161

Los dogmáticos no pueden entenderlo, está fuera de su experiencia vital. La ecuanimidad es un ejercicio difícil. Obliga a sostener un constante equilibrio, sin respuestas preestablecidas. Es un ir por la vida sin mapas, ni hojas de ruta, ni líderes que te indiquen cuándo aplaudir y cuándo no… Es ser un exiliado. Estás fuera del grupo. Tan solo, con tu consciencia.  

(Barcelona, octubre 2017) 

160

Franz era un fenómeno interesante, digno de estudio. El tipo se mostraba en las redes sociales de lo más ufano. Publicaba con asiduidad, respondía a todos los comentarios. Vivía dentro de Twitter. Levantaba pecho allí. Si tenía un problema, una consulta, una duda, no llamaba, no nos pedía consejo. ¿Para qué? Lanzaba la pregunta al mundo virtual, y decenas de deditos no tan virtuales, pero aburridos y dispuestos como él, le respondían. Con el tiempo, todo ha de decirse, se convertiría en un fenómeno local. Tenía miles de seguidores. Y quién no lo conociese en persona, debía de pensar que era un tipo majo, sociable, sonriente, amable, atento, educado… Nada más lejos de la realidad: era un hipócrita a consciencia, un arribista.  

Todo había comenzado también con un tweet, años antes. Franz y su familia acababan de llegar a la ciudad. A nadie conocían (o eso fue lo que nos contó). Recuerdo que era un tórrido agosto. En un tweet Franz publicó –en inglés–, en un tono aparentemente paternal y preocupado, pero calculadamente sentimental, que su hijo se siente solo y que le gustaría conocer a los futuros compañeros de clase. Supo tocar las teclas necesarias. Los medios locales y las redes, inmediatamente, se hicieron rápidamente eco. Y no era para menos: una familia danesa, rubios todos ellos, blancos, con buena economía. No se trataba de una familia más, sin recursos, latinoamericana o norafricana. No, nada de eso. Sino una familia ‘aria’ dispuesta a vivir entre nosotros, los sudorosos habitantes del sur, reconvertida en el imaginario de muchos en la Dinamarca mediterránea. Era nuestra oportunidad de demostrar una vez más al mundo lo que éramos: abiertos, cosmopolitas, cultos. ¡Hasta el mismísimo Conseller d’Educació le contestó! ¡En la televisión local lo entrevistaron! (es que somos así: abiertos, cosmopolitas, cultos; no como nuestros primos peninsulares: brutos, ignorantes, provincianos… ¿desde cuándo un danés querrá vivir en un pobre pueblo castellano?). 

Pasaron las semanas, las clases comenzaron y pronto constatamos que todo intento de entablar una relación se hacía imposible. Era como plantarse frente a una pared helada, ojos que miran y trituran.  

El colmo vino el día en que un padre nos trajo el tweet en que Franz, a tan solo un año de haber llegado, tan fresco, sin despeinarse, escribía: «de visita en Dinamarca, había olvidado lo fría que es la gente aquí. Ya me acostumbré a los abrazos y los besos del sur, a los cálidos saludos en el patio de la escuela». Esto escribía una persona que no hablaba con nadie y que se mantenía a una distancia de más de un metro de sus congéneres.  

El tweet, por supuesto, obtuvo nuevamente una avalancha de ‘likes’: público cautivo, amantes de nuestra banderita y nuestro idioma. Franz había entendido muy rápido qué hacer para escalar, sabía qué teclas precisas tocar: amor por el terruño, adhesión a la causa, fervor por su lengua. Solo más tarde recordaríamos que la primera vez que nos encontramos con él, se interesó, disimuladamente, por nuestras posturas en el tema candente del momento: ¿éramos independentistas? ¿teníamos tal vez relaciones que podrían ayudarle? Es que el hombre tenía olfato de la oportunidad, perspectiva de futuro. Entendió rápidamente por qué lado sopla el viento, y allí se plantó. Se emboscó en el trapo de colores y allí hizo su plaza fuerte. Y claro, ante tanto amor patrio mostrado por el rubio extranjero, su público local-virtual se volcaba con amor. Pero nosotros sabíamos que todo era una impostura. 

