cual, la frase no resiste el menor examen. 

(enero 2018) 

136

Vanidad de vanidades. Un famoso se muere y ya están todos colgando sus fotitos con el susodicho. Colección de frikies. Todo a mano para darse humos de importancia.

(septiembre 2016)

135

Soñé que Binyamin Netanyahu se convertía en presidente de los palestinos. Como tal, era un negociador implacable, intransigente, imposible… Ante la sorpresa de los israelíes, alguien recuerda: «no hay de qué sorprenderse, siempre supimos que lo único que le importaba era ejercer su propio poder». 

(enero 2010)

134

–Vale, te cuento el último. Pero este bien cortito y luego te duermes, ¿de acuerdo?

–Sí, papá. 

Nathan escucha con atención. Tras un corto y denso silencio, exclama decepcionado: 

–¿Quién despertó?¿Qué dinosaurio? ¡Qué tonterías!

133

Me invitan a un encuentro judeo-musulmán. Música, pastitas, zumitos… Sentirse buena persona compartiendo una tarde con gente guais. Simpático, inocuo, preformato subvencionable. Estoy invitado en calidad de judío, lo sé, no me hago ilusiones. Es mi filiación lo importante aquí. Otros, seguramente, están invitados como musulmanes. Diálogo entre etiquetas. Todo resulta más extraño si cabe: algún que otro judío, otros que amanecieron judíos ayer mismo, un puñado de musulmanes y una mayoría de «gente de bien» con sonrisa beatífica que parecerían tener la frase som bona gent inscrita entre sus dientes. Sobre el escenario, con enorme pathos y mala pronunciación, tocan canciones judeo-árabes de una Sefarad inexistente, imaginaria, mítica. Hinei ma tov umanaim shevet achim gam yachad. «Abrazaos y cantad conmigo» –exhorta la cantante–, miro a mi vecina de asiento y no puedo más que aprobar la excelente idea. Tras tres canciones y dos pastitas, Nathan me chafa el asunto. Me pide ir al parque. «Con lo bonito que es estar los hermanos y las hermanas juntos», pienso, mientras me despido resignado de mi ocasional compañera para atender a mi querido y demandante retoño.

(marzo 2019)

132

En un artículo del periódico leo: «la mitad del trabajo de los abogados, podrían hacerlo las máquinas». Y el de los jueces también, me digo. ¿O es que ya lo habrán puesto en práctica y no nos habíamos percatado? 

(febrero 2019)

131

Última cita con el dentista tras cuatro sesiones. Nathan va casi a rastras. Se resiste. Temeroso, entra. Tras el pinchazo de la anestesia, la situación sube en intensidad. Se quiere bajar del sillón. Grita, patalea, reclama ayuda, llora, golpea. Entre la asistente y yo hemos de contenerlo. Pasada una hora, salimos. La faena terminada, él más tranquilo, pero visiblemente enojado con su padre. Sentados en un portal sobre la avenida, vemos pasar los coches. «Y tu qué pretendías que haga –le explico–, ¿qué salgamos corriendo los dos sin haber arreglado el diente?». Para insuflar un poco de ánimos al asunto, lo invito a un cacaolat. Ya sentados en la cafetería, le relato la historia de cuándo mi padre, su abuelo, me hizo algo similar que, todavía aún hoy, decenios después, recuerdo vivamente: «Había una vez, cuándo tu papá era un niño, que tenía que operarse. Pero él no quería, como tu hoy. Pataleaba, golpeaba a las enfermeras, no se dejaba poner la inyección. Entonces salió corriendo en busca de la ayuda de su papá, tu abuelo. Pero su papá, tu abuelo, lo cogió enérgicamente en brazos, lo trajo de regreso a la sala dónde estaban las enfermeras, lo sentó, y lo mantuvo con fuerza hasta que le dieron la inyección. Luego me dormí. Y cuándo me desperté, estaba muy enojado con el abuelo». Nathan, que sigue atento toda la historia en busca de alguna clave secreta, se indigna, golpea secamente la mesa  y me reprocha con sorpresa: «¡¿Y por qué tu haces lo mismo?!».

(abril 2019)

130

Niño – ¿Sabes lo que es el coronavirus?  

Madre – Sí. ¿Y tu?  

Niño – ¡Es el rey de los virus! 

Madre – ¿Cómo que es el rey de los virus?  

Niño – ¿Qué no lo ves? ¡Es un virus con corona! 

129

Imaginemos todo el terror que se agazapa tras este titular: «El presidente de Sierra Leona declara emergencia nacional contra la violencia sexual». Una pequeña nota periodística en las páginas interiores de un periódico. 

(febrero 2019)

128

Un amigo me invita a la inauguración de una exposición. Se trata de un videoartista. Proyectan la obra. Discurso blandengue, poroso. Aunque se crea rompedor y combativo, un queso gruyère lo hubiera representado mejor. 

(febrero de 2015)

127

Por la mañana, apenas levantado, le cuento a Caroline mi sueño: nuestra amiga Martha, por carambolas de la política, se había erigido en presidenta de Francia.  

–De haber sabido bien francés –digo con resignación– seguro me hubiera hecho ministro. 

–¡Qué divertido!­ –profiere ella impaciente. 

–¿Qué pasa? ­–contesto molesto– ¿Acaso está mal ser ministro? 

–¿Es eso todo lo que aspiras a ser? –suelta mientras cruza apresurada la puerta del cuarto para atender al niño que se acaba de despertar. 

–Bueno –digo avergonzado–, es también un curro, ¿no? 

(enero 2019) 

126

Me invitan a ver un film documental. Imágenes de archivo: juicio a Eichmann. La cámara se centra en él: sus muecas, su desacuerdo con el fiscal, sus exabruptos tras el cristal… Oímos su voz, eternizada gracias a los medios de grabación. Hay algo abyecto en ese recurrir una y otra vez a la voz del criminal, en ese darle vida cada vez que se le rescata de la oscuridad del archivo. ¿De dónde proviene ese regodeo nauseabundo de observar al genocida? ¿Por qué esa reiteración? ¿Por qué darle la oportunidad de volver a vivir? Un verdadero acto de justicia histórica: no dar (más) voz a los Eichmann y sus secuaces. 

(junio 2013) 

125

Sábado mediodía. Café con leche. Tolstoi y «Sonata a Kreuzer». Un padre y dos hijos. El hombre parlotea y fuma orgullosamente un habano mientras ellos observan, entre hastiados y aburridos, el discurrir de un discurso mil veces repetido, ritualizado, obsesivo. El padre continúa, no se percata de la apatía de sus hijos. Cuenta hazañas dudosas de soldado, un pasado glorioso en la mili. Alza las manos a manera de rifle automático, y dispara, pum pum pum… los niños, al sentirse observados, sonríen, disculpándose… 

(junio 2010)


124

El entrevistador, con aire justiciero, se planta frente a su presa. Hombre bien pagado de sí mismo, el periodista insiste, acusa, condena. Su nivel de audiencia lo ratifica. «¿No veis acaso como me siguen, como les gusto?», piensa con seguridad. Mientras tanto, el entrevistado suda, carne de cañón, clown circense de entreactos, su función de divertimento ocupa toda la pantalla de los plasmas del país. 

(febrero de 2019)