#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, “El extranjero” de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)

#62

El ser humano, si no ha atrofiado esa sensibilidad, tiende a la trascendencia. La trascendencia, más que con la búsqueda del sentido, diría provisionalmente, tiene relación con ese instante en que entroncamos con la eternidad: el rezo en la religión, la meditación en el yoga, el arte en la creación, el sexo en el amor. Momentos en los cuales podemos acceder a la inmortalidad, aunque solo sea por un instante fugaz, como una ráfaga, como anticipo de su posibilidad. Si alguna vez tuvimos la suerte –y el placer– de sentir aquello, será luego una búsqueda constante por repetir la experiencia.

Lugares

Hay lugares que de tanto contarse a ellos mismos lo especiales que son terminan por creérselo. Seguramente en un principio era así… enclaves entre dos aguas, lugar de encuentro, mestizaje, búsqueda… con el tiempo, reconocidos como tales, comienzan a explotar su talento… pasado un tiempo, se convierten en sombra de lo que fueron. Viven en función de sus glorias del pasado. Uno se adentra en sus pasillos sin vida buscando el perfume de lo que fue. Pero allí no hay nada. Dejó de existir en un momento sin que nadie se percatase. Si acaso, se fugó a dónde todavía no lo hayan descubierto, como copia más genuina, nueva, necesaria. Mientras que sobre los suelos de lo antiguo, el turista juguetón, cree sentirse dentro de una historia de hadas, cuándo en realidad, no está más que en un escenario dónde el alma ya hace años ha expirado. Es un muerto, un cuerpo conectado a mecanismos externos que nos hacen creer que todavía vive.
[ Barcelona, agosto de 2014 ]

Mi sobrino

El tiempo vuela. No es un decir. Es así. Mi sobrino está por cumplir dieciocho años y quiere volar. Volar lejos. Su madre preocupada, me pide hablar con él. Te oirá, me dice esperanzada, dile que es muy chico para irse: ¿por qué no lo convences de esperar unos años más, estudiar, y luego ya decidirá lo qué hacer? A ti te escuchará, yo, que soy la madre, ya sabes como es
Vale, contesto, pásamelo.
Mi sobrino sabe de qué va la cosa. Se pone al teléfono con desgana. No me lo hace fácil.
Esgrimo argumentos sin convencimiento sobre las bondades de permanecer en el hogar familiar. Camuflo mi falta de certidumbre tras la impostura de una voz de hombre experimentado, de quién ha visto mucho mundo.
Al otro lado de la línea, océano de por medio, adivino pura condescendencia risueña.
De repente, silencio.
Pasan unos segundos que se hacen eternos, suficientes para entender que el gol en puerta propia es imparable, inevitable…
Mi joven interlocutor arremete sin piedad.
No seas chanta tío, ¿no te da vergüenza? ¿Vos me decís esto? ¿Acaso no te fuiste vos también con dieciocho años?

[ Barcelona, abril de 2014 ]