El Flâneur

Pasaba por el escaparate de una galería. Veo a P., artista conocido y amigo, montando su obra. Veo un marco precioso, ¡Qué maravilla!, pienso. ¡Qué osado!, me repito admirado, feliz ante la ocurrencia genial del amigo.

Me acerco a saludarlo. En el mismo instante de cruzar el umbral, advierto que la mentada obra no es más que una funcional ventana que daría a un patio interior. Desorientado, y aprovechando que mi presencia no es vista, doy media vuelta y me voy.

Ruinas Modernas

Hace un par de semanas, se inauguró en Madrid (Museo ICO), y unos días más tarde en Berlín (Architekturforum Aedes), la exposición  “Ruinas Modernas” de Julia Schulz-Dornburg.

Con Julia nos conocimos hace unos meses atrás, por esos caminos de la casualidad (¿o será ya la causalidad?). Me encontraba en esos estadios de limbo, recién habiendo terminando una cosa y todavía sin haber comenzado la siguiente. Buscando aquello que me seduzca lo suficiente como para poder entregarme a su influjo.

Cuándo me contó su proyecto, o mejor dicho, cuándo me comentó de la reciente publicación de su libro homónimo y del tema que allí se abordaba, sentí inmediatamente lo que sentimos los cineastas frente aquello que nos habla directamente: unas ligeras palpitaciones del corazón que nos advierten de la presencia de algo que merece nuestra atención. Siempre, pienso, todos los proyectos verdaderos, realizados o no, comienzan con unas imperceptibles palpitaciones. Un corazón que actuaría a manera de dos ramitas en manos de un Zahorí imaginario (conocí hace unos años a una zahorí que realizaba interesantes experimentos… pero este, ya sería tema para otro film).

Mientras me iba sumergiendo en este nuevo tema, surgió la posibilidad  de hacer unas piezas de vídeo para la exposición. Una experiencia de los más enriquecedora, por cierto, que me permitiría, a mi y a quienes están colaborando conmigo en esta nueva aventura, ir adentrándonos en este nuevo territorio… recurrimos entonces, y únicamente, a materiales promocionales existentes en la red, a manera de found footage, formando distintos grupos de audiovisuales compuestos de diferentes monitores domésticos, a semejanza de souvenirs de un sueño. El sueño de la buenaventura, del tiempo libre, de un tiempo sin sufrimiento dónde el ocio, y poco más, sería la preocupación central de todos los europeos…

Antes de finalizar, quisiera citar, a continuación, el texto que Julia preparó para la exposición, que refleja, fielmente, su trabajo:

“La exposición es fruto de un proceso continuo de investigación que arranca en el 2010 con las primeras indagaciones sobre universos del ocio, ciudades fantasmas y paisajes de lucro. La pieza central del trabajo esta formada por el inventario fotográfico de la construcción especulativa abandonada en España. Se retratan parajes ocupados por conjuntos de edificaciones no completados dentro del territorio nacional. La reciente implantación masiva de enclaves de ocio, complejos turísticos y residenciales de todo tipo, ha transformado amplias regiones de la costa y ha llegado incluso a las provincias interiores. El ocaso prematuro de algunos de estos asentamientos a causa del estallido de la burbuja nos presenta, con imágenes de inquietante belleza, la incongruencia entre la vida corta de la especulación inmobiliaria —abortada por causas técnicas— y sus perdurables secuelas físicas.

El boom inmobiliario creó unas perspectivas de plusvalía ficticias, alimentando una  insaciable ansiedad por despegar que terminó en un desapego absoluto, no sólo del propio territorio, de la tierra, de las costumbres, sino también del sentido crítico y de la razón. Los resultados de estos años locos, aunque grotescos, impresionan por su contundencia y falta de timidez. Son monumentos de alto valor simbólico, porque resumen, de forma elocuente y visible, la compleja trama de complicidad social, política y económica que insiste, como si no hubiese otra opción,  que el único modelo viable para nuestra sociedad es el modelo de crecimiento. A cualquier coste, en cualquier lugar.

La muestra no es un censo de promociones fracasadas y no pretende ser representativo, la colección de los casos presentados responde a una selección personal. De  los lugares visitados a lo largo de los 10.000 km de viaje durante un periodo de dos años, 60 urbanizaciones fueron retratadas e investigadas de las cuales se pueden contemplar unas 35 en estas salas. La información que acompaña el inventario fotográfico procede exclusivamente de las promotoras inmobiliarias, archivos municipales y boletines del Estado.

