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Consulado de Colombia. Trámite de visado. Una mujer le dice a otra: «renunciar a tu patria es como renuncia a tu madre, mi tierra es mi tierra». La mujer se percata de mi atención. Mirada reprobatoria, condescendiente.

(noviembre 2010)

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En la plaza. Oigo a un padre decirle a otro: «Hombre, ¡has de disfrutar la vida como si fuese el último día!».  

«¡Que imbécil!», pienso observando al prototipo de piso-propio-e-hipoteca –cuenta en La Caixa, votante de Convergencia, bermudas azul oscuro por sobre la rodilla, camisa de manga corta– que sale los domingos a jugar un ratito con su hijo.  

La frase, por más que se repita hasta el hartazgo, es cáscara vacía. Se deja de lado un elemento fundamental. Justamente lo que se convierte, a lo largo de nuestra existencia, en una pesada carga: el aspecto económico, material.   

Si tuviera que vivir cada día como si fuese el último, no me preocuparía por tener ahorros, ni pagaría impuestos, ni menos aún cumplimentaría la declaración de la renta. Con lo cual, la frase no resiste el menor examen. 

(enero 2018) 

Había una vez…

El lugar era muy jerárquico.
Estaban los que ganaban mucho. Los que ganaban más o menos. Y los que ganaban poco. Los que ganaban mucho se dignaban a hablar con los que ganaban más o menos, pero nunca con los que ganaban poco. Estos últimos existían gracias a la “bondad” de los primeros. Eran ellos quienes, con su buen talante, cultura y tolerancia, invitaban a los que ganaban poco a ganar un poco más de poco.
Sin embargo, los que ganaban poco sabían que eran la excusa para que los que ganaban mucho siguieran ganando mucho. Lo sabían, pero no servía más que para amargarse.