169

Sesión de investidura. Mi hijo me pide ver la «película del Congreso». No hay escuela, día después de Reyes. Los niños se quedan en casa para jugar con sus regalos, y los padres (y las madres, claro) a lidiar con sus respectivos trabajos para poder quedarse a cuidarlos sin que le descuenten la jornada. Hermosa conciliación familiar. O esto, o pagar sesenta pavos para una canguro (lo siento, no encuentro canguros hombres, no es una cuestión sexista, y el único que encontré, ya no está en la ciudad). Además, la situación no está para gastarse nada. Bueno, total que Nathan se despierta a las siete del mañana dispuesto a jugar, a hablar, a comer y a liarla parda. A las once y media, viendo él de refilón la portada de un periódico online que estaba yo consultando, pregunta: «¿podemos seguir viendo la película esa que estábamos viendo el sábado? No se terminó todavía, ¿no?». «Pues no, no se terminó, hoy es el último capítulo». «¿De verdad? ¡Veámoslo!». Y así fue como, un martes después de Reyes, un padre y su hijo de cinco años, sentados frente a la pantalla del ordenador, se deleitan con las ponencias de los disputados, como se le dio en denominarlos acertadamente mi alegre e infatigable retoño. Él quiere saber quién se lleva al final todos los papelitos. Desde el día en que fuimos juntos a poner el sobre en la biblioteca del barrio está curioso de cómo concluirá el asunto. Me sorprende su interés en el espectáculo. Es verdad que tiene tendencias performáticas, pero el hecho de quedarse sentado más de una hora y media oyendo a gente –con barba o sin ella– vociferando en una tribuna, me sorprende. Me pregunta quién es el bueno y quién es el malo. Lo animo a que lo vaya dilucidando solo. Y en general, para mi sorpresa, acierta bastante. El Congreso como plató de espectáculo, entretenimiento didáctico para niños: ejemplo de malas maneras, imagen pedagógica de lo que no puede ser.

(enero 2020)

168

Una sociedad obsesionada con la construcción de su identidad, es una sociedad que no tiene espacio para ningún otro… (esto ya lo había dicho y escrito hace muchos años).

(junio 2011)

163

Los manifiestos nunca valieron para nada. Nunca han servido para evitar una guerra, ni siquiera para cambiar políticas. No se logra nada con su firma. Los manifiestos no son más que autobombo, afirmar la pertenencia al club de la gente bonita, sensible. Mi amigo J. dice: «No fueron los intelectuales los que detuvieron el avance del nazismo, sino la fuerza de quienes empuñaron las armas. Los “firma-manifiestos” son los primeros en escabullir el bulto cuándo el asunto quema. No lo olvides ni confundas los términos».  

(agosto del 2015) 

Crónicas e historias

«Es sumamente raro que los hombres cuenten una cosa simplemente como ha sucedido, sin mezclar al relato nada de su propio juicio. Más aún, cuando ven u oyen algo nuevo, si no tienen sumo cuidado con sus opiniones previas, estarán más de las veces, tan condicionados por ellas que percibirán algo absolutamente distinto de lo que ven u oyen que ha sucedido; particularmente si lo sucedido supera la capacidad de quien las cuenta u oye, y sobre todo si le interesa que el hecho suceda de determinada forma. De ahí resulta que los hombres, en sus crónicas e historias, cuentan más bien sus opiniones que las cosas realmente sucedidas; que uno y mismo caso es relatado de modo tan diferente por dos hombres de distinta opinión, que parece tratarse de dos casos; y que, finalmente, no es demasiado difícil muchas veces averiguar las opiniones del cronista y del historiador por sus simples relatos».

Tratado Teológico-político, Baruch Spinoza. 

135

Soñé que Binyamin Netanyahu se convertía en presidente de los palestinos. Como tal, era un negociador implacable, intransigente, imposible… Ante la sorpresa de los israelíes, alguien recuerda: «no hay de qué sorprenderse, siempre supimos que lo único que le importaba era ejercer su propio poder». 

(enero 2010)

#107

El pensador mediático. Otrora incómodo, los avatares de la política lo convierten en ideólogo oficial del movimiento. Se torna conocido, reconocido. Mentado todo el tiempo, aparece constantemente.Tertulias, columnas de opinión, clases magistrales, pregonero. El discurso se reblandece. Fofo, inofensivo. Deviene en discurso inocuo, apto para todos los públicos, incapaz de herir.

(noviembre 2018)

#96

Hace apenas unos días, regreso a las páginas de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric. El libro descansaba sobre mi mesita de luz, huérfano de atención, hacía semanas. Leo: «(…) en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque los que gobiernan, y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.»

#92

Las acciones que distintos colectivos están llevando a cabo en los últimos tiempos ponen en entredicho el discurso triunfalista de una (supuesta) industria turística como motor de la recuperación económica.

Lo que es en realidad la dinámica propia de un capitalismo que dejó de repartir sus beneficios, adquiere con el turismo su carta de naturaleza.

Cuánto más se investiga está supuesta industria –¿desde cuándo organizar visitas a la Sagrada Familia podría considerarse una industria?– más aún se pone en evidencia que toda ella está basada en la distorsión: el aprovechamiento de recursos públicos sin los cuales no podría subsistir, y un abaratamiento de los recursos humanos necesarios a base de unas condiciones laborales que en la mayoría de los casos ralla con la explotación.

Un estudio de este año del sindicato Comisiones Obreras echa mucha luz en las sombras de estas prácticas: «analizamos la evolución de la coyuntura turística desde el 2008 (año anterior a la crisis) al actual, observando el comportamiento tan dispar que han tenido los diferentes parámetros. Así, mientras el número de visitantes se ha incrementado en un 19,88% en estos últimos ocho años; el de pernoctaciones en un 22,89% y el del número de plazas en un 8,77%, el del empleo tan sólo lo ha hecho en un vergonzante 0,63%; existiendo prácticamente el mismo personal que en 2008”.