La especulación inmobiliaria como fenómeno no se puede concebir sin contar con el elemento de la ficción. La simulación de la realidad representa una parte intrínseca del sistema (especular viene del latino specularis/espejo: mirar con atención al reflejo; hacer suposiciones sobre algo hipotético). La exposición  rinde cuenta a esta dualidad y lo incorpora de forma estructural. Realidad y ficción forman un tándem inseparable a lo largo del recorrido expositivo. Los documentos fotográficos están expuestos al lado de su correspondiente  información  promocional, la publicidad se contrasta con los propios datos estadísticos, el lema del complejo se yuxtapone a su currículo vitae oficial y los planos urbanísticos muestran el emprendimiento especulativo en relación al municipio que expide los permisos para ello. Sólo desde esta lectura doble, de la reciprocidad entre la realidad y la ficción, se puede llegar a comprender lo impensable, reconstruir lo inimaginable, constatar el disparate y sacar sus propias conclusiones.”

Haciendo tiempo

En Berlín, dentro de un par de horas vuelvo a presentar aquí “Quién mató a Walter Benjamin…”.

Mientras tanto, y aprovechando el tiempo (y el clima, que más que un julio estival nos recordaría a un febrero mediterráneo tormentoso), hago un poco de orden. Encuentro un documento, escrito hace tiempo, con dos notas mías:

“En muchas circunstancias si uno callaría, no habría más que hablar. Deberíamos comenzar a discernir entre el encuentro y los simulacros de diálogo. Entre el hablar y la verborragia compulsiva. ¿Con cuánta gente nos encontraríamos si dejásemos de monologar?”

“Un proyecto no puede arrastrase infinitamente, pienso, mientras contemplo el reflejo de las torres sobre el mar… primero fue el reflejo, luego las torres. No, pienso, un proyecto no debería posponerse constantemente… empezar a cavar sobre una tumba”.

Algo más: en mi vuelo hacia aquí, me acompaño Klaus Mann y algunos de sus artículos. Da temor ver hasta que punto sus escritos de los primeros años 30′ recuerdan nuestro momento histórico. Cito: “nuestro continente y nuestra civilización parecían encontrarse en un estado de relativa tranquilidad. ¡Vaya ilusión! Aquella era la calma que precede a la tormenta y los rayos no tardaron en caer: crisis económica, empobrecimiento progresivo, victoria de los fascismos, amenaza de guerra mundial. Todos nos vimos implicados. De entre aquellos que tenían corazón e inteligencia, nadie permaneció indiferente. Y los mejores cambiaron” (1935).

Luego pensé… ¿quién hubiera imaginado su presente cinco años antes? ¿y el nuestro dentro de cinco?

Por eso, ayer hablando con M., le explicaba que estos tiempos que estamos viviendo exigen otro tipo de respuestas dentro del arte. Y  más aún, si es cine documental. M., tras un corto silencio, responde, sonriente y marcando su acento: “España será el Stalingrado del euro. Ya lo verás”.

Instituciones

Las instituciones son como las personas. Las hay dialogantes, respetuosas, arrogantes, displicentes, opacas, transparentes… en realidad, son más que las personas que las conforman. Y esto es un tema interesante, casi místico. Es como si en ellas planeara una manera de ser que es general a todos sus miembros.

Decía mi querido R., al frente de una importante institución, que “las relaciones entre los artistas y las instituciones tienen que basarse en el respeto mutuo”. Cuándo con una fundación, museo, centro cultural o similar, la comunicación se tuerce, hago lo que haría con una persona querida. Le expongo mis razones, quejas y argumentos y quedo a la espera de su respuesta, invito al diálogo. A veces hay suerte, y tras esa pequeña crisis, surge una relación duradera.

Las personas, como las instituciones, responden como su propio espejo:  nos ratifican o rectifican nuestras sospechas. Los dialogantes, dialogan. Los displicentes se sienten ofendidos y no aceptan crítica alguna, insultan en su respuesta. Es como si no tuvieran fondo y fueran una mera caricatura de ellos mismos. No son capaces de meter los pies en el agua. Cuándo uno se topa con alguien así, sea institución o persona, no hay futuro posible. Lo mejor es desconectar.

