#86

Perdonadme la frivolidad. Permitídmelo. No solo me molesta tener que aguantar la vulgaridad de Trump y de está era que comienza. Sino también los discursos, manifiestos, películas y todas ese festival progre- autorreferencial-aburguesado que no hace más qué comenzar. ¿Otra vez Michael Moore aplaudido en Cannes? ¿Otra vez premios de cine con actores “sensibles políticamente”? ¿Otra vez manifestaciones de gente ‘guay’? ¡Qué horror! ¿Dónde estaban todos estos quejicas-de-buen-pasar mientras se estaba gestando el desastre?
En el año treinta y nueve, Frida Kahlo visita París con motivo de una exposición que le está organizando André Breton. Decepcionada ante todo lo que ve, escribe a Nicholas Murray: “Preferiría sentarme a vender tortillas en el suelo del mercado de Toluca, en lugar de asociarme a esta mierda de ‘artistas’ parisienses, que pasan horas calentándose los valiosos traseros en los ‘cafés’, hablan sin cesar acerca de la ‘cultura’, el ‘arte’, la ‘revolución’, etcétera. Se creen los dioses del mundo, sueñan con las tonterías más fantásticas y envenenan el aire con teorías y más teorías que nunca se vuelven realidad.” Y agrega, “valió la pena venir sólo para ver por qué Europa se está pudriendo y cómo toda esta gente, que no sirve para nada, provoca el surgimiento de los Hitler y Mussolini.”
(enero 2017)

#82

Hace unos días la prensa se hacía eco del trabajo de un joven artista israelí que, a manera de instalación web, mostraba su indignación sobre lo que sucedía en Berlín, en el Monumento a los judíos de Europa asesinados.

El joven artista, Shahak Shapira, echa mano de selfies tomados por visitantes –en actitudes poco solemnes– y las superpone con fotografías documentales del exterminio.

Es fácil tocar las teclas necesarias para generar el escándalo, la emoción. Eso no exige más qué un ligero conocimiento de los medios. De la dinámica que los caracteriza. Hoy en día, diríamos, de su viralidad.

El nazismo  –y todos sus parientes totalitarios cercanos–, son el resultado de la pulsación de teclas claves, manipulación emocional, movilización de los sentimientos primarios de las masas.

Es por eso que el tema que nos ocupa nos reclama ser asumido con humanidad, empatía, calidez,  inteligencia. Sin titulares. Sin manipulaciones. Evocar, más que provocar.

No hay dudas sobre las tensiones existentes entre el emplazamiento del monumento y la manera en que los visitantes lo experimentan. Pero el énfasis no debería hacerse sobre unos adolescentes que juegan sacándose estúpidos selfies. Ha de centrarse en el sentido mismo de la obra, del monumento, de su lugar físico, de su construcción.

Mucho se ha escrito sobre el tema, y el mismo concurso para la realización del Denkmal dio lugar a un debate interesante sobre cuestiones de memoria y su representación.

Entre los concursantes, quisiera destacar una propuesta de Horst Hoheisel, con quién tuve la suerte y el placer de coincidir en Portbou, hace unos años, en el marco de unas jornadas sobre el legado de Walter Benjamin. Su propuesta consistía en lo que se dio en denominar el anti-monumento. Él proponía que si realmente se quería rendir homenaje y mostrar arrepentimiento, habría que dinamitar la  colosal Puerta de Branderburgo, convertir sus piedras en polvo, y esparcirlos en la zona. ¿Qué mejor manera de honrar la memoria de los asesinados que por medio de la destrucción de este monumento, símbolo del imperio prusiano? En lugar de conmemorar la destrucción con otra construcción, el artista proponía conmemorar la destrucción con la destrucción, dejando allí un vacío perenne, en constante recuerdo de aquello que fue aniquilado.

Como era de esperar, la propuesta nunca fue aceptada. Y lo que tenemos ahora es ese extraño laberinto en el corazón de Berlín, a los pies de las embajadas aliadas occidentales y a unos metros de la Brandenburger Tor.

