#62

El ser humano, si no ha atrofiado esa sensibilidad, tiende a la trascendencia. La trascendencia, más que con la búsqueda del sentido, diría provisionalmente, tiene relación con ese instante en que entroncamos con la eternidad: el rezo en la religión, la meditación en el yoga, el arte en la creación, el sexo en el amor. Momentos en los cuales podemos acceder a la inmortalidad, aunque solo sea por un instante fugaz, como una ráfaga, como anticipo de su posibilidad. Si alguna vez tuvimos la suerte –y el placer– de sentir aquello, será luego una búsqueda constante por repetir la experiencia.

Lugares

Hay lugares que de tanto contarse a ellos mismos lo especiales que son terminan por creérselo. Seguramente en un principio era así… enclaves entre dos aguas, lugar de encuentro, mestizaje, búsqueda… con el tiempo, reconocidos como tales, comienzan a explotar su talento… pasado un tiempo, se convierten en sombra de lo que fueron. Viven en función de sus glorias del pasado. Uno se adentra en sus pasillos sin vida buscando el perfume de lo que fue. Pero allí no hay nada. Dejó de existir en un momento sin que nadie se percatase. Si acaso, se fugó a dónde todavía no lo hayan descubierto, como copia más genuina, nueva, necesaria. Mientras que sobre los suelos de lo antiguo, el turista juguetón, cree sentirse dentro de una historia de hadas, cuándo en realidad, no está más que en un escenario dónde el alma ya hace años ha expirado. Es un muerto, un cuerpo conectado a mecanismos externos que nos hacen creer que todavía vive.
[ Barcelona, agosto de 2014 ]

Mi sobrino

El tiempo vuela. No es un decir. Es así. Mi sobrino está por cumplir dieciocho años y quiere volar. Volar lejos. Su madre preocupada, me pide hablar con él. Te oirá, me dice esperanzada, dile que es muy chico para irse: ¿por qué no lo convences de esperar unos años más, estudiar, y luego ya decidirá lo qué hacer? A ti te escuchará, yo, que soy la madre, ya sabes como es
Vale, contesto, pásamelo.
Mi sobrino sabe de qué va la cosa. Se pone al teléfono con desgana. No me lo hace fácil.
Esgrimo argumentos sin convencimiento sobre las bondades de permanecer en el hogar familiar. Camuflo mi falta de certidumbre tras la impostura de una voz de hombre experimentado, de quién ha visto mucho mundo.
Al otro lado de la línea, océano de por medio, adivino pura condescendencia risueña.
De repente, silencio.
Pasan unos segundos que se hacen eternos, suficientes para entender que el gol en puerta propia es imparable, inevitable…
Mi joven interlocutor arremete sin piedad.
No seas chanta tío, ¿no te da vergüenza? ¿Vos me decís esto? ¿Acaso no te fuiste vos también con dieciocho años?

[ Barcelona, abril de 2014 ]

La última foto

Llueve. Mediodía de primavera en Buenos Aires. El coche que nos conduce al aeropuerto comienza un lento movimiento. Alzo la cámara. Disparo.
Nunca hubiera pensado, en ese preciso instante, que esta sería la última foto que tomaría de mi madre.
Apenas visible, refugiada de la lluvia en el marco de la puerta, observa nuestra partida, diciéndonos adiós.
Borrosa, como si la cámara ya supiese la desgracia que se avecina…
Tardo tanto en revelar los negativos, que sólo hace unos días he recibido estos.
Y allí la veo, allí la encuentro, allí la descubro, cuidando de nuestra partida, alzando la mano, enviando un último y eterno beso.
Si supiera lo duro, lo triste, lo espantoso, lo doloroso, que es saber que no habrán más fotografías…
El silencio. El terrible y absoluto silencio…
Y una última foto, borrosa, insinuando la muerte.
A Sara Goldberg, mi madre
ZAL