La cuadrícula

Por la mañana, temprano, encuentro con J. Un café en la mitad de la semana, para que no pasen los días sin vernos. Me cuenta que esta escribiendo, bastante, de todo, relatos, cuentos infantiles, lo que venga… es decir, lo que soliciten en los concursos. A falta de trabajo, prueba suerte con los certámenes literarios… ecos de Bolaño.
Hablamos de la crisis, omnipresente, ya tocando nuestros propios, y siempre inestables, bolsillos.
Me atrevo a esbozar el principio de lo que podría ser una idea, pero no es más que una intuición, y es la siguiente: que podríamos rastrear los orígenes de esta crisis en el lenguaje, en el arte. Decenios de dictadura posmoderna, tan trendy en mi juventud de estudiante, vaciando de contenido el centro mismo de la cultura. Con J. recordábamos el día en que, harto del hueco discurso de un profesor, yo le espetó que sus teorías posmodernas, aunque en apariencia de izquierdas y progres, no eran más que el caballo troyano de un capitalismo salvaje. Se lo dije así, con esas palabras. El hombre me mira, horrorizado por mi irreverencia. Yo sabía que me estaba arruinando el promedio de notas. Lo sabía. Pero no me importaba. Me aburría y me irritaba soberanamente… además, ya intuía que la universidad no era lo mío. Otro atajo de acomodados con sueldo fijo y seguro que para entender el “ritmo en la narrativa audiovisual” se habían inventado un sistema (una cuadrícula) de medición del movimiento en la pantalla.
Sí, una cuadrícula…

Si el arte es a la sociedad lo que los sueños al hombre…

Gripe porcina, gripe del pollo, vacas locas, terrorismo, crisis económica, cambio climático…
En el aeropuerto de San Juan, un anuncio nos informa que estamos en “alerta naranja” por la amenaza terrorista. Un punto menos que en su escala máxima. Los altavoces nos exhortan a mantenernos alertas, a denunciar cualquier comportamiento sospechoso.
Quince horas después, ya en Barcelona, el avión aparca al costado de otro proveniente de México. Alrededor de éste, coches y personal sanitario con mascarillas.
A la salida de la terminal, un enjambre de periodistas alborotadores…
El tren se desliza hacia la ciudad. Nuevo, silencioso, casi vacío.
Un mundo lleno de miedos y alertas, histeria colectiva y sospechas, dónde cada ciudadano podría ser portador de una amenaza.
Se ejerce el control, se expande en cada rincón.

Diciembres (al regreso de Nairobi)

 

El periódico de la mañana traía la siguiente noticia: que este año cada español se había gastado una media de setenta y dos euros en billetes de lotería para el gordo de navidad. Como no conozco a nadie que haya comprado uno, me ratifica ese viejo refrán que dice que la “estadística es esa ciencia exacta que dice que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, cada uno de nosotros tiene un coche”. Al final, el gordo tocaría a sólo veinte metros de esta mesa desde la que escribo. Bajo las escaleras, curioso, a ver el espectáculo, mientras desencadeno mi bicicleta rumbo a la piscina. Enjambres de periodistas, esa jauría moderna de lo novedoso, al acecho. Me miran con recelo, no sea cosa que sea un disimulado agraciado. Pero no lo soy. Solo un momento me deleito ante la idea-espectáculo de qué haría de haber sido uno de los premiados… Al regresar, la jauría colaboracionista sigue allí. Ahora con más cámaras, y más chicas en falda, micrófono en mano, en busca de esa historia, la de siempre, la cenicienta moderna que, salvando a uno, nos haga creer que realmente “podemos”, cuándo no somos más que un triste público a quién le arrojan las migajas del circo.
Ayer, antes de dormir, comencé a leer “El Retrato” de Gogol. Buena recomendación de C. Ya dormido soñaría con las pinturas de Goya. El color invadía la imagen, algo así como “esos días azules, ese sol de infancia” pero en rojo y verde. Sin todavía despertarme, tomaba consciencia de cuánto echaba de menos a Goya y cuánto me hacían falta sus cuadros en estos momentos. Como si dentro del color estuviera escondido el tesoro… pero no en metálico, sino en palabras.
Hace solo una semana que regresé (regresamos) de Kenia. Proyección de Quién mató a Walter Benjamin… en Nairobi; workshop al otro día en la Academia.
Me sorprendió (¿o me regocijó?) el ver la actualidad del tema a una sociedad aparentemente tan distante. Da cuenta del papel del arte en general, y del cine en particular, para generar diálogo. Uno de los asistentes pregunta, refiriéndose al valor de la cultura, si acaso el conocimiento del pasado, el exorcismo de sus fantasmas, sería suficiente para evitar otra matanza como la de Darfur o Rwanda (refiriéndose al frágil equilibrio social que se respira en Kenia tras los disturbios de principios de año). Contesto que “lamentablemente, toda la Biblioteca Nacional de Paris, con todos sus volúmenes y su sabiduría escrita, no pudo detener la barbarie. Y que por mucho que nos pese a los intelectuales y artistas, lo único que es capaz de detener a un tanque es otro tanque. El role del arte es otro y yo no me creo eso de que ‘quién no conoce su historia esta condenado a repetirla’. No hay ninguna relación entre esto y lo otro, como tampoco hay relación alguna entre la cultura y la compasión”.
Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto?, pensaría más tarde…
Un poco de luz, convertirnos aunque sea en fugaz cerilla entre tanto sentido embotado.

