#53

El cine agotado. No me extraña que esa clase de cine sea festejado por la prensa especializada. Representa la cultura europea contemporánea. Son films que nacen agotados, cansados. Confunden el plano secuencia con la revolución. Confunden un trío bisexual con la subversión de los géneros. No son más que chapuzas ideológicas, algo así como filmar la lluvia y no mojarse. Filman al necesitado desde el lugar de quién duerme en un hotel de cinco estrellas. Abordan al otro con la mirada del colonizador que observa al indígena. Están demasiado cómodos. Están demasiado bien asentados. Sus amigos controlan la crítica, la academia, los festivales, y poco a poco se genera un discurso alrededor de un cine que es totalmente irrelevante. No solo para la cultura, sino para las necesidades sociales que dicen ponderar. Y es allí dónde se produce ese abismo entre la “crítica especializada” y el público. Pensar que el público es idiota es tan soberbio como idiota es pensar que una película debe ser amada por todos los públicos. Pensar que el público es idiota, y hacer cine con dinero público es, sencillamente, una hipocresía…

#23

Con el crowfunding pasa lo mismo que con la sanidad pública. Echamos campanas al viento a favor de un sistema que en realidad lo que hace es que paguemos dos veces. Una con nuestros impuestos, y dos con nuestras aportaciones privadas…
El crowfunding además se demuestra como la gran demagogia del momento. Y prestar atención en quiénes lo festejan: instituciones culturales, ministerios, medios periodísticos… nadie, en su sano juicio, cree que se pueda recaudar, de verdad, el coste real de un film, por medio del crowfunding.
El crowfunding en si mismo, como plataforma de pre-venta o de promoción, puede ser una herramienta interesante, pero jamás debería ocupar el lugar del grueso de la financiación de una producción.
Los mismos creadores que enarbolan estas banderas no ven en su quehacer más que un hobby. No un medio de vida, ni una profesión, ni un oficio.
Y además, seguimos con el jueguito de “el público vota”, ese gran tiranía de la dedocracia.
Si el pasado hubiera dependido de estos conceptos, no existiría nada de lo que hoy conocemos como cultura occidental. Lo interesante es ver personajes que, de manera despampanante, se autoproclaman de izquierdas y en la misma frase a favor de estas perogrulladas que nos están vaciando de contenidos (cultura libre, etc.).

El plano secuencia y la revolución (o notas sobre el documental III)

En la cultura existe un falso progresismo que confunde un aburrido “plano secuencia” con la revolución. Para esta gente, el ser de izquierdas es como una vestimenta, una moda, puro aspaviento. No hay contenido, ni profundidad. Nada. La mayoría de la hoy autodenominada izquierda europea es así. Y peligrosamente reaccionaria. Si estamos dónde estamos ahora, es también gracias a tanta impostura.

[ Barcelona, julio de 2013 ]

El discurso sobre la cosa (o notas sobre el documental II)

Sucede con el cine lo que sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Es muchas veces más interesante el discurso sobre la obra, que la obra misma. Más sugestivo lo que dice el autor sobre sus intenciones, que la misma creación al contemplarse. El problema es que luego, eso que estaría fuera de la obra,  el discurso sobre la cosa, contamina la crítica, haciéndonos creer que la obra es aquello que nos dicen que es… y uno no sabe si uno es un tonto que no ve lo que dicen que hay, o todo es producto de una prestidigitación alucinatoria. Y de repente, una voz disonante se atreve a decir aquello que estábamos barruntando: que allí nada de nada, que sí, que la idea es bonita y tal, pero que en la obra, nada. A veces uno se siente tan solo…

[ Barcelona, enero de 2013 ]

Derivas de realidad (o notas sobre el documental I)

Hace unos años escribía un post que llevaba por título “Fast Food Documentary Genre”. En él hablaba sobre el fenómeno Michael Moore y los malos efectos que este tenía en las nuevas generaciones de cineastas.

Lo que en su momento consideraba una manifestación pasajera, producto de una situación internacional determinada, parecería, de juzgar por el éxito que están cosechando algunos films de no ficción, haber venido a establecerse en los mejores espíritus europeos.

Las consideraciones recibidas por algunos de estos documentales en tantos solemnes festivales de cine especializados en este género, no hacen más que poner en duda la salud de nuestro tiempo. Es preocupante. Viene a manifestar que la cultura del “me gusta”, la argumentación en “ciento cuarenta caracteres”, y la manipulación sin fundamento se ha erigido en protagonista festejado de nuestra realidad artística.

El problema es que cada vez más vemos este tipo de obras que, poniendo a su disposición todos los elementos del medio cinematográfico, pretenden pasar por verdad lo que en realidad no es más que una pirueta circense divertida.

Como tal es válida, como entretenimiento, se agradece. Pero no debería ser más que eso.

Se necesita algo de modestia en ese intento de aprehender la esencia de las cosas: una mirada que observa, apelando a un espectador partícipe que vaya reconstruyendo lo que ve.

Gran parte del cine documental parecería entrar, a falta de un vocablo mejor, y ya sea a manera de definición provisional, en una especie de “deriva de realidad”. No es ajeno a lo que sucede en nuestra sociedad. La refleja. Pero debería mantener la guardia. Es su deber. Es su estar en el mundo (el arte como bastión, como intento revolucionario, como actitud religiosa, la responsabilidad divina del crear…).

No pongo en duda la legitimidad de este tipo de obras. No es eso. Si bien difiero sustancialmente con su forma, la considero una alternativa posible de entretenimiento.

Lo que preocupa no es eso: sino el aplauso a la falta de rigurosidad, y la renuncia a acceder –aunque esfuerzo utópico– a algún tipo de verdad.

Nuestras obras construyen el mundo, nuestras palabras crean realidad. Y no habría que tomarse esto a la ligera.

[ Barcelona, abril de 2011 ]