La Plaza

El turco Salomón vuelve a las andadas. Es un mesiánico. Cuándo le cuento lo qué esta sucediendo en España se apresura emocionado: “¿Ves? Ya te lo dije. Los tiempos del Mesías se acercan”. No me cuesta imaginarlo entre los acampados, pegando gritos a favor de la anarquía. “¿Para qué necesitamos un gobierno?”, preguntará, “¿acaso necesitamos que nos ‘mandoneen’ y nos roben?”.
Yo sigo lo que sucede en la Plaza con curiosidad. Se diría que hasta con emoción. Sé de sus peligros, las tensiones internas, sus contradicciones. Pero a pesar de mi supuesta madurez y conocimiento, observo con cautela, con admiración, con envidia sana. Oigo. No opino. Hace tiempo que no sentía lo mucho que tenía que aprender: una generación que nos deja boquiabiertos.
¿Alguien creía que no valían nada? Grave error. En tres días han mostrado como se toma una plaza, se levanta un campamento, se arma una radio, una televisión, wifi, asambleas multitudinarias… ¿qué saldrá de todo esto? No lo sé. Tal sea este bien así. Un grupo de ciudadanos que hartos del discurso hueco de sus supuestos representantes dicen basta: he aquí los problemas que realmente importan. Y los debatiremos a pleno sol. Nada se pierde, todo queda, todo se transforma… y así, avanzamos en la utopía.

El turco S. en Madrid

 

En su camino entre Buenos Aires y Tel Aviv, el turco S. pasa por Madrid.
Sediento de color y luz, arrastra sus maletas por los largos pasillos del metro, y a tan solo unas horas de aterrizar, se lanza a la conquista del Museo del Prado.
Tras ocho horas allí, sentencia: “Velázquez es mil veces mejor que Goya”.
¿Acaso puedo discutir su argumentación?
Me habla de las manos, de la forma de pintar las extremidades, de la luz… habiendo coincidido su visita con la exposición de Rembrandt, imbuido de mesiánica verdad, remata: “mira la luz en Rembrandt y compárala con Goya”.
Me río en silencio.
Es como si lanzase un desafío a un coleccionista privado que poseyera decenas de goyas. Pero el turco sabe que de Koplowitz poco tengo… solo atino a decir que “justamente Velázquez y Rembrandt” eran los grandes maestros de Goya, según se lee en la biografía escrita por Javier, truhán de poca monta que tuvo la suerte de nacer hijo del genio y heredar su fortuna.
Acaso, ¿tiene sentido alguno lanzarse en una discusión telefónico-peninsular?
Argumento conciliador que es injusto comparar a Goya con Velázquez, los separan un siglo fundamental en la historia de España y de Europa. “Ya sé davicito”, dice el turco, “Goya como iniciador de la pintura moderna. ¿Sabes lo que hice? ¿Le pregunté a un guarda que había allí si habia pintura impresionista en el Museo del Prado, y el muy piola me dice que no, que en el Reina Sofía… ¿O en el Thyssen? Ya no me acuerdo… entonces yo le pregunto, ¿y Goya? ¿Goya no es impresionista? Entonces él, indignado, queriendo poner en su lugar a este provinciano insolente, me contesta categórico, ‘¡Goya no es impresionista, señor!'”.
El turco S. es así, con ánimos de provocador revolucionario, busca la luz dónde está la sombra… Sale exultante tras la visita a su Catedral de la pintura.
Mas tarde, en la silenciosa madrugada de mi balcón, pienso: la comparación entre los dos genios pintores, no por automática, es menos injusta. ¿Qué mundo le tocó vivir a Velázquez? ¿Qué lugar en la Corte? ¿Y a Goya, con seis reyes que se suceden, invasiones y guerras, miseria y terror absolutista? Solo comparemos la armonía, la estabilidad, la posición del cortesano pintor que es Velázquez en ese autorretrato llamado Las Meninas, con la representación sin par del ocaso, propio y Real, en La Familia de Carlos IV.
Casi ciento cincuenta años separan una obra de la otra.
Puede que el turco S. tenga razón. Goya siempre vio en Velázquez un maestro insuperable, hasta el último momento, cuando ya en Burdeos, escribe refiriéndose a sus miniaturas, “que más se parecen a los pinceles de Velázquez que a los de Mengs”.
A veces tengo la impresión que Goya mismo estaría orgulloso ante la comparación y afirmación del turco.