Crisis

«Había tanta pasta que si eras de los que estaban en el ajo obtenías grandes dividendos y no tenías otra cosa que hacer que pasarte el día inventando nuevas maneras de gastártelo. Las mesas de los potentados crujían con el peso de los banquetes. Sus admiradores se apiñaban para apostar al juego de la propiedad inmobiliaria, y a los que apenas cobraban el salario mínimo les caían las suficientes migajas para mantenerlos contentos. Todo el mundo sabía que el tiovivo del dinero seguiría girando siempre y cuando no ocurrieran dos o tres cosas malas al mismo tiempo… hasta que de repente ocurrieron cuatro o cinco a la vez.»  


La furia, Gene Kerrigan.

Los Gestos

«Callar no es, por descontado, lo mismo que quietud, sino el gesto que detiene la palabra antes de que llegue a la boca. Callar significa que la palabra llega a hablar en vez de llegar a la boca. Si se quiere comprender el gesto de hablar, es necesario primero considerar el gesto del silencio, pues en el silencio la palabra llega a hablar y a resplandecer. Para poder comprender el gesto de hablar, primero hay que aprender ciertamente a callar».

Los Gestos, Vilém Flusser.

#96

Hace apenas unos días, regreso a las páginas de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric. El libro descansaba sobre mi mesita de luz, huérfano de atención, hacía semanas. Leo: «(…) en el fondo de sus corazones, en el fondo de ellos mismos, ese fondo que no se abre a nadie, subsistía el recuerdo de lo que acababa de pasar y la idea de que lo que sucede una vez puede volver a repetirse. Quedaba también la esperanza, una esperanza insensata, esa gran ventaja de los oprimidos. Porque los que gobiernan, y deben oprimir para gobernar, están condenados a actuar razonablemente. Mas si, llevados por la pasión u obligados por el adversario, pasan los límites de los actos razonables, empiezan a correr por un camino resbaladizo, fijando así el comienzo de su caída. En tanto, los oprimidos y los explotados se sirven con la misma facilidad de su genio y de su locura, que son las dos únicas clases de armas que están en condiciones de utilizar en la lucha incesante, ya solapada, ya abierta, que mantienen contra el opresor.»

#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, El extranjero de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)

#87

El sacrificio. Leo la siguiente noticia: en un pequeño pueblo de Minnesota, los vecinos sorprenden, cuchillo en mano, a un hombre a punto de matar a su hijo. El niño, amordazado, está atado sobre un altar improvisado al fondo del jardín. Sólo un milagro explica que los vecinos logren detener al padre antes de cometer el asesinato. En el interrogatorio, el hombre argumenta –tranquilo y convencido de sus actos– haber oído a Dios decirle que mate a su hijo en ofrenda. En el juicio, la defensa alega enajenación mental. El acusado protesta. No quiere que lo tomen por un desequilibrado. Insiste: fue Dios quién se lo ordenó la mañana de los autos. Explica que acababa de levantarse y, mientras bebía su primer café y su hijo todavía dormía, Él le habló. No era la primera vez. Pero sí la primera en recibir un claro mensaje de acción. El juez duda. Los peritos no logran unanimidad. Desfilan teólogos, psiquiatras, rabinos, curas e imanes. Finalmente el magistrado tiene que tomar una decisión… El acusado todavía no ha salido del hospital psiquiátrico en el que lo encerraron. El niño, ya adolescente, crece feliz con sus abuelos.