Espejitos y collares (I)

Los viajes de regreso siempre son más largos que los de ida, piensa G. mientras, tedioso, observa esa ruta interminable…
No le gusta el “pueblo”, lo sabe. Ni siquiera sabe lo que es. A no ser que se denomine “pueblo” a ese desordenado y egoísta grupo de borregos que están tan predispuestos a cambiar su libertad por espejitos y collares.
El viaje se torna insoportable.
La gente no sabe estar sola y se la pasa hablando por sus malditos aparatos móviles.
Hay inventos que nunca deberían haberse hecho, concluye. No, definitivamente, a G., el “pueblo” se la suda.

(Memorias de Viaje, Martín el Rio)

Jerusalén, nuevamente, una vez más

“¿Qué cosa buena cabe esperar de una ciudad cuyo ethos fundacional es la fanática acción de un hombre capaz de sacrificar a su hijo?
Un dios horrorizado que dice, no, por dios, por mi no, deteniendo el cuchillo a punto de degollar al primogénito del hombre. Turbado y deprimido por el fervor del hombre, abandonó la ciudad a su merced, dejando en su lugar un monigote para escarmiento de los fanáticos. Y así fue, desde el principio de los tiempos, hasta nuestros días, por siempre, jamás.”
(Leyendas Romanas, Capítulo 3, Párrafo 11)

El Pozo

(David Mauas, Barcelona, 2006)

Fue justamente en el túnel que une la línea roja con la verde, bajo el asfalto concurrido de Plaza Cataluña, dónde se hizo la luz. No recordaba ni dónde ni cuándo lo había leído. Le vino a la mente la idea, como un eco, como un ángel de antaño: “si quieres ayudar a alguien que se encuentra en un pozo, no basta (no sirve) con echarle una soga para que trepe”. Claro, después de tantos años, lo terminó por comprender: su debilidad le hubiera impedido trepar.

Será necesario bajar al fondo del pozo, mezclarse con el lodo y el barro, cargar al sufriente sobre los hombros y sacarlo, sacarnos, conjuntamente.
Entendió porqué sus consejos no servían para nada. No porqué no sirviesen, ni siquiera es que no tuviera razón, o no viera la situación acertadamente. Eran como sogas echadas al fondo del pozo. No tenía fuerzas para trepar. Había que llenar los pulmones de luz, los ojos de aire fresco, y bajar al fondo contaminado de la cuestión. Mezclarse con ello, manteniendo la calma… y sacándola a la fuerza, de ser necesario.