#96

Hace apenas unos días, regreso a las páginas de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric. El libro descansaba sobre mi mesita de luz, huérfano de atención, hacía semanas. Leo: “ (…) en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque los que gobiernan, y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.”

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La Segunda República

Barcelona. Domingo de Semana Santa. Masas de turistas llenan todos los rincones del centro de la ciudad.
A los pies del monumento a Francesc Macia, bajo la mirada permisiva del padre y la sonrisa alentadora de la madre, unos párvulos foráneos se improvisan un ramo de flores con la ofrenda a la Segunda República.
¡Qué bonitos e ingeniosos mis retoños!, pensarán, alegres.
Tras un más o menos corto trajinar por aviones y taxis, esas mismas flores que querían honrar, se ahogan tristes y desarraigadas en un vaso puesto en el alfeizar de una ventana que otea el horizonte de una calle rematada por un cielo plomizo y bajo… tal vez, o ni siquiera.