Sobre la mentada crisis

Leo y poco entiendo. Lo cual no me desmoraliza ni me sorprende. Ya que veo que ni los propios potenciales expertos y conocedores del asunto saben lo que está pasando.
Decido entonces hacer uso de mis rudimentarias herramientas, mis básicos conceptos. Pienso que una crisis, una verdadera crisis de bíblicas magnitudes, surge con la peste, la sequía, la falta de trigo, las guerras, las inundaciones… Una crisis, en los términos que nos ocupa, colijo, es una cuestión de grave falta material.
Nada de esto está sucediendo en la actualidad. Es decir, estamos asistiendo a una crisis virtual, simbólica, que ha terminado por fagocitar la propia realidad.
Distintas manifestaciones de la cultura y el entretenimiento vienen dando pistas sobre este desenlace: realities shows, los hermanos Chapman, Michael Moore y el mismísmimo Damien Hirst… todos estos buenos ejemplos de una cultura basura que pierde el referente y nos vende una falacia. Papelitos de colores, en lugar de oro. Resultado: el globo se pincha, no queda más que aire, y eso es lo que precisamente esta sucediendo con el sistema financiero. Las bolsas pierden, los bancos no confían entre si. Y si el latrocinio no era suficiente, el asalto es ahora a mano armada: “la caja o te mato”. Y ahí tenemos a los gobiernos avalando con el dinero de todos, unas cuentas inexistentes, unos números espaciales, unos intereses que ya hemos pagado infinidad de veces y volvemos a pagar ahora con la caja pública, mañana con los impuestos que nos subirán.
Crisis, lo que se dice crisis, no hay. El alimento esta allí. El territorio también. Lo que hay son unos farsantes que han tomado el lugar de lo real y que ahora quieren endosarnos la factura de sus errores.

Mercadotecnia

Interior. Cafetería. Museo.
Un padre y un hijo sentados frente a frente, en una mesa cuadrada de bar. No hablan. Ensimismados cada uno con el juego de sus móviles.

Decía P. hace un par de semanas, que esto de traer la cultura al pueblo es una gran idiotez. Viendo la masificación turística de algunos museos, tiendo a estar de acuerdo con él.
El problema es que lo que no pasa por el aro de la mercadotecnia, parecería no servir. Todo aquello que no pueda convertirse en mercancía inmediata, pierde interés.
Es aquí dónde se insertaría el concepto (actual) del espectáculo. “Arquitectura espectáculo”, “rodaje espectáculo”, “escritor espectáculo”. Dónde el mismo relato sobre la “cosa”, se convertiría en mercancía en si mismo. No se trataría ya de negar el referente (propio de la era digital), sino en un negocio global que incluye no solo la “cosa” sino el discurso sobre la cosa en todas sus vertientes (mercadotecnia).

En cuánto al padre y al hijo. La mujer se suma más tarde a la mesa. Al verla, comprendí que puede que yo también me hubiera refugiado en mi móvil.

Alegoría de la Fortuna

La fortuna con los ojos vendados, repartiendo alhajas, casi desnuda, haciendo dudoso equilibrio sobre un globo azul, sostenida por un pié. A la derecha del cuadro, alguien toca un cuerno desesperadamente, con una mano se tapa un oído, con la otra sostiene el improvisado instrumento. Una mujer con una lanza, de espaldas a la escena… desolada…

Feliz Año Nuevo

Buscaba en mi libreta una nota relacionada a esta fiestas que estaba convencido haber escrito… pero parece que sólo lo imagine. En todo caso, y ya sea para no quedarme con las manos vacías, fui a dar con esta otra, escrita hace un mes, más o menos…

Estoy en Museo del Prado.
Frente a mí, Los Amantes de Teruel de Muñoz Degrain. A mis espaldas, el terrible Fusilamiento de Torrijos, de Gisbert Pérez. Este cuadro lo he visto varias veces en reproducciones, pero nunca me imagine lo impresionante que podía ser en toda su extensión. En todo caso, y ya sea para sustraerme momentáneamente de tan terrible visión antes de volver a mirarla, estoy, como ya dije, de espaldas al cuadro. Un momento de descanso.
Frente a mi, los Amantes… Es el final de una de esas jornadas intensas dónde se quiere acaparar todo antes de de finalizar el día.

