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Preocupa esta tradición de «autos de fe» que está regresando al centro de la experiencia pública. La escenificación de la denuncia. La catarsis colectiva a través del castigo mediático y ejemplar. Si los medios dependen de los fines, no nos sorprendamos entonces, cuando, desde la derecha más reaccionaria y fasci-nostálgica, echen mano de la misma metodología para arremeter contra todo lo que se les ponga en el camino.

(diciembre 2018) 

#98

Criminales. Miércoles. Mañana. Día soleado. Primeros fríos. Passeig de Gracia, Sucursal Bancaria, Barcelona. Acción de la PAH. Un señor mayor se acerca al micrófono, toma la palabra. Cuenta su caso: “Bueno compañeros. Nosotros llevamos tres años ya, va para cuatro. Caja Galicia se quiere quedar con dos pisos. Se quiere quedar con el piso de mi hijo, que murió, y ahora se quiere quedar con el nuestro. Se lo hemos dicho: se quedarán con el de mi hijo porque no se lo puede llevar a… –su voz se detiene, se quiebra, levanta la mirada, y continúa– pero por el nuestro vamos a luchar todo lo que podamos, vamos a luchar contra esta lacra que hay. No tienen consciencia. No tienen bastante con uno, quieren dos. Y además quieren que paguemos treinta mil euros más. Conmigo lo van a tener muy duro. Después de que he perdido un hijo, quieren quedarse con las dos cosas. ¿A dónde vamos a ir? Tengo setenta y siete años, y yo ya no puedo trabajar en ningún sitio. Lo que quiero decir es que con la ayuda vuestra creo que lo voy a superar. ¡Sí se puede!”

#91

Escatología. Nathan ya reconoce los momentos clave. Se ve que está creciendo: comienza a percibir lo que vendrá. Domingo pasado, día de elecciones. Por la mañana, parque. De camino a casa, pasamos por el colegio electoral. Al momento de introducir el sobre en la urna, Nathan, a quién sostenía en mi brazo izquierdo, declara: «caca».

[ Junio de 2016 ]

#76

Cuándo estalla una bombona en un respetable edificio, tomamos consciencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la dependencia que tenemos de los otros, de la fragilidad del pacto social. Inmediatamente después lo relegamos al olvido.
Vivir con la certeza de nuestra vulnerabilidad, no nos permitiría conciliar el sueño…
Con la conciencia del genocidio parecería suceder algo similar: el hombre no podría vivir sin enloquecer sabiendo que vive en un mundo menos seguro, más preparado para el horror. Que los trenes que todos los días lo llevan al trabajo podrían fácilmente convertirse en medios para conducirlo a la muerte; que los medios de comunicación que hoy lo entretienen podrían ser utilizados para convencer a su vecino de que él es la escoria de la sociedad  (a ese mismo vecino que todas las mañanas lo saluda con un educado “buenos días”). Y lo que es peor, que el propio vecino, además de poder provocar por descuido un estallido con la bombona, podría convertirse en su verdugo, y no por maldad, sino por convicción, por imperativo legal.
[ octubre 1999 ]