133

Me invitan a un encuentro judeo-musulmán. Música, pastitas, zumitos… Sentirse buena persona compartiendo una tarde con gente guais. Simpático, inocuo, preformato subvencionable. Estoy invitado en calidad de judío, lo sé, no me hago ilusiones. Es mi filiación lo importante aquí. Otros, seguramente, están invitados como musulmanes. Diálogo entre etiquetas. Todo resulta más extraño si cabe: algún que otro judío, otros que amanecieron judíos ayer mismo, un puñado de musulmanes y una mayoría de «gente de bien» con sonrisa beatífica que parecerían tener la frase som bona gent inscrita entre sus dientes. Sobre el escenario, con enorme pathos y mala pronunciación, tocan canciones judeo-árabes de una Sefarad inexistente, imaginaria, mítica. Hinei ma tov umanaim shevet achim gam yachad. «Abrazaos y cantad conmigo» –exhorta la cantante–, miro a mi vecina de asiento y no puedo más que aprobar la excelente idea. Tras tres canciones y dos pastitas, Nathan me chafa el asunto. Me pide ir al parque. «Con lo bonito que es estar los hermanos y las hermanas juntos», pienso, mientras me despido resignado de mi ocasional compañera para atender a mi querido y demandante retoño.

(marzo 2019)

125

Sábado mediodía. Café con leche. Tolstoi y «Sonata a Kreuzer». Un padre y dos hijos. El hombre parlotea y fuma orgullosamente un habano mientras ellos observan, entre hastiados y aburridos, el discurrir de un discurso mil veces repetido, ritualizado, obsesivo. El padre continúa, no se percata de la apatía de sus hijos. Cuenta hazañas dudosas de soldado, un pasado glorioso en la mili. Alza las manos a manera de rifle automático, y dispara, pum pum pum… los niños, al sentirse observados, sonríen, disculpándose… 

(junio 2010)


123

Déficit de atención. Una mujer sube al metro. Entre sus brazos, un bebé de apenas unos meses. El vagón está lleno. Nadie se levanta. Todos miran sus «pantallitas».

(marzo 2018)

#111

Una y otra vez constato, con estupor, el fenómeno: el espacio público se convierte en un lugar peligroso, se instala el miedo, la desconfianza. Las personas, encerradas en sus pantallitas y sus auriculares, temen. El «otro» es un depredador potencial (terrorista, carterista, violador, portador de un virus, captador). Pedir fuego, preguntar la hora, saber cómo llegar a algún lugar… la gente pierde la costumbre del contacto, da un paso atrás, se asusta, prevalece la desconfianza.

#110

En mitad de la algarabía, me encuentro con M. Nos saludamos cálidamente. Haciendo un ademán que parecería abarcar toda la plaza, se interesa por mi opinión. Le contesto que no sé, que me lo estoy rumiando. Tener una actitud de observación ecuánime en un mundo dónde todo se consume con la rapidez de un tweet, es una forma de mantener la cordura.  

(octubre 2017)

#97

Ola de frío. Una pausa en la escritura. Salgo a la calle. Marco, cuyo nombre todavía no conocía, me interpela. ¿Me conoces?, pregunta. Sí, respondo, te veo por aquí desde hace un par de años. Tres y medio, rectifica. Pues tres y medio, corrijo. Me cuenta que trabajaba montando escenarios, que se quedó sin trabajo, que no duerme de noche, que prefiere hacerlo de día. Me explica que por la noches, si te quedas dormido en la calle, el asunto puede tornarse peligroso. Robos, asaltos sexuales. No parece tener amigos entre los “sin techo”. Confiesa que no recibe ayudas de las instituciones, ni de las oneges que se ocupan de este tipo de situaciones. Lo ha intentado. Pero no está lo suficientemente necesitado para ser beneficiario de ayuda. No es alcohólico, ni drogadicto, ni loco. Bueno, confiesa, un poco loco sí, pero no demasiado, no constituye un peligro para nadie. Al final, me solicita un “préstamo”. Se lo doy. Me asegura que me lo devolverá en un par de días…

(enero 2017)

#93

Siempre la misma sospecha: que el peligro se agazapa inmediatamente tras la lengua, dispuesto a encaramarse, vistiéndose de las formas más diversas… Una conversación alrededor de una mesa… Está a punto de salir. El monstruo asoma la lengua, bífida, apenas un instante, un guiño imperceptible. Vuelve a esconderse. El resto de la velada parecería transcurrir con normalidad, pero es tan solo una ilusión. Quiénes vimos aquella lengua lo sabemos. Y ya nada podrá ser como antes.

#84

Los que triunfan son aquellos que tienen los objetivos claros. Tan claros, que resultan monográficos, monolíticos, únicos. Son como programas de ordenador: toda realidad pasa por el prisma de la necesidad, del objetivo. Admiro su tenacidad, pero me resultan aburridos.

#79

La relación entre el selfie y el autorretrato. El autorretrato es una construcción del yo (la máscara o la esencia, o ambas), con un arraigo profundo en la tradición artística. El selfie es un mero “yo estoy aquí”. Una simple autoafirmación sin construcción alguna. Antes era el “¿por favor me saca una foto?”, y en la actualidad ni siquiera eso (basta con un bastoncillo desplegable), desechándose así la colaboración del otro (su mirada). El selfie es una mera glorificación del yoyismo. Es todo lo contrario al autorretrato. No hay reflexión. En el autorretrato, sí.

#77

Ella dice: “la familia no se elige, te la imponen. Los amigos sí”. Pienso en las noches de desvelo, las horas dedicadas al pequeño, y no puedo evitar cierta angustia…

#66

Uno se va replegando. Retirándose de sus barrios preferidos, de sus plazas favoritas, de sus cafés habituales. Evita lugares. El turismo y el mal gusto lo invade todo. Barcelona va perdiendo, a pasos acelerados, espacios que la caracterizaban. Empobrecimiento visual y cultural; lo que ayer era una galería de arte, hoy es una tienda de chanclas playeras. Permanecer en casa para evitar disgustos.

#64

 
Todo lo que huele a burocracia me pone enfermo… nunca logro marcar la casilla correcta. No es distinto a los que me pasa con los manuales de usuario de los electrodomésticos. Siempre que me enfrento a ellos, como a un formulario de declaración cualquiera, me digo: “esto está hecho para que lo entienda cualquier hijo de vecino, vamos David, tu puedes, ánimo”. Y nada. Lo que se dice nada. Tengo que llamar a alguien para que me ayude. Recuerdo cuándo de niño nunca lograba mantenerme en la fila como dios manda. Siempre dando la nota. La maestra me reñía. “No lo hago adrede, maestra, le prometo que no”. Es que… esto de estar en fila no es lo mío, pensaba ya a edad tan temprana.
¿Se nace así? ¿Se hace uno así? ¿Tan difícil tiene que ser marcar con una cruz un rectángulo o poner el tornillo en el lugar que te indica el dibujito del manual?
El otro día compramos un ventilador. ¿Cuántas piezas puede tener un aparato tan sencillo? Me llevo un montón de tiempo ensamblarlo. Y al final, hasta me sobraron tornillos. ¡Qué arte! 
Los formularios, como los manuales de usuario, se presentan ante mi como un misterio al que me es imposible acceder. 
[ julio 2014 ]