#107

El pensador mediático. Otrora incómodo, los avatares de la política lo convierten en ideólogo oficial del movimiento. Se torna conocido, reconocido. Mentado todo el tiempo, aparece constantemente.Tertulias, columnas de opinión, clases magistrales, pregonero. El discurso se reblandece. Fofo, inofensivo. Deviene en discurso inocuo, apto para todos los públicos, incapaz de herir.

(noviembre 2018)

#96

Hace apenas unos días, regreso a las páginas de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric. El libro descansaba sobre mi mesita de luz, huérfano de atención, hacía semanas. Leo: «(…) en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque los que gobiernan, y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.»

#92

Las acciones que distintos colectivos están llevando a cabo en los últimos tiempos ponen en entredicho el discurso triunfalista de una (supuesta) industria turística como motor de la recuperación económica.

Lo que es en realidad la dinámica propia de un capitalismo que dejó de repartir sus beneficios, adquiere con el turismo su carta de naturaleza.

Cuánto más se investiga está supuesta industria –¿desde cuándo organizar visitas a la Sagrada Familia podría considerarse una industria?– más aún se pone en evidencia que toda ella está basada en la distorsión: el aprovechamiento de recursos públicos sin los cuales no podría subsistir, y un abaratamiento de los recursos humanos necesarios a base de unas condiciones laborales que en la mayoría de los casos ralla con la explotación.

Un estudio de este año del sindicato Comisiones Obreras echa mucha luz en las sombras de estas prácticas: “analizamos la evolución de la coyuntura turística desde el 2008 (año anterior a la crisis) al actual, observando el comportamiento tan dispar que han tenido los diferentes parámetros. Así, mientras el número de visitantes se ha incrementado en un 19,88% en estos últimos ocho años; el de pernoctaciones en un 22,89% y el del número de plazas en un 8,77%, el del empleo tan sólo lo ha hecho en un vergonzante 0,63%; existiendo prácticamente el mismo personal que en 2008”.

Es decir, mismo personal, para más trabajo. Mismos salarios, pero un 20% más de ganancias. Y esto todavía sin entrar a considerar el aumento de los costes de vida, la invasión y la pérdida de recursos públicos (pagados entre todos) allí dónde el turismo masivo se instala como una plaga de langosta que todo lo arrasa.

#76

Cuándo estalla una bombona en un respetable edificio, tomamos consciencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la dependencia que tenemos de los otros, de la fragilidad del pacto social. Inmediatamente después lo relegamos al olvido.
Vivir con la certeza de nuestra vulnerabilidad, no nos permitiría conciliar el sueño…
Con la conciencia del genocidio parecería suceder algo similar: el hombre no podría vivir sin enloquecer sabiendo que vive en un mundo menos seguro, más preparado para el horror. Que los trenes que todos los días lo llevan al trabajo podrían fácilmente convertirse en medios para conducirlo a la muerte; que los medios de comunicación que hoy lo entretienen podrían ser utilizados para convencer a su vecino de que él es la escoria de la sociedad  (a ese mismo vecino que todas las mañanas lo saluda con un educado “buenos días”). Y lo que es peor, que el propio vecino, además de poder provocar por descuido un estallido con la bombona, podría convertirse en su verdugo, y no por maldad, sino por convicción, por imperativo legal.
[ octubre 1999 ]