#41

Constato un fenómeno: si algo moviliza transversalmente a una sociedad, son los trapos de colores, las banderas. Todo lo que tiene que ver con el nacionalismo convoca, siempre, en todos los rincones del planeta, miles y miles de manifestantes. No así la cultura, ni las condiciones sociales, ni el coste de la vida, ni el hecho de que estén ahora mismo masacrando a otros en muchas partes del mundo. Lo que a la gente le importa, lo que a la gente le moviliza, lo que a la gente le mueve, son los trapitos de colores. “Dales un trapo, píntale unas barras, y la gente estará dispuesta a morir por el”, escribió una vez un ideólogo nacionalista a finales del siglo diecinueve. Y no se equivocaba.

Jerusalén [II]

Jerusalén oriental. Cincuenta metros nos separarían de una frontera [hoy] imaginaria. Comienza el viaje en silencio.

¿A dónde?
Al centro de la ciudad, por favor.

Un cortísimo viaje de este a oeste [hasta cuánto Jerusalén occidental podría considerarse oeste está por discutirse, se entiende].

¿Primera vez aquí?
No.
Sólo necesitaríamos un poco de paz.
¿Ves ese señor en ese colmado?
Sí.
Pues bien, él quiere vender, como tu quieres que hayan turistas para tu taxi.
Tienes razón, pero no es fácil.
Yo, sin embargo, soy optimista.
¿Cómo puedes ser optimista?
Porqué hay que serlo, es una necesidad.

Silencio… avanzamos unos metros a través del pesado tejido automobilístico del atardecer jerosolimitano. Cruzamos el barrio ultraortodoxo, otra realidad.

¿Sabes qué?, piensa en Europa, ¿cómo estaba Europa sesenta años atrás?
Tienes razón.
¿Entiendes por qué creo que hay que ser optimista?

Llego a destino, pago los veinticinco shekels solicitados, bajo mi maleta, me despido.

Decisiones atrasadas

Veintitrés de enero. Los eventos se suceden, sin pausa desde mi regreso a la ciudad. Llegaba a Barcelona el mediodía del primero de enero, tras un más o menos largo vuelo. El aeropuerto vacío o casi. Salgo. Taxi libre. Tengo deseos de llegar a casa, lo cojo. Cruzo un par de frases con el conductor. Ya pasada la curva de la salida de El Prat me pregunta “si me enteré de lo de la T4, en Madrid”. Claro, contestó, claro que me enteré. Me da a entender que se lo tienen merecido, puesto que el gobierno no hizo nada por el “acercamiento de presos”, el avance del proceso y otras tonterías más. Sorprendido y cansado, callo. No lo insulto. No le digo que es un mezquino, que es un cobarde y un racista.
[Mezquino puesto que no puede tener ninguna empatía con nadie más allá de su propia y limitada biografía; cobarde porque no tiene agallas de condenar el terrorismo, sea dónde sea; y racista porque diferencia entre las víctimas, desgraciados circunstanciales, en función ya ni siquiera de su pertenencia, sino de su ubicación en el mapa (el atentado fue en Madrid, no en Barcelona…)].

No todos los taxistas oyen solamente la Cope… Algunos se nos caen también del mapa, pero del otro lado…

Mi primer decisión del año: no hablar más con los taxistas.
Vieja y recurrente costumbre que ya me ha llevado a más de un disgusto.
Tras lustros llevando esta práctica, en geografías y lenguas distintas, llegue a la conclusión de que lo mejor, es subirse y callar. Ayer mismo estuve a punto de olvidarlo. Llegaba tarde a una reunión, subo a un taxi, y tras el Buenos días de rigor e indicar la dirección de destino, se me ocurre preguntar por el clima, como si me cruzase en el rellano de la escalera con doña Josefa, la vecina del tercero… el conductor se lanza a una perorarta, esta vez corta… que no sigo. Se impone el silencio. Llego a destino, pago, y me digo… no es mala idea esto de callar en el taxi. Lo intentaré también en la escalera…