#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, El extranjero de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)

Populacho: de Dreyfus a Sarcelles (o variaciones sobre los mismo II)

Veo un video amateur, filmado desde una ventana. El populacho corriendo descontrolado por las calles de Sarcelles en busca de objetivos dónde descargar su ira. En el camino se cargan todo lo que encuentran: mobiliario urbano, coches, escaparates. Observando estás imágenes, me vienen a la mente descripciones similares, tal y como las dejaría escritas, a finales del siglo XIX, un desconocido periodista vienés, llamado Herzl, quién cubría el caso Dreyfus. 

Han pasado ciento veinte años y volvemos a ver el populacho descontrolado, alentado por una opinión pública manipulada, correr por las calles en busca de un objetivo judío para atacar. No nos engañemos. Los tristes acontecimientos de Gaza son solo una excusa. El odio está allí. En la época del caso Dreyfus no había ni Estado de Israel, ni sionismo y si se me permite, ni siquiera palestinos, en el sentido estrictamente nacional. Y sin embargo, sí, ayer como hoy, vemos la muchedumbre gritando «muerte a los judíos» en el seno de la República Francesa.

Me pregunto si el antisemitismo es el fenómeno de fondo o el medio: la excusa para sacar fuera el odio irracional, la frustración, los bajos instintos. A lo largo de la historia el odio al judío fue una herramienta eficaz de amalgama entre grupos diferentes, antagónicos, en busca de un objetivo que los una.

Francia tiene un grave problema, y Europa también. Históricamente, primero fue el antisemitismo, luego la barbarie, el retroceso… el fin de las libertades.

El antisemitismo constituiría, entonces, más que un fenómeno, un síntoma. La fiebre que nos alerta de la infección que se va adueñando del continente al amparo de oportunismos y manipulaciones.

No hay que equivocarse. No es el amor a los hombres lo que saca a estas hordas a la calle o a tanto intelectual y actor sensible a firmar manifiestos. Si así fuera, las masas saldrían con la misma devoción destructora ante la imagen de cien mil muertos en Siria, o ante el visionado de terribles escenas de fusilamiento y torturas que están, ahora mismo, sucediendo en Irak (permitirme insistir tanto en este punto, porque me parece flagrante, se alza como un elemento que induce a interrogarnos sobre las motivaciones que se esconden tras esas protestas y que no parecen ser, ni el amor a la humanidad, ni la indignación ante la violencia, ni el horror ante el asesinato. Por desgracia, el mundo nos brinda todos los años motivos para manifestarnos… pero nada… silencio).

Todavía más triste. Como escribía en mi post anterior, ni siquiera podríamos aseverar que es el estricto amor a los palestinos y la indignación frente a su destino lo que moviliza a estas hordas descontroladas. Puesto que si así fuese, ya hubieran tenido varias oportunidades en el pasado. Los palestinos son y fueron, desgraciadamente, muertos en Jordania, Siria y en la mismísima Gaza (recordemos el enfrentamiento entre Hamas y el Fatah cuándo los primeros tiraban por las ventanas, literalmente, a los segundos).

Cuando veo con que furia asesina se encienden las calles y las redes sociales –esa nueva vía de expresión del populacho– pienso ya sin lugar a dudas: no, no es la víctima lo que realmente les moviliza. Lo que realmente les interesa es el victimario. No son los palestinos, pobres ellos abandonados a su suerte entre el fanatismo integrista del Hamas y las acciones demoledoras de Tsahal. Lo que hace salir a las calles a unos, y a firmar manifiestos y escribir sandeces en Facebook y Twitter a otros, es ese odio atávico, antiguo, que creíamos superado y desterrado del continente, y que nuevamente vemos con estupor como se va abriendo paso desde los márgenes hacia el discurso público, hacia lo ‘legítimamente’ decible… todo esto es síntoma de la oscuridad a venir…

[días después de escribir estas notas, tengo en mis manos el libro Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt. En el capítulo concerniente al Caso Dreyfus, encuentro lo siguiente: «No hay duda de que a los ojos del populacho los judíos habían llegado a servir como símbolos y modelo de todas las cosas que detestaban. Si odiaban a la sociedad podían apuntar a la forma en que eran tolerados en su seno; y si odiaban al Gobierno podían apuntar a la forma en que los judíos habían sido protegidos por éste o a la forma en que habían sido identificados con el Estado. Aunque es un error suponer que los judíos eran el único blanco del populacho es preciso otorgarles un primer lugar entre sus víctimas favoritas».]

[ Barcelona, finales de julio de 2014 ]