Es decir, mismo personal, para más trabajo. Mismos salarios, pero un 20% más de ganancias. Y esto todavía sin entrar a considerar el aumento de los costes de vida, la invasión y la pérdida de recursos públicos (pagados entre todos) allí dónde el turismo masivo se instala como una plaga de langosta que todo lo arrasa.

#86

Perdonadme la frivolidad. Permitídmelo. No solo me molesta tener que aguantar la vulgaridad de Trump y de está era que comienza. Sino también los discursos, manifiestos, películas y todas ese festival progre- autorreferencial-aburguesado que no hace más qué comenzar. ¿Otra vez Michael Moore aplaudido en Cannes? ¿Otra vez premios de cine con actores «sensibles políticamente»? ¿Otra vez manifestaciones de gente ‘guay’? ¡Qué horror! ¿Dónde estaban todos estos quejicas-de-buen-pasar mientras se estaba gestando el desastre?
En el año treinta y nueve, Frida Kahlo visita París con motivo de una exposición que le está organizando André Breton. Decepcionada ante todo lo que ve, escribe a Nicholas Murray: “Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme a esta mierda de ‘artistas’ parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los ‘cafés’, hablan sin cesar acerca de la ‘cultura’, el ‘arte’, la ‘revolución’, etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad.” Y agrega, “valió la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente, que no sirve para nada, provoca el surgimiento de los Hitler y Mussolini.”
(enero 2017)

#82

Hace unos días la prensa se hacía eco del trabajo de un joven artista israelí que, a manera de instalación web, mostraba su indignación sobre lo que sucedía en Berlín, en el Monumento a los judíos de Europa asesinados.

El joven artista, Shahak Shapira, echa mano de selfies tomados por visitantes –en actitudes poco solemnes– y las superpone con fotografías documentales del exterminio.

Es fácil tocar las teclas necesarias para generar el escándalo, la emoción. Eso no exige más qué un ligero conocimiento de los medios. De la dinámica que los caracteriza. Hoy en día, diríamos, de su viralidad.

El nazismo  –y todos sus parientes totalitarios cercanos–, son el resultado de la pulsación de teclas claves, manipulación emocional, movilización de los sentimientos primarios de las masas.

Es por eso que el tema que nos ocupa nos reclama ser asumido con humanidad, empatía, calidez,  inteligencia. Sin titulares. Sin manipulaciones. Evocar, más que provocar.

No hay dudas sobre las tensiones existentes entre el emplazamiento del monumento y la manera en que los visitantes lo experimentan. Pero el énfasis no debería hacerse sobre unos adolescentes que juegan sacándose estúpidos selfies. Ha de centrarse en el sentido mismo de la obra, del monumento, de su lugar físico, de su construcción.

Mucho se ha escrito sobre el tema, y el mismo concurso para la realización del Denkmal dio lugar a un debate interesante sobre cuestiones de memoria y su representación.

Entre los concursantes, quisiera destacar una propuesta de Horst Hoheisel, con quién tuve la suerte y el placer de coincidir en Portbou, hace unos años, en el marco de unas jornadas sobre el legado de Walter Benjamin. Su propuesta consistía en lo que se dio en denominar el anti-monumento. Él proponía que si realmente se quería rendir homenaje y mostrar arrepentimiento, habría que dinamitar la  colosal Puerta de Branderburgo, convertir sus piedras en polvo, y esparcirlos en la zona. ¿Qué mejor manera de honrar la memoria de los asesinados que por medio de la destrucción de este monumento, símbolo del imperio prusiano? En lugar de conmemorar la destrucción con otra construcción, el artista proponía conmemorar la destrucción con la destrucción, dejando allí un vacío perenne, en constante recuerdo de aquello que fue aniquilado.

Como era de esperar, la propuesta nunca fue aceptada. Y lo que tenemos ahora es ese extraño laberinto en el corazón de Berlín, a los pies de las embajadas aliadas occidentales y a unos metros de la Brandenburger Tor.

Los monumentos y memoriales son más un relato contemporáneo que del pasado. Y su emplazamiento y la experiencia del visitante tiene mucho más que ver con nuestro tiempo que  con el de las víctimas. Dudo mucho que los púberes que corretean jugando al escondite entre los bloques de cemento piensen realmente que estén haciéndolo entre las tumbas. El problema está, si acaso, en la cultura del selfie, y en la misma propuesta –y tradición– conmemorativa.

#76

Cuándo estalla una bombona en un respetable edificio, tomamos consciencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la dependencia que tenemos de los otros, de la fragilidad del pacto social. Inmediatamente después lo relegamos al olvido.
Vivir con la certeza de nuestra vulnerabilidad, no nos permitiría conciliar el sueño…
Con la conciencia del genocidio parecería suceder algo similar: el hombre no podría vivir sin enloquecer sabiendo que vive en un mundo menos seguro, más preparado para el horror. Que los trenes que todos los días lo llevan al trabajo podrían fácilmente convertirse en medios para conducirlo a la muerte; que los medios de comunicación que hoy lo entretienen podrían ser utilizados para convencer a su vecino de que él es la escoria de la sociedad  (a ese mismo vecino que todas las mañanas lo saluda con un educado “buenos días”). Y lo que es peor, que el propio vecino, además de poder provocar por descuido un estallido con la bombona, podría convertirse en su verdugo, y no por maldad, sino por convicción, por imperativo legal.
[ octubre 1999 ]