Y así fue como un día desapareció. Ni gracias ni hasta pronto, ni reunión de despedida para su hijo ni nada… ya no nos necesitaba.  

Se fue como vino: un mensaje dónde anunciaba que cambiaba de ciudad y comenzaba una nueva etapa.  

El último tweet que leí de él antes de mi “unfollow” anunciaba su inminente llegada a su nuevo destino, y que su hijo se sentiría solo y que deseaba conocer nuevas familias para él… también era un tórrido agosto.  

159

Un tipo que se retrata con un havano en la mano, a manera de magnate, es un tipo del que hay que cuidarse. Es como mínimo un caradura, pero lo más seguro, es que no sea alguien de fiar…

(septiembre 2019)

158

Manifestación animalista. Pancartas: «Fuera fascistas de nuestros montes». Se les caería la cara de vergüenza si supiesen que grandes asesinos de masas eran vegetarianos y amantes de los animales. 

(enero de 2019) 

157

Lo material es, y ha sido siempre, parte intrínseca del arte. Si la materia no está bien moldeada, no emociona. No evoca, no genera sentimiento alguno.  
Encuentro muchos artistas que trabajan el vídeo y la fotografía, y no son ni buenos fotógrafos ni cineastas. No conocen el medio. No tienen ni idea. Son unos aficionados… 
Si es necesario leer el folleto explicativo para poder acceder a la obra, deja de interesarme. Tal vez simplista, lo sé, pero así es.  
Para ejercicios académicos hay infinidad de buenos libros; y para obra audiovisual, geniales directores y fotógrafos.   

(junio 2020)  

156

El burócrata.  Él es así. No se atiene a razones particulares. Sentado tras una mesa gris –gris real, nada de literal–, es parte de un engranaje. Quema sus días rellenando formularios, solicitando documentación, respondiendo sí o no, abriendo y cerrando horizontes al son de sus estrictas directrices.   
No hay excepciones en los formularios. ¿Otros? ¿Misceláneos? Ningún espacio para consignarlo.   
Tan seguro de sí, tan esbirro de un sistema que también lo degrada. Él es así.  
¡Qué ganas de abofetearlo!  

(julio 2017)  

155

Mi hijo, con su curiosidad habitual, me pide que le cuente la historia. Se la cuento. Al terminar, me pregunta:  
–¿De verdad salía una voz de la montaña? 
–Así es como está escrito. 
Se queda pensativo, imaginando la escena. Tras un largo silencio, entre cucharada y cucharada de su yogurt, pregunta, detectivesco: 
–¿Una voz fuerte, truenos y relámpagos?  
–Es lo que dicen.  
–A mí me parece que no puede ser. ¿Y tú qué piensas? 
–Cuando tenía tu edad estaba convencido que sí. Ahora tengo mis dudas… 
–¿De verdad creías que sí? –mirando decepcionado a su padre.   
–Pues sí. Mira, el abuelo Salomón, si le preguntas, también cree que había una voz, truenos y relámpagos.  
Nathan se ríe… y, dos cucharitas más tarde, afirma socarrón:   
–Bueno, sí, claro.  
–Creo que tus primos piensan que no.  
–Es que los niños no creemos en esas cosas.  

(Shavuot, junio 2020) 

154

El primer carrete que fotografié en Terezin no se expuso bien. A uno le gustaría argumentar algún tipo de razón metafísica, tan propia para las circunstancias. Pero su explicación seguramente sea más sencilla, pueril, diría, y no se deba más que a la confusión entre un carrete blanco y negro y otro en color, entre una sensibilidad y otra. Un negativo donde se insinúan retazos, signos. Unas líneas apenas perceptibles que dan cuenta de una realidad que no llegó a cristalizar.  

Días previos al rodaje de mi film sobre Walter Benjamin recuerdo una pesadilla: «un cuarto oscuro, un negativo que a punto de revelarse se vela… una capa gris que lo diluye todo…». A mitad de rodaje, otra, si bien distinta, recurrente en su sentido íntimo: una entrevista cuyo audio no quedaba grabado.  

(septiembre 2012)