Lo inefable

No confundir lo innombrable, lo inimaginable, lo indecible, con la banalidad de la representación. Hay testimonio, hay imagen, hay deber de imaginar. De entender. Nada que haya sido hecho por el hombre puede no ser imaginado o estar fuera de las posibilidades del pensamiento. No hay que convertir la Shoah en una experiencia religiosa (el innombrable, lo inefable, el sin rostro).

[ Terezin, julio de 2012 ]

Derivas de realidad (o notas sobre el documental I)

Hace unos años escribía un post que llevaba por título “Fast Food Documentary Genre”. En él hablaba sobre el fenómeno Michael Moore y los malos efectos que este tenía en las nuevas generaciones de cineastas.

Lo que en su momento consideraba una manifestación pasajera, producto de una situación internacional determinada, parecería, de juzgar por el éxito que están cosechando algunos films de no ficción, haber venido a establecerse en los mejores espíritus europeos.

Las consideraciones recibidas por algunos de estos documentales en tantos solemnes festivales de cine especializados en este género, no hacen más que poner en duda la salud de nuestro tiempo. Es preocupante. Viene a manifestar que la cultura del “me gusta”, la argumentación en “ciento cuarenta caracteres”, y la manipulación sin fundamento se ha erigido en protagonista festejado de nuestra realidad artística.

El problema es que cada vez más vemos este tipo de obras que, poniendo a su disposición todos los elementos del medio cinematográfico, pretenden pasar por verdad lo que en realidad no es más que una pirueta circense divertida.

Como tal es válida, como entretenimiento, se agradece. Pero no debería ser más que eso.

Se necesita algo de modestia en ese intento de aprehender la esencia de las cosas: una mirada que observa, apelando a un espectador partícipe que vaya reconstruyendo lo que ve.

Gran parte del cine documental parecería entrar, a falta de un vocablo mejor, y ya sea a manera de definición provisional, en una especie de “deriva de realidad”. No es ajeno a lo que sucede en nuestra sociedad. La refleja. Pero debería mantener la guardia. Es su deber. Es su estar en el mundo (el arte como bastión, como intento revolucionario, como actitud religiosa, la responsabilidad divina del crear…).

No pongo en duda la legitimidad de este tipo de obras. No es eso. Si bien difiero sustancialmente con su forma, la considero una alternativa posible de entretenimiento.

Lo que preocupa no es eso: sino el aplauso a la falta de rigurosidad, y la renuncia a acceder –aunque esfuerzo utópico– a algún tipo de verdad.

Nuestras obras construyen el mundo, nuestras palabras crean realidad. Y no habría que tomarse esto a la ligera.

[ Barcelona, abril de 2011 ]

Herz Frank

Un par de meses atrás, me acordaba de Herz Frank. Cosa extraña, ya que no venía a mi memoria desde hacía mucho tiempo. Años, tal vez. La última vez que lo encontré, fue Tel Aviv, en el marco de un festival de cine documental que yo visitaba aprovechando unos días de viaje en la ciudad. Recuerdo que él formaba parte del jurado. Nos saludamos afectuosamente. Se encontraba seguramente feliz, contento, satisfecho. Posiblemente comenzaba a sentirse reconocido. Herz Frank llegó a Israel de la antigua Unión Soviética en el año 1993. Un cineasta con una gran carrera detrás, que pocos o nadie, conocía en su nueva tierra. La primera vez que nos vimos fue en la Filmoteca de Jerusalén, dónde yo trabajaba. No recuerdo el motivo, pero vino a mi despacho. Enseguida me sentí atraído por sus maneras. Hablamos mucho. Nos volveríamos a ver varias veces. En una de ellas, recuerdo, me trajo una cinta VHS, de esas de 180 minutos, grabadas en LP, con muchos de sus films. Uno de ellos, mostraba el nacimiento de un bebé. Los gestos de la madre, el dolor, la pasión, la pareja a su lado. La cabeza del niño que comienza a salir. Es esta imagen la que vino a mi memoria, un domingo de hace un par de meses, a comienzos de marzo, mientras visitaba en el hospital a unos amigos que acababan de ser padres, mientras ella me relataba los pormenores del parto, y él cambiaba diligentemente a su flamante hijo.

Otro de los films que contenía esa cinta, se titulaba “Ten Minutes Older”, que con el tiempo se haría famoso, justamente por un remake dirigido por varios directores de renombre. “Ten minutes older” es un plano secuencia de un grupo de chicos asistiendo a un espectáculo. Lo recordaría muchas veces, cuándo, aprovechando mi trabajo como tour manager de una gira europea de circo durante el año 2001, fotografiaba a los niños-espectadores pendientes del riesgo de los equilibristas.

Recuerdo también la profunda impresión que me dejaría su largometraje documental “There Were Seven Simeons”, que trataba de una familia compuesta por varios hermanos, todos músicos, sobre quiénes él ya había hecho un film anteriormente, y más tarde, ya mayores, habrían estado involucrados en el secuestro de una avión para escapar de la Unión Soviética. Recuerdo las entrevistas, el juicio, el sueño por un futuro mejor…

En la mismo época en que yo me organizaba para partir de Jerusalén rumbo a Barcelona, allí por el año 1997, Herz Frank estaba trabajando en un nuevo documental que rodaría en las proximidades del Muro de los Lamentos.

Recuerdo como en uno de esos últimos encuentros antes de partir, me regaló una foto tomada para la investigación de su film. De un lado, a pié de foto, firmada con letras latinas; al reverso, con el orgullo de la adquisición de la nueva lengua, la dedicatoria en hebreo.