Los monumentos y memoriales son más un relato contemporáneo que del pasado. Y su emplazamiento y la experiencia del visitante tiene mucho más que ver con nuestro tiempo que  con el de las víctimas. Dudo mucho que los púberes que corretean jugando al escondite entre los bloques de cemento piensen realmente que estén haciéndolo entre las tumbas. El problema está, si acaso, en la cultura del selfie, y en la misma propuesta –y tradición– conmemorativa.

El trauma

Es tan grande el trauma, el crimen, la herida, que damos vuelta el rostro, intentamos olvidar. Para no ver, para no pensar, para no saber.  La mismas conmemoraciones anuales son fechas de guardar que no ayudan a la comprensión del fenómeno. Es muy difícil vivir con la certidumbre de que esto fue y es posible. Los días se suceden, el azul del cielo baña nuestros rostros, el sol se hace fuerte, optamos por la sonrisa y por la alegría. Es natural. Es también saludable. Y sin embargo, “esto” está aquí. Como un pozo, como un interrogante, como un signo de exclamación, como un letrero de aviso, como un aviso de incendio…

[ Terezin, julio de 2012 ]

Haciendo tiempo

En Berlín, dentro de un par de horas vuelvo a presentar aquí “Quién mató a Walter Benjamin…”.

Mientras tanto, y aprovechando el tiempo (y el clima, que más que un julio estival nos recordaría a un febrero mediterráneo tormentoso), hago un poco de orden. Encuentro un documento, escrito hace tiempo, con dos notas mías:

“En muchas circunstancias si uno callaría, no habría más que hablar. Deberíamos comenzar a discernir entre el encuentro y los simulacros de diálogo. Entre el hablar y la verborragia compulsiva. ¿Con cuánta gente nos encontraríamos si dejásemos de monologar?”

“Un proyecto no puede arrastrase infinitamente, pienso, mientras contemplo el reflejo de las torres sobre el mar… primero fue el reflejo, luego las torres. No, pienso, un proyecto no debería posponerse constantemente… empezar a cavar sobre una tumba”.

Algo más: en mi vuelo hacia aquí, me acompaño Klaus Mann y algunos de sus artículos. Da temor ver hasta que punto sus escritos de los primeros años 30′ recuerdan nuestro momento histórico. Cito: “nuestro continente y nuestra civilización parecían encontrarse en un estado de relativa tranquilidad. ¡Vaya ilusión! Aquella era la calma que precede a la tormenta y los rayos no tardaron en caer: crisis económica, empobrecimiento progresivo, victoria de los fascismos, amenaza de guerra mundial. Todos nos vimos implicados. De entre aquellos que tenían corazón e inteligencia, nadie permaneció indiferente. Y los mejores cambiaron” (1935).

Luego pensé… ¿quién hubiera imaginado su presente cinco años antes? ¿y el nuestro dentro de cinco?

Por eso, ayer hablando con M., le explicaba que estos tiempos que estamos viviendo exigen otro tipo de respuestas dentro del arte. Y  más aún, si es cine documental. M., tras un corto silencio, responde, sonriente y marcando su acento: “España será el Stalingrado del euro. Ya lo verás”.

La ocupación

Nos cuentan que Alemania presiona para que España acepte, finalmente, solicitar el fondo de rescate europeo. Quieren nuestra rendición incondicional. Tras un par de años de bombardeos de deuda masivos, ataques bursátiles y terrorismo financiero, el enemigo ya está maduro para solicitar su rendición. Otro país más a sumarse a la lista de territorios ocupados, sin soberanía, con mano de obra barata, y grandes oportunidades de negocio.
No sé que les pasa a esta gente, de que mal incurable sufrirán: cada vez que levantan cabeza, miran a hacia el resto del continente y ya están elucubrando como hacerlo suyo. Sino sirven las armas, servirá la economía, piensan.
Y allí los tenemos ocupando Atenas, Lisboa, Dublín… y quieren también Madrid. ¿Cómo lo lograrán? Muy sencillo (ay, bendita memoria histórica): cuatro columnas que avanzan hacia la capital y una quinta, que bien agazapada entre sus ministerios y bancos, espera ansiosa el momento de sumarse a los festejos de ocupación…
Pero se olvidan el final de la fábula nibelunga (¿memoria selectiva?): siempre que se les dio por fastidiar al continente, terminaron rendidos, por no decir, con su capital arrasado (valga el error sintáctico, que no cambia para nada el sentido de lo dicho).

