#96

Hace apenas unos días, regreso a las páginas de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric. El libro descansaba sobre mi mesita de luz, huérfano de atención, hacía semanas. Leo: “ (…) en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque los que gobiernan, y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.”

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#82

Hace unos días la prensa se hacía eco del trabajo de un joven artista israelí que, a manera de instalación web, mostraba su indignación sobre lo que sucedía en Berlín, en el Monumento a los judíos de Europa asesinados.

El joven artista, Shahak Shapira, echa mano de selfies tomados por visitantes –en actitudes poco solemnes– y las superpone con fotografías documentales del exterminio.

Es fácil tocar las teclas necesarias para generar el escándalo, la emoción. Eso no exige más qué un ligero conocimiento de los medios. De la dinámica que los caracteriza. Hoy en día, diríamos, de su viralidad.

El nazismo  –y todos sus parientes totalitarios cercanos–, son el resultado de la pulsación de teclas claves, manipulación emocional, movilización de los sentimientos primarios de las masas.

Es por eso que el tema que nos ocupa nos reclama ser asumido con humanidad, empatía, calidez,  inteligencia. Sin titulares. Sin manipulaciones. Evocar, más que provocar.

No hay dudas sobre las tensiones existentes entre el emplazamiento del monumento y la manera en que los visitantes lo experimentan. Pero el énfasis no debería hacerse sobre unos adolescentes que juegan sacándose estúpidos selfies. Ha de centrarse en el sentido mismo de la obra, del monumento, de su lugar físico, de su construcción.

Mucho se ha escrito sobre el tema, y el mismo concurso para la realización del Denkmal dio lugar a un debate interesante sobre cuestiones de memoria y su representación.

Entre los concursantes, quisiera destacar una propuesta de Horst Hoheisel, con quién tuve la suerte y el placer de coincidir en Portbou, hace unos años, en el marco de unas jornadas sobre el legado de Walter Benjamin. Su propuesta consistía en lo que se dio en denominar el anti-monumento. Él proponía que si realmente se quería rendir homenaje y mostrar arrepentimiento, habría que dinamitar la  colosal Puerta de Branderburgo, convertir sus piedras en polvo, y esparcirlos en la zona. ¿Qué mejor manera de honrar la memoria de los asesinados que por medio de la destrucción de este monumento, símbolo del imperio prusiano? En lugar de conmemorar la destrucción con otra construcción, el artista proponía conmemorar la destrucción con la destrucción, dejando allí un vacío perenne, en constante recuerdo de aquello que fue aniquilado.

Como era de esperar, la propuesta nunca fue aceptada. Y lo que tenemos ahora es ese extraño laberinto en el corazón de Berlín, a los pies de las embajadas aliadas occidentales y a unos metros de la Brandenburger Tor.

Los monumentos y memoriales son más un relato contemporáneo que del pasado. Y su emplazamiento y la experiencia del visitante tiene mucho más que ver con nuestro tiempo que  con el de las víctimas. Dudo mucho que los púberes que corretean jugando al escondite entre los bloques de cemento piensen realmente que estén haciéndolo entre las tumbas. El problema está, si acaso, en la cultura del selfie, y en la misma propuesta –y tradición– conmemorativa.

#76

Cuándo estalla una bombona en un respetable edificio, tomamos consciencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la dependencia que tenemos de los otros, de la fragilidad del pacto social. Inmediatamente después lo relegamos al olvido.
Vivir con la certeza de nuestra vulnerabilidad, no nos permitiría conciliar el sueño…
Con la conciencia del genocidio parecería suceder algo similar: el hombre no podría vivir sin enloquecer sabiendo que vive en un mundo menos seguro, más preparado para el horror. Que los trenes que todos los días lo llevan al trabajo podrían fácilmente convertirse en medios para conducirlo a la muerte; que los medios de comunicación que hoy lo entretienen podrían ser utilizados para convencer a su vecino de que él es la escoria de la sociedad  (a ese mismo vecino que todas las mañanas lo saluda con un educado “buenos días”). Y lo que es peor, que el propio vecino, además de poder provocar por descuido un estallido con la bombona, podría convertirse en su verdugo, y no por maldad, sino por convicción, por imperativo legal.
[ octubre 1999 ]

#72

“Vivimos en un mundo ya poco dado a las sutilezas. Hasta hace muy poco, un Ministro de Fomento, por ejemplo,  terminaba su cargo y “casualmente” se ponía a trabajar en el Consejo de Administración de una empresa de energía. El ciudadano de a pié se preguntaba, indefectiblemente, que favores le habría hecho durante su mandato a dicha empresa… Hoy en día ni siquiera es necesario guardar las formas: las empresas meten directamente a sus candidatos a ministros, y a cara descubierta, defienden sus propios intereses, supeditando escandalosamente lo público a sus propios beneficios. Y cómo ya nos son tiempos de sutilezas, debemos, nosotros también actuar sin sutilezas, a cara descubierta… ¿O resulta que solo a los ciudadanos se nos exige cuidar las formas? ¿Ahora entiende Sr. Consejero porqué está usted aquí?” El secuestro del consejero (ensayo para teatro político), Gustavo Goldberg.