Madrid. Exteriores.

En una terraza de mediodía, me encuentro con L.
Su conversación culta y agradable, bajo el sol de un invierno primaveral, nos alerta del placer de la coincidencia; de la aventura del flaneur que anda y desanda la ciudad. Unas calles regaladas por la anulación del tiempo, por la derogación de entrevistas anotadas cuidadosamente…
Olvidamos fácilmente la importancia del azar.

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Diciembres (al regreso de Nairobi)

 

El periódico de la mañana traía la siguiente noticia: que este año cada español se había gastado una media de setenta y dos euros en billetes de lotería para el gordo de navidad. Como no conozco a nadie que haya comprado uno, me ratifica ese viejo refrán que dice que la “estadística es esa ciencia exacta que dice que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, cada uno de nosotros tiene un coche”. Al final, el gordo tocaría a sólo veinte metros de esta mesa desde la que escribo. Bajo las escaleras, curioso, a ver el espectáculo, mientras desencadeno mi bicicleta rumbo a la piscina. Enjambres de periodistas, esa jauría moderna de lo novedoso, al acecho. Me miran con recelo, no sea cosa que sea un disimulado agraciado. Pero no lo soy. Solo un momento me deleito ante la idea-espectáculo de qué haría de haber sido uno de los premiados… Al regresar, la jauría colaboracionista sigue allí. Ahora con más cámaras, y más chicas en falda, micrófono en mano, en busca de esa historia, la de siempre, la cenicienta moderna que, salvando a uno, nos haga creer que realmente “podemos”, cuándo no somos más que un triste público a quién le arrojan las migajas del circo.
Ayer, antes de dormir, comencé a leer “El Retrato” de Gogol. Buena recomendación de C. Ya dormido soñaría con las pinturas de Goya. El color invadía la imagen, algo así como “esos días azules, ese sol de infancia” pero en rojo y verde. Sin todavía despertarme, tomaba consciencia de cuánto echaba de menos a Goya y cuánto me hacían falta sus cuadros en estos momentos. Como si dentro del color estuviera escondido el tesoro… pero no en metálico, sino en palabras.
Hace solo una semana que regresé (regresamos) de Kenia. Proyección de Quién mató a Walter Benjamin… en Nairobi; workshop al otro día en la Academia.
Me sorprendió (¿o me regocijó?) el ver la actualidad del tema a una sociedad aparentemente tan distante. Da cuenta del papel del arte en general, y del cine en particular, para generar diálogo. Uno de los asistentes pregunta, refiriéndose al valor de la cultura, si acaso el conocimiento del pasado, el exorcismo de sus fantasmas, sería suficiente para evitar otra matanza como la de Darfur o Rwanda (refiriéndose al frágil equilibrio social que se respira en Kenia tras los disturbios de principios de año). Contesto que “lamentablemente, toda la Biblioteca Nacional de Paris, con todos sus volúmenes y su sabiduría escrita, no pudo detener la barbarie. Y que por mucho que nos pese a los intelectuales y artistas, lo único que es capaz de detener a un tanque es otro tanque. El role del arte es otro y yo no me creo eso de que ‘quién no conoce su historia esta condenado a repetirla’. No hay ninguna relación entre esto y lo otro, como tampoco hay relación alguna entre la cultura y la compasión”.
Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto?, pensaría más tarde…
Un poco de luz, convertirnos aunque sea en fugaz cerilla entre tanto sentido embotado.

El turco S. en Madrid

 