La Marabunta

Julio/agosto tocando su final. Turismo como el de este año no he visto en los más de trece años que vivo en el centro de la ciudad. La Ramblas se llenan. Salimos a la caza del “rey hortera”. Ardua decisión, competencia feroz. Inglesas de piel incolora mostrando sus mal agraciados cuerpos, vestidas de “fiesta”, con tacones y “conejitos” sobre su cabeza. Hordas de jóvenes italianos con sus horrendas gafas de sol en su frente. Pareja germano hablante, ella: rubia tenida, vestido negro sin mangas, horrendos tacones; él: pantalón corto deportivo blanco, mocasines sin calcetines, americana celeste. Etcétera inacabable de franceses, americanos… una pequeña ONU de lo visualmente desagradable… (y esto, sin contar los hatajos de jóvenes paseando con sus estandartes, Ramblas arriba, Ramblas abajo, que vinieron a ver con sus propios ojos al enviado de dios en la tierra, cuya actuación multitudinaria tuvo lugar en Madrid, con encantadores grupos de calentamiento que, vestidos de antidisturbios, repartían ostias a diestra y siniestra, en un fanático intento evangelizador de administrar la indulgencia plenaria y forzosa).
Turismo a tope, lo nunca visto, a pesar de la mentada crisis.
C. lo explica diciendo que todos aquellos que solían irse al norte de África se vienen por aquí ya que allí las cosas están como están. Lo leyó no sé dónde. Trash Tourism lo denominó alguien sin temor a que lo acusen de snob. Ya que no podemos ir a África, vamos a España, que es como si pero sin serlo, piensan.
No entiendo que los trae a amontonarse aquí. Aunque los horteras, nos explica un reciente estudio científico, se sienten atraídos por otros horteras. Como las moscas, colige. Esa podría ser una explicación plausible. De ahí que hayan playas sólo para horteras. Las he visto. Otra posibilidad: que haya habido algún problema de señalización y la gente confunda Barcelona con Benidorm o Lloret. Podría ser…
Total, que las infraestructuras públicas se desbordan: atravesar las Ramblas con la moto o bicicleta me recuerda un videojuego cuyo objetivo es llegar al final esquivando peligrosos obstáculos: turistas que se lanzan sobre la calzada sin mirar, o camareros haciendo equilibrio entre los coches con bandejas cargadas de paellas y garrafales jarras de sangría. Toda el comercio se organiza para sacar tajada de tanta horterada: nuevos negocios de souvenirs se abren; el olor a shawarma impregna las calles evocando otras geografías; sucursales bancarias se reforman para parecer, paradójicamente, “más europeas”; contenedores de basura se distancian de los lugares “emblemáticos”; los pisos se reconvierten en infraestructuras turísticas; calzadas invadidas por bicicletas alquiladas, motos mal conducidas y cochecitos turísticos con GPS que circulan imperturbable y peligrosamente por las calles…
Y si todo esto no es suficiente, el flamante alcalde ha tenido una brillante idea: idear una manera para que el “Bicing” también sea disfrutado por los turistas. Todo es permitido en nombre de la crisis. La madre que lo parió… dentro de poco nos pedirán que cedamos nuestras camas a favor de una Barcelona “guapa, internacional y turística, oberta al mon”, que la gula no tiene límites.
Creo que al final lo lograrán… puede que este sea mi último verano en el barrio.
Y así se va consumando este mobbing silencioso…
A ver, yo lo entiendo, seamos sinceros: ¿quién quiere vecinos “quejicas” en una zona destinada a convertirse en el Disney de Europa? Es que Barcelona, como dice el lema, se pone guapa…

El despropósito mediático [II]

