#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, “El extranjero” de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)

#87

El sacrificio. Leo la siguiente noticia: en un pequeño pueblo de Minnesota, los vecinos sorprenden, cuchillo en mano, a un hombre a punto de matar a su hijo. El niño, amordazado, está atado sobre un altar improvisado al fondo del jardín. Sólo un milagro explica que los vecinos logren detener al padre antes de cometer el asesinato. En el interrogatorio, el hombre argumenta –tranquilo y convencido de sus actos– haber oído a Dios decirle que mate a su hijo en ofrenda. En el juicio, la defensa alega enajenación mental. El acusado protesta. No quiere que lo tomen por un desequilibrado. Insiste: fue Dios quién se lo ordenó la mañana de los autos. Explica que acababa de levantarse y, mientras bebía su primer café y su hijo todavía dormía, Él le habló. No era la primera vez. Pero sí la primera en recibir un claro mensaje de acción. El juez duda. Los peritos no logran unanimidad. Desfilan teólogos, psiquiatras, rabinos, curas e imanes. Finalmente el magistrado tiene que tomar una decisión… El acusado todavía no ha salido del hospital psiquiátrico en el que lo encerraron. El niño, ya adolescente, crece feliz con sus abuelos.

#72

“Vivimos en un mundo ya poco dado a las sutilezas. Hasta hace muy poco, un Ministro de Fomento, por ejemplo,  terminaba su cargo y “casualmente” se ponía a trabajar en el Consejo de Administración de una empresa de energía. El ciudadano de a pié se preguntaba, indefectiblemente, que favores le habría hecho durante su mandato a dicha empresa… Hoy en día ni siquiera es necesario guardar las formas: las empresas meten directamente a sus candidatos a ministros, y a cara descubierta, defienden sus propios intereses, supeditando escandalosamente lo público a sus propios beneficios. Y cómo ya nos son tiempos de sutilezas, debemos, nosotros también actuar sin sutilezas, a cara descubierta… ¿O resulta que solo a los ciudadanos se nos exige cuidar las formas? ¿Ahora entiende Sr. Consejero porqué está usted aquí?” El secuestro del consejero (ensayo para teatro político), Gustavo Goldberg.  

Espejitos y collares (I)

Los viajes de regreso siempre son más largos que los de ida, piensa G. mientras, tedioso, observa esa ruta interminable…
No le gusta el “pueblo”, lo sabe. Ni siquiera sabe lo que es. A no ser que se denomine “pueblo” a ese desordenado y egoísta grupo de borregos que están tan predispuestos a cambiar su libertad por espejitos y collares.
El viaje se torna insoportable.
La gente no sabe estar sola y se la pasa hablando por sus malditos aparatos móviles.
Hay inventos que nunca deberían haberse hecho, concluye. No, definitivamente, a G., el “pueblo” se la suda.

(Memorias de Viaje, Martín el Rio)