146

K. es un joven emprendedor. Trabajador, buen padre de familia. Esforzándose mucho, comprando allí, vendiendo aquí, ha logrado hacerse de un buen colchón económico. Con el dinero ahorrado y una declaración de renta más que dudosa, va comprando pequeños pisitos que pone a punto con reformas rápidas y económicas, y así alquilarlos buscando su máxima rentabilidad.  
Barcelona es para él y los suyos un escenario donde expandir sus reales: una tienda donde todo se compra, todo se alquila.  
Él se ríe de mi apego por el centro de la ciudad. Para él, aquí viven inmigrantes hacinados en habitaciones compartidas o guiris desahogados que van de progres. «La gente como nosotros vive fuera», asevera K. Nunca le pregunté a qué se refiere con ese «nosotros». El «nosotros» me descoloca, pero como me hace ilusión sentirme incluido en su círculo de emprendedores, no lo cuestiono. «Tu batalla está perdida», insiste didácticamente intentando hacerme entrar en razón, como quien ofrece al enemigo una rendición honrosa. «Todos hacen lo mismo, ¿por qué no habría de hacerlo yo?», se justifica.  
K. es un joven emprendedor. Y decenas de K. van destruyendo nuestra ciudad…   

(octubre de 2016) 

145

La propina eterniza la condición servil. Relación colonial de clase dominante. La propina genera una situación de sumisa espera que debería ser desaprobada, rechazada por insultante. El trabajo, sea el que fuese, ha de tener un precio digno pactado de antemano. 

(septiembre 2019)

El arte de tener razón

«La única contrarregla segura es la que ya ofrecía Aristóteles en los Tópicos: no discutir con el primero que se presente, sino únicamente con aquellos a quienes se conoce y de los que se sabe que tienen el suficiente entendimiento para no plantear algo demasiado absurdo y tener que quedar por ello expuestos a la vergüenza; para discutir con razones y no con sentencias inapelables; para escuchar las razones, también de labios del adversario, y que tengan la ecuanimidad suficiente para soportar no llevar razón cuando la verdad está de la otra parte. de esto se sigue que de entre cien, apenas uno es digno de que se discuta con él. Déjese al resto decir lo que quiera, pues desipere est juris gentium [delirar es un derecho común], y considérese lo que dice Voltaire: la paix vaut encore mieux que la verité [la paz es preferible aún a la verdad], y hay un refrán árabe que afirma que del “árbol del silencio cuelgan los frutos de la paz”».  

El arte de tener razón, Arthur Schopenhauer.  

144

Un paquistaní y un africano caminan por la calle: el paquistaní dice «yo no entiendo, hay gente que no tiene para comer, vive en la calle, no tiene nada, pero tiene dos perros, ¿qué te parece, amigo?». El africano responde: «pues no sé qué decirte…». El primero insiste: «a mi me da asco, además, ¿qué son dos perros?» El africano, contemporizador: «igual son sus amigos, le hacen compañía» El paquistaní concluye: «¡qué le van a hacer compañía! ¡un perro es un animal!».

(agosto 2018)

143

– Por la tarde, cuando te venga a  buscar, no nos quedaremos en el patio de la escuela. 
– ¿Por qué? 
– Es lo que habíamos quedado. Si quieres, podemos pasar por la panadería y comprar algo que nos guste y después ir al parque. 
– ¡Pero yo quiero estar con mis amigos!
– ¿Acaso no estás con tus amigos en la escuela? Mira, tu estas con tus amigos todo el día, y luego estamos también nosotros dos. Yo también quiero estar contigo y estar juntos… Como ayer, ¿te acuerdas? Estuve con mis amigos y luego nos encontramos y dimos una vuelta nosotros.  
– Pero a mi me gusta estar con tus amigos… 

(octubre 2019)

142

En las asambleas no siempre hablan los más inteligentes, muchas veces quienes toman la palabra son aquellos que menos reparo tienen en decir estupideces. Sucede un poco como en los coloquios. La mayoría, ya sea por pudor o vergüenza, no se expresa. Y aquellos que lo hacen, son los más irrelevantes. Provocadores, imbéciles en busca de protagonismo, despistados… Y pocas veces, en contadísimas ocasiones, alguien con una aportación inteligente.

(octubre 2014)

141

Me metí con lo más terrible, lo más difícil. Las pesadillas invaden mis noches. Hay días que tengo imperativos deseos de detenerme. Me pregunto si tengo derecho siquiera a desenterrar a los muertos… Sé que no soy dueño de esta historia. No soy yo el que decido ni el que elige. Pero tengo el deber de insinuar lo que sé… 

(agosto 2004)

140

Le cuento a Nathan la historia de M., a quién no invité más y nunca supo porque. 
–¿Y por qué no se lo dijiste? 
–¿Decirle qué? ¿Qué se lave las manos después de ir al baño y sentarse a la mesa a comer? ¿Cómo le voy a decir eso a una persona ya grande? 
–Entonces no lo invitaste más. 
–No
–¿Te parece mejor?
–No, pero me dio asco y las cosas son así. 
–No me parece. 
–A ver, te lo cuento para que entiendas de qué te estoy hablando. Otro ejemplo. El otro día vino tu amigo S. Toco todo, le tuve que advertir que no abra todos los cajones, ¿no?
–Sí, es demasiado curioso y no se portaba bien. Tocaba todo, se metió en tu estudio y tocó tu cámara y tu ordenador y te enojaste. 
–Entonces, ¿tu crees que la próxima vez que venga estaré contento?
–No
–¿Y crees que le diré a su padre por qué no invitamos más a tu amigo?
–No
–¿Ves?… come entonces con la boca cerrada y la espalda recta.  

(diciembre 2019)