Hace un par de años, un importante periódico local se lanzaba en un furibunda tematización sobre los “maleantes incívicos” que azotaban la tranquila y siempre pacífica multiculti Barcelona. Era verano, agosto. Lo recuerdo. Recuerdo la sorpresa de encontrarme, sin ton ni son, con primeras planas alarmistas que parecían ser el retrato de un irreconocible suburbio tercer mundista -vivo en pleno centro de la ciudad, escenarios de las aquellas supuestas descripciones-.
Problemas habían, los ví desarrollarse, crecer… ¿pero por qué justo en ese agosto? ¿por qué en ese momento?
Más tarde me quedo claro. El alcalde de aquella época (el administrador Clos) llama a una reunión urgente del consistorio: se toman las primeras medidas, se llega a redactar -y a aprobar- una nueva ley de “vagos y maleantes”. Con la nueva doctrina en la mano, el ajuntament se lanza a la limpieza de “putas”, “drogadictos”, “lateros”, “estatuas humanas”, etc… Las calles quedan limpias para exponer el fulgor de una ciudad segura entregada a la orgía consumista del turismo. Lo que parecía en un principio un ataque al gobierno de la ciudad, no era más que un autogolpe.
Dos años después, con aquel alcalde haciendo vaya a saberse qué en Madrid, y con su gris y fofo sucesor a la cabeza, volvemos a lo mismo. Tras los meses de alarmismo sobre la seguridad en los chalets y los ataques a joyeros, ahora tenemos una novedad: que cuándo se alquila un piso el pobre propietarios queda desvalido a merced de los “malos” y víctima de la pasividad de la justicia y de las fuerzas de seguridad. En todas estas noticias, los okupas son “extranjeros”. Es decir, gente que se mete en nuestras casas y nos dejan sin vivienda, nos echan a la calle, se comen nuestra comida, se fornican a nuestras mujeres y no nos dejan vivir en nuestra propia ciudad (enésima adaptación del argumento arcaico y mitológico… tan eficaz a los tiempos que corren).
La narrativa es la misma que en el primer caso: se necesita mano dura, una justicia más rápida, una policía eficaz. Recordemos, estamos a pocos meses de las elecciones.
Si bien, y ya sea solo por cuestiones estadísticas, damos por sentada la existencia de aprovechadores que se hacen fuertes en pisos alquilados, ésta no es la norma.
Servidor y todos sus conocidos viven de alquiler, pagan puntualmente, se llevan bien con los dueños de su hogar. En ningún periódico se escribe sobre otra realidad, mucho más grave, y vaya lo que sigue tan solo como ejemplo:

R. es mujer. Vive en un piso alquilado hace cinco años. Se vence el contrato. Mientras tanto ella ha tenido una niña. Trabaja de camarera. Su sueldo llega apenas a los 800 euros, con suerte. El dueño del piso, al renovar el contrato, quiere doblar el alquiler. Es imposible. R. no sabe dónde vivirá desde marzo. Sin embargo ella no se hace fuerte, no se queda y deja de pagar… ¿no debería hacerlo? ¿no debería haber alguna ley que prohiba pasar de cobrar 450€ a 900€ por el mismo servicio, de un mes a otro?
(puntualicemos por si alguién se despista: el alquiler original ya sufría el aumento anual correspondiente al IPC… cuatro por cien multiplicado por cinco… el precio original ya se ha “reajustado” en un veinte por cien)
¿Qué justifica entonces semejante subida? ¿quién la defiende a ella?
¿Esa prensa local, matrona alarmista, representante de los poderosos…?
Resumiendo, hay que limpiar las calles de extranjeros, dejarlas brillantes para seguir captando capital fácil, y rápido. Que los pisos se conviertan en hoteles, que las tiendas en “souvenirs”, que los espacios públicos en forums… y si esto no es suficiente, se necesita mano dura con todos. Que aquí, el que no corre vuela…
(no deja de extañar esta “nueva/vieja” tematización justo en momentos pre electorales y cuando el gobierno autonómico intenta sacar una ley punitoria a los pisos vacíos…)