La ocupación

Nos cuentan que Alemania presiona para que España acepte, finalmente, solicitar el fondo de rescate europeo. Quieren nuestra rendición incondicional. Tras un par de años de bombardeos de deuda masivos, ataques bursátiles y terrorismo financiero, el enemigo ya está maduro para solicitar su rendición. Otro país más a sumarse a la lista de territorios ocupados, sin soberanía, con mano de obra barata, y grandes oportunidades de negocio.
No sé que les pasa a esta gente, de que mal incurable sufrirán: cada vez que levantan cabeza, miran a hacia el resto del continente y ya están elucubrando como hacerlo suyo. Sino sirven las armas, servirá la economía, piensan.
Y allí los tenemos ocupando Atenas, Lisboa, Dublín… y quieren también Madrid. ¿Cómo lo lograrán? Muy sencillo (ay, bendita memoria histórica): cuatro columnas que avanzan hacia la capital y una quinta, que bien agazapada entre sus ministerios y bancos, espera ansiosa el momento de sumarse a los festejos de ocupación…
Pero se olvidan el final de la fábula nibelunga (¿memoria selectiva?): siempre que se les dio por fastidiar al continente, terminaron rendidos, por no decir, con su capital arrasado (valga el error sintáctico, que no cambia para nada el sentido de lo dicho).

Madrid. Exteriores.

En una terraza de mediodía, me encuentro con L.
Su conversación culta y agradable, bajo el sol de un invierno primaveral, nos alerta del placer de la coincidencia; de la aventura del flaneur que anda y desanda la ciudad. Unas calles regaladas por la anulación del tiempo, por la derogación de entrevistas anotadas cuidadosamente…
Olvidamos fácilmente la importancia del azar.

El turco S. en Madrid

 

En su camino entre Buenos Aires y Tel Aviv, el turco S. pasa por Madrid.
Sediento de color y luz, arrastra sus maletas por los largos pasillos del metro, y a tan solo unas horas de aterrizar, se lanza a la conquista del Museo del Prado.
Tras ocho horas allí, sentencia: “Velázquez es mil veces mejor que Goya”.
¿Acaso puedo discutir su argumentación?
Me habla de las manos, de la forma de pintar las extremidades, de la luz… habiendo coincidido su visita con la exposición de Rembrandt, imbuido de mesiánica verdad, remata: “mira la luz en Rembrandt y compárala con Goya”.
Me río en silencio.
Es como si lanzase un desafío a un coleccionista privado que poseyera decenas de goyas. Pero el turco sabe que de Koplowitz poco tengo… solo atino a decir que “justamente Velázquez y Rembrandt” eran los grandes maestros de Goya, según se lee en la biografía escrita por Javier, truhán de poca monta que tuvo la suerte de nacer hijo del genio y heredar su fortuna.
Acaso, ¿tiene sentido alguno lanzarse en una discusión telefónico-peninsular?
Argumento conciliador que es injusto comparar a Goya con Velázquez, los separan un siglo fundamental en la historia de España y de Europa. “Ya sé davicito”, dice el turco, “Goya como iniciador de la pintura moderna. ¿Sabes lo que hice? ¿Le pregunté a un guarda que había allí si habia pintura impresionista en el Museo del Prado, y el muy piola me dice que no, que en el Reina Sofía… ¿O en el Thyssen? Ya no me acuerdo… entonces yo le pregunto, ¿y Goya? ¿Goya no es impresionista? Entonces él, indignado, queriendo poner en su lugar a este provinciano insolente, me contesta categórico, ‘¡Goya no es impresionista, señor!'”.
El turco S. es así, con ánimos de provocador revolucionario, busca la luz dónde está la sombra… Sale exultante tras la visita a su Catedral de la pintura.
Mas tarde, en la silenciosa madrugada de mi balcón, pienso: la comparación entre los dos genios pintores, no por automática, es menos injusta. ¿Qué mundo le tocó vivir a Velázquez? ¿Qué lugar en la Corte? ¿Y a Goya, con seis reyes que se suceden, invasiones y guerras, miseria y terror absolutista? Solo comparemos la armonía, la estabilidad, la posición del cortesano pintor que es Velázquez en ese autorretrato llamado Las Meninas, con la representación sin par del ocaso, propio y Real, en La Familia de Carlos IV.
Casi ciento cincuenta años separan una obra de la otra.
Puede que el turco S. tenga razón. Goya siempre vio en Velázquez un maestro insuperable, hasta el último momento, cuando ya en Burdeos, escribe refiriéndose a sus miniaturas, “que más se parecen a los pinceles de Velázquez que a los de Mengs”.
A veces tengo la impresión que Goya mismo estaría orgulloso ante la comparación y afirmación del turco.

Sol

O llego tarde, o llego demasiado temprano. Me cuesta todavía calcular las distancias en esta ciudad. Hoy llegaba, aparentemente, tarde. Entre conexión y conexión de metro, la pantalla de los monitores con las noticias. Despedida de Bush, mensaje mesiánico de fin de los tiempos de Ahmadineyad. Fue un momento, una imagen de refilón antes de embullirme en el vagón rumbo a Sol.

Mercadotecnia

Interior. Cafetería. Museo.
Un padre y un hijo sentados frente a frente, en una mesa cuadrada de bar. No hablan. Ensimismados cada uno con el juego de sus móviles.

Decía P. hace un par de semanas, que esto de traer la cultura al pueblo es una gran idiotez. Viendo la masificación turística de algunos museos, tiendo a estar de acuerdo con él.
El problema es que lo que no pasa por el aro de la mercadotecnia, parecería no servir. Todo aquello que no pueda convertirse en mercancía inmediata, pierde interés.
Es aquí dónde se insertaría el concepto (actual) del espectáculo. “Arquitectura espectáculo”, “rodaje espectáculo”, “escritor espectáculo”. Dónde el mismo relato sobre la “cosa”, se convertiría en mercancía en si mismo. No se trataría ya de negar el referente (propio de la era digital), sino en un negocio global que incluye no solo la “cosa” sino el discurso sobre la cosa en todas sus vertientes (mercadotecnia).

En cuánto al padre y al hijo. La mujer se suma más tarde a la mesa. Al verla, comprendí que puede que yo también me hubiera refugiado en mi móvil.

Mesa compartida


Mesa compartida. Noche. Permanezco en silencio, testigo transparente, ante estos casuales compañeros de comida. Tres académicos extranjeros. Edad mediana dos de ellos, jovén el tercero. Mucho ruido. Mucho aire. “Como follarse a una mosca”, diría una conocida francesa. Oyéndolos, sospecho la decadencia, el declive, una cultura a punto de caer al abismo.

Notas sobre democracia [II] (o charla en una cafeteria de Madrid)

Dice M. que no vale mi argumento. Que aún tomando en cuenta que son todos unos canallas uno no debería renunciar a su ética. “Todos roban, es verdad, y ellos roban más, ¿pero eso justificaría que tu robes un poco?”. De la conversación con M. se deduce que mucho de la crisis general en la que vivimos tiene que ver con el lenguaje. Con la falsificación de la comunicación.

Dos horas más tarde nos despedíamos. Minutos después yo entraría al museo. Dos salas me separarían de un corto y agrio mal entendido con unos de los cuidadores del lugar. Un hombre simple a quién con mi insolencia, aun con la razón de mi parte, podría haberle amargado la tarde. Decenas de pinturas después, sentí la imperiosa necesidad de disculparme.
Su sonrisa, entre confundido y sorprendido, me reconcilio con el mundo.
Puede que M. tenga razón.