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Veo la siguiente oferta de empleo:

«Para taller de bisutería se busca una persona que se dedique a la comunicación, pero que también sepa hacer otras tareas, sea polivalente, multitarea y abierto. Entre otras: páginas web, notas de prensa, pintar objetos, retocar fotografías, hacer vídeos, responder mails y llamadas, contratar proveedores. Se necesita alto nivel de inglés (se ha de poder hacer pequeñas traducciones) y buen conocimiento de edición de imágenes. Se ofrece media jornada, sueldo bruto anual 9000€, doce pagas.». 

Completo mentalmente el anuncio: «y que sepa coser, que sepa planchar y que sepa abrir la puerta para ir a jugar…».  

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He conocido muchas personas así. En los encuentros informales, entre colegas y conocidos, son los «guais»: espíritu progresista, crítico, combativo. No más que eslóganes baratos, frases bonitas para colgar en twitter. A la primera complicación, desaparecen. 

(marzo 2016) 

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El sueño, secreto e inconfesable, de todo outsider es recibir algún día el reconocimiento institucional. Pocos son los que logran mantenerse al margen. 

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En las redes sociales corre un video sobre unos animalistas tratando de criminales a unos campesinos. Sucede en Catalunya, como podría suceder en cualquier otro lugar de nuestro occidental, rico y contemporáneo mundo. Detengamos el vídeo. Observemos un frame cualquiera. Los manifestantes, jóvenes, ellos y ellas, manos que nunca han madrugado para el trajo físico, blancas, finas, suaves; camisetas con eslóganes progresistas, bermudas, bambas coloridas, calcetines cortos. Frente a ellos, gente de mediana edad, robusta, ropa de trabajo, calzado tipo borceguíes, calcetines gruesos y altos… Y en el medio, entre los dos bandos, los pollos y las pollas… 

(agosto 2019) 

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«Si pagas con cacahuetes no puedes esperar más que trabajar con monos», dice el viejo proverbio –chino, ¿tal vez?–. De ahí se deduce que si dejas que te paguen con cacahuetes, no has de sorprenderte que te traten como a un mono…

(mayo 2018)

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En la silla, una mujer. Frente a ella, el juez. Detrás, un enjambre de periodistas ávidos de frutos amargos que sirvan de desayuno a sus lectores. 

El caso tiene interés: una señora respetable, pasados los sesenta, recibe la comitiva a tiros. Parapetada tras una mesa, sillas y un sofá a modo de trinchera, grita que «no se dejará expulsar de su casa “por las buenas”». Resultado: un policía herido de bala, un agente judicial magullado, el representante de los ‘buitres’ (piel gris, gafas, portapapeles de piel en una mano), indemne. Los periodistas se relamen en los detalles, los exprimen hasta dejarlos secos, como cáscara vacía, despojo sin sentido. Entrevistan a los vecinos, a las amigas, a los feligreses de la iglesia… 

«Silencio en la sala», ordena el magistrado. 

Su mirada severa, la mano lista para sentenciar, un movimiento y el rumbo de una vida se tuerce (¿le quitará el sueño, acaso?). 

Su voz interrogante, trona: «Señora, ¿por qué lo hizo?». 

La sala expectante. 

La acusada (menuda, insignificante en su disimulo de `mujer bien’) contesta monocorde: «No tenía dónde ir». 

El público se remueve. 

La mujer agrega con naturalidad: «En prisión, sé que al menos tendré un techo y comida». 

(noviembre 2018)

#115

La enfermera les dijo: «váyanse, las madres nunca mueren al lado de sus hijos». Se fueron. Pasaron quince minutos, y ella falleció. 

(noviembre 2015)