Voy en busca de este bonito regalo de despedida. La encuentro, sonriente, entre las hojas de una libreta de apuntes de esos años…

Me gusta pensar que al palparla, rememoro el momento, dando vida, aunque sea un instante, a ese hombre, a ese cineasta que, por esos azares de Internet, me habría de enterar que fallecería, a la edad de 87 años, hace casi dos meses atrás…  apenas un par de días después de recordarlo tan vivamente ese domingo, visitando a mis amigos.

Haciendo tiempo

En Berlín, dentro de un par de horas vuelvo a presentar aquí “Quién mató a Walter Benjamin…”.

Mientras tanto, y aprovechando el tiempo (y el clima, que más que un julio estival nos recordaría a un febrero mediterráneo tormentoso), hago un poco de orden. Encuentro un documento, escrito hace tiempo, con dos notas mías:

“En muchas circunstancias si uno callaría, no habría más que hablar. Deberíamos comenzar a discernir entre el encuentro y los simulacros de diálogo. Entre el hablar y la verborragia compulsiva. ¿Con cuánta gente nos encontraríamos si dejásemos de monologar?”

“Un proyecto no puede arrastrase infinitamente, pienso, mientras contemplo el reflejo de las torres sobre el mar… primero fue el reflejo, luego las torres. No, pienso, un proyecto no debería posponerse constantemente… empezar a cavar sobre una tumba”.

Algo más: en mi vuelo hacia aquí, me acompaño Klaus Mann y algunos de sus artículos. Da temor ver hasta que punto sus escritos de los primeros años 30′ recuerdan nuestro momento histórico. Cito: “nuestro continente y nuestra civilización parecían encontrarse en un estado de relativa tranquilidad. ¡Vaya ilusión! Aquella era la calma que precede a la tormenta y los rayos no tardaron en caer: crisis económica, empobrecimiento progresivo, victoria de los fascismos, amenaza de guerra mundial. Todos nos vimos implicados. De entre aquellos que tenían corazón e inteligencia, nadie permaneció indiferente. Y los mejores cambiaron” (1935).

Luego pensé… ¿quién hubiera imaginado su presente cinco años antes? ¿y el nuestro dentro de cinco?

Por eso, ayer hablando con M., le explicaba que estos tiempos que estamos viviendo exigen otro tipo de respuestas dentro del arte. Y  más aún, si es cine documental. M., tras un corto silencio, responde, sonriente y marcando su acento: “España será el Stalingrado del euro. Ya lo verás”.

Caidas del bolsillo

Encuentro la siguiente nota, en un papelito caído de algún bolsillo, sin fecha:
“una película sobre una perturbada mental que me la venden como filosofía alternativa”
y más abajo, en el mismo papel
“los sistemas se basan en pequeños personajes dispuestos a ser kapos. Sin ellos, no funcionaría”

Fast Food Documentary Genre

Hace unos días vimos el documental “Super Size Me”. Lo alquilé en el video club del barrio alentado por sus premios y por los comentarios de algunas personas. La decepción fue enorme. Un producto más de ese fenómeno inaugurado por Michael Moore y al cuál podríamos denominar, provisionalmente, como el “documental basura” o, más en la línea de la película que nos ocupa, como el “documental fast food”.

No entiendo de dónde viene tanta algarabía, a no ser porque el protagonista, también director, es conductor de un importante programa de la MTV, con relaciones con importantes empresas del sector. No encuentro otra explicación al premio al mejor director en el Festival de Sundance (decisión, que a mis ojos, termina por desprestigiar a la propia institución, puesto que si un premio no se merecía esta película, es en la categoría de mejor director).

Un documental que, desde un punto de vista empírico, no tiene ningún sostén: un imbécil decide ingerir de manera compulsiva la comida de Mac Donalds, durante un mes (desayuno, almuerzo y cena), y en los tamaños más grandes. Es evidente que, ante la magnitud del exceso, el daño sería considerable. Los supuestos expertos entrevistados se suman a ese experimento mediático y de una pereza intelectual sin parangón. En realidad, no es más que un producto mercadotécnico que utiliza los mismos medios que la cadena de comida basura a la que intenta criticar.

Las estrategias narrativas son paupérrimas, la puesta en escena también. Ahí lo tenemos filmando vómitos o con su novieta -insoportablemente contemporánea, por cierto- hablando de que ahora la tiene más flácida, y otras idioteces.

Un documental que termina siendo un claro representante de la cultura de la que proviene, y a la cual, en un engañoso intento de falso progresismo, intentan criticar.

No me gustan las películas santurronas, pedagógicas, predicadoras. Es un tipo de documental que contamina, por no decir infecta, a una generación entera con planteamientos estéticos e intelectuales de tipo fast food. Una generación de documentalistas que no ven en el género la posibilidad de investigar y proponer un debate sobre una realidad dada, sino que busca convertirse en su propia estrella, a manera de la cultura pop. Es cómo la imagen de un okupa pagando con american express.

Y para concluir, solo basta con echar un vistazo en la página web del director, para intuir tras el retrato que nos recibe (su pose hacia el espectador, la mirada, el cruce de brazos) la pista de un predicador evangelista que, al igual que Moore, es llamado a filas para educar a la gran masa de ignorantes. El peligro con esta gente es que hacen lo mismo que los totalitarismos: utilizan los medios para “evangelizar”.

Una generación que se acostumbra a que le digan lo que hacer o sentir, es una generación sobre la cual el dominio esta asegurado.