A mi lado, también sentados, un hombre y una mujer de unos cincuenta años.
Ella – dirigiéndose a su acompañante – ¿Sabes lo que me dijeron el otro día?
Él – irónico y un tanto cansado – ¿Cómo podría saberlo?
Ella – Qué Europa esta comprada por los chinos…
Él – Qué dices mujer, ¡eso no puede ser!
Ella – insistente – Que te digo que sí… ni los árabes ni ostias, ¡los chinos!
Él absorto, permanece en silencio.
Ella – categórica, volviendo a la carga, como iluminada por la confirmación – ¿No ves que ya no tenemos industria? Ayer mismo me compre un par de zapatos tan buenos como los españoles por tan solo 20 euros.
Él – ¡Pero qué dices Maria!, ¿20 euros?
Ella – Te juro de verdad, sólo 20 euros y tan buenos como los nuestros…
Él – Pues bien jodidos estamos…
Es lo último que oigo, pues ya están levantándose, y yo me quedo, sin oir más, sentado frente a los Amantes de Teruel, con los Fusilamientos a mis espaldas, y el Toro Mariposa sobrevolando dos plantas más arriba…

Derechos de autor

Ya de regreso en Barcelona. Compro un libro de Mia Grondhal, The Dream of Jerusalem. Quedan cuarenta minutos para encontrarme con A. Hago tiempo entrando en la primer librería que encuentro. Un establecimiento grande, de dos plantas, mucho más surtido que el anterior. Por instinto, o simplemente inercia, me acerco a la sección de filosofía a ver que novedades nos deparan nuestros amigos benjaminianos.
Un estante lleno de nuevas ediciones…
No dejo de sonreír ante el recuerdo de mis comienzos: la dificultad de encontrar obras dignas con traducciones fiables.
Imposibles también eran Arendt, Steiner, y todos aquellos tan citados hoy en día.
Es como si España, se estuviera finalmente abriendo al mundo, o si los Pirineos se dividiesen como las aguas del Mar Rojo.
Esto es tan solo una observación mística, lo sé.
Podríamos hacer una de índole práctico, materialista: tomando en consideración que esta explosión benjaminiana sucede en todas los idiomas, me pregunto si no tendrá algo que ver con el paso a dominio público de sus obras, en tan solo tres años desde ahora. En el fondo, todo se reduce tristemente a merchandising.
El conocimiento, como tal, cada día es un valor más erosionado.
Esto me llevaría a otra historia, relacionadas a los derechos de autor de Walter Benjamin… aunque prometí no hablar de esto, y así será.

Regina Martirum/Zaragoza

(David Mauas, Zaragoza, Febrero 2007)

Tras tres horas y media de bus, se impone una cerveza… veo unas empanadillas de salmón, pido un par. Cesar, quién me acompaña, parece encantado. Parecería tener raíces de gato. Caé siempre sobre sus pies. De camino a Zaragoza, le confirman un nuevo curro, y casualmente, allí. Contento, se lanza sobre las empanadillas y la caña.

Nos alojamos en la casa de Anna.
El otro día sería intenso. Goya por derecha y por izquierda. La amabilidad de la gente de la calle me gusta, descubro negocios del siglo diecinueve que me cautivan. Frente a la Basílica, veo un pasaje que me remite a Benjamin.
Regina Martirum a distancia cero. Un privilegio que me cuesta asimilar. Fotos, observo y tomo algunas. La genialidad del pintor en toda su extensión. Figuras aparentemente inacabadas para la distancia.
¿Qué se siente al tocar con la punta del pincel el trazo de Goya?
El paseo del brazo de J. y A. El otrora reino se redescubre en cada rincón.
Posada de las Almas. Mucha charla, grata conversación, historias que cautivan. No por nada, paredes centenarias.
Nos despedimos.
Antes de partir, breve café con Anna y Cesar.