#95

Años atrás, conocí a F. Tenía una manera muy particular de clasificar el cine documental. Tras su visionado, su primer veredicto era: “Si hay hambre o no en la película”. Era un poco radical a veces, pero viniendo de una situación familiar como la suya, todo lo que había logrado, lo había hecho con hambre. Hablando de este u aquel director de moda, solía decir: “¿no ves que en su cine no hay hambre, no hay urgencia, no hay verdadera necesidad?” A veces pienso que habría que encontrar una nueva manera de clasificación. Una definición material de la obra, en relación con la realidad de su autor, y con la propuesta… si no hay hambre, puede que haya artificio.

 

Anuncios

#90

Años atrás…

Estaba en diálogo con un productor para un proyecto que quería realizar. Un día me llama, apremiante. Me pregunta si tengo carnet de partido. ¿Carnet de partido yo?¿No me conoce acaso? ¿Yo con carnet de partido?, pienso sorprendido ante la pregunta idiota del producer.

Opto por la ironía: “¡El que quieras! ¿Cuál necesitas? ¿de qué partido? ¡Voy ahora mismo y me lo hago…!”. “David, no es una broma”, se justifica avergonzado, “¿tienes o no tienes?, porque yo no tengo”.

El proyecto no salió…

#53

El cine agotado. No me extraña que esa clase de cine sea festejado por la prensa especializada. Representa la cultura europea contemporánea. Son films que nacen agotados, cansados. Confunden el plano secuencia con la revolución. Confunden un trío bisexual con la subversión de los géneros. No son más que chapuzas ideológicas, algo así como filmar la lluvia y no mojarse. Filman al necesitado desde el lugar de quién duerme en un hotel de cinco estrellas. Abordan al otro con la mirada del colonizador que observa al indígena. Están demasiado cómodos. Están demasiado bien asentados. Sus amigos controlan la crítica, la academia, los festivales, y poco a poco se genera un discurso alrededor de un cine que es totalmente irrelevante. No solo para la cultura, sino para las necesidades sociales que dicen ponderar. Y es allí dónde se produce ese abismo entre la “crítica especializada” y el público. Pensar que el público es idiota es tan soberbio como idiota es pensar que una película debe ser amada por todos los públicos. Pensar que el público es idiota, y hacer cine con dinero público es, sencillamente, una hipocresía…