En su camino entre Buenos Aires y Tel Aviv, el turco S. pasa por Madrid.
Sediento de color y luz, arrastra sus maletas por los largos pasillos del metro, y a tan solo unas horas de aterrizar, se lanza a la conquista del Museo del Prado.
Tras ocho horas allí, sentencia: “Velázquez es mil veces mejor que Goya”.
¿Acaso puedo discutir su argumentación?
Me habla de las manos, de la forma de pintar las extremidades, de la luz… habiendo coincidido su visita con la exposición de Rembrandt, imbuido de mesiánica verdad, remata: “mira la luz en Rembrandt y compárala con Goya”.
Me río en silencio.
Es como si lanzase un desafío a un coleccionista privado que poseyera decenas de goyas. Pero el turco sabe que de Koplowitz poco tengo… solo atino a decir que “justamente Velázquez y Rembrandt” eran los grandes maestros de Goya, según se lee en la biografía escrita por Javier, truhán de poca monta que tuvo la suerte de nacer hijo del genio y heredar su fortuna.
Acaso, ¿tiene sentido alguno lanzarse en una discusión telefónico-peninsular?
Argumento conciliador que es injusto comparar a Goya con Velázquez, los separan un siglo fundamental en la historia de España y de Europa. “Ya sé davicito”, dice el turco, “Goya como iniciador de la pintura moderna. ¿Sabes lo que hice? ¿Le pregunté a un guarda que había allí si habia pintura impresionista en el Museo del Prado, y el muy piola me dice que no, que en el Reina Sofía… ¿O en el Thyssen? Ya no me acuerdo… entonces yo le pregunto, ¿y Goya? ¿Goya no es impresionista? Entonces él, indignado, queriendo poner en su lugar a este provinciano insolente, me contesta categórico, ‘¡Goya no es impresionista, señor!'”.
El turco S. es así, con ánimos de provocador revolucionario, busca la luz dónde está la sombra… Sale exultante tras la visita a su Catedral de la pintura.
Mas tarde, en la silenciosa madrugada de mi balcón, pienso: la comparación entre los dos genios pintores, no por automática, es menos injusta. ¿Qué mundo le tocó vivir a Velázquez? ¿Qué lugar en la Corte? ¿Y a Goya, con seis reyes que se suceden, invasiones y guerras, miseria y terror absolutista? Solo comparemos la armonía, la estabilidad, la posición del cortesano pintor que es Velázquez en ese autorretrato llamado Las Meninas, con la representación sin par del ocaso, propio y Real, en La Familia de Carlos IV.
Casi ciento cincuenta años separan una obra de la otra.
Puede que el turco S. tenga razón. Goya siempre vio en Velázquez un maestro insuperable, hasta el último momento, cuando ya en Burdeos, escribe refiriéndose a sus miniaturas, “que más se parecen a los pinceles de Velázquez que a los de Mengs”.
A veces tengo la impresión que Goya mismo estaría orgulloso ante la comparación y afirmación del turco.

Mercadotecnia

Interior. Cafetería. Museo.
Un padre y un hijo sentados frente a frente, en una mesa cuadrada de bar. No hablan. Ensimismados cada uno con el juego de sus móviles.

Decía P. hace un par de semanas, que esto de traer la cultura al pueblo es una gran idiotez. Viendo la masificación turística de algunos museos, tiendo a estar de acuerdo con él.
El problema es que lo que no pasa por el aro de la mercadotecnia, parecería no servir. Todo aquello que no pueda convertirse en mercancía inmediata, pierde interés.
Es aquí dónde se insertaría el concepto (actual) del espectáculo. “Arquitectura espectáculo”, “rodaje espectáculo”, “escritor espectáculo”. Dónde el mismo relato sobre la “cosa”, se convertiría en mercancía en si mismo. No se trataría ya de negar el referente (propio de la era digital), sino en un negocio global que incluye no solo la “cosa” sino el discurso sobre la cosa en todas sus vertientes (mercadotecnia).

En cuánto al padre y al hijo. La mujer se suma más tarde a la mesa. Al verla, comprendí que puede que yo también me hubiera refugiado en mi móvil.

Aragón

Llegar a una ciudad de provincias y encontrarse con al iglesia cerrada. Fiestas regionales. Tras algunas preguntas, entender que nadie sabe cuándo la abrirán. Dar unas vueltas. El cansancio aprieta. Meterse en un café. Ante la recurrente pregunta sobre los horarios de visita de la iglesia, la sorpresa: El hombre que se encuentra sentado en la próxima mesa, matando el tiempo con cuatro amigos jugando a las barajas, es el responsable de las llaves del templo. Y así, una vez más, termino tranquilamente mi café, mientras ojeo el Heraldo, en busca de los guiños de Juan D. Se convierte así en un casual juego, ejercicio singular que me hace sentir extrañamente en casa. Minutos después, me encuentro disfrutando, frente a frente, con las pechinas de Goya.
[Salí esta mañana de Fuendetodos. Carreteando lentamente, por caminos secundarios. Me pregunto que será de esos pequeños pueblos de Aragón cuándo la gente mayor desaparezca].

Aeropuertos [1]

Aeropuerto nuevamente. Me pierdo en busca de mi vuelo. Hay tiempo, a pesar de la enormidad de la T4. Al final de una cinta transportadora, veo avanzar a J. Cálidos abrazos, cinco minutos para ponernos al tanto del acontecer en los últimos meses. Hablamos de Goya, de Benjamin, de Jerusalén… Viajo a Barcelona, vuelo relámpago. Reuniones esperadas, encuentros con gente respetada. El camino que se invierte. A bocajarro, él pregunta, “¿Cómo era Goya?” Calculo mi ignorancia mientras me viene a la memoria una anécdota similar, hace ya cuatro años. Me encontraba en Alemania. Primer encuentro con A., tutor y profesor. Le relato mi historia sobre Benjamin. En un momento dado, entre irónico y media sonrisa, dice: “corta el rollo. ¿Cómo era su vida sexual?” Me tomo un momento, organizo lo que sé, y sin amedrentarme, me explayo convenientemente. Se ríe francamente. “Esta bien, sólo quería calibrar hasta cuánto conocías el personaje”.
Pero ahora con J. no me arriesgo. No ahora, y menos en dos minutos de pasillo aeropuerteario.