169

Sesión de investidura. Mi hijo me pide ver la «película del Congreso». No hay escuela, día después de Reyes. Los niños se quedan en casa para jugar con sus regalos, y los padres (y las madres, claro) a lidiar con sus respectivos trabajos para poder quedarse a cuidarlos sin que le descuenten la jornada. Hermosa conciliación familiar. O esto, o pagar sesenta pavos para una canguro (lo siento, no encuentro canguros hombres, no es una cuestión sexista, y el único que encontré, ya no está en la ciudad). Además, la situación no está para gastarse nada. Bueno, total que Nathan se despierta a las siete del mañana dispuesto a jugar, a hablar, a comer y a liarla parda. A las once y media, viendo él de refilón la portada de un periódico online que estaba yo consultando, pregunta: «¿podemos seguir viendo la película esa que estábamos viendo el sábado? No se terminó todavía, ¿no?». «Pues no, no se terminó, hoy es el último capítulo». «¿De verdad? ¡Veámoslo!». Y así fue como, un martes después de Reyes, un padre y su hijo de cinco años, sentados frente a la pantalla del ordenador, se deleitan con las ponencias de los disputados, como se le dio en denominarlos acertadamente mi alegre e infatigable retoño. Él quiere saber quién se lleva al final todos los papelitos. Desde el día en que fuimos juntos a poner el sobre en la biblioteca del barrio está curioso de cómo concluirá el asunto. Me sorprende su interés en el espectáculo. Es verdad que tiene tendencias performáticas, pero el hecho de quedarse sentado más de una hora y media oyendo a gente –con barba o sin ella– vociferando en una tribuna, me sorprende. Me pregunta quién es el bueno y quién es el malo. Lo animo a que lo vaya dilucidando solo. Y en general, para mi sorpresa, acierta bastante. El Congreso como plató de espectáculo, entretenimiento didáctico para niños: ejemplo de malas maneras, imagen pedagógica de lo que no puede ser.

(enero 2020)

155

Mi hijo, con su curiosidad habitual, me pide que le cuente la historia. Se la cuento. Al terminar, me pregunta:  
–¿De verdad salía una voz de la montaña? 
–Así es como está escrito. 
Se queda pensativo, imaginando la escena. Tras un largo silencio, entre cucharada y cucharada de su yogurt, pregunta, detectivesco: 
–¿Una voz fuerte, truenos y relámpagos?  
–Es lo que dicen.  
–A mí me parece que no puede ser. ¿Y tú qué piensas? 
–Cuando tenía tu edad estaba convencido que sí. Ahora tengo mis dudas… 
–¿De verdad creías que sí? –mirando decepcionado a su padre.   
–Pues sí. Mira, el abuelo Salomón, si le preguntas, también cree que había una voz, truenos y relámpagos.  
Nathan se ríe… y, dos cucharitas más tarde, afirma socarrón:   
–Bueno, sí, claro.  
–Creo que tus primos piensan que no.  
–Es que los niños no creemos en esas cosas.  

(Shavuot, junio 2020) 

143

– Por la tarde, cuando te venga a  buscar, no nos quedaremos en el patio de la escuela. 
– ¿Por qué? 
– Es lo que habíamos quedado. Si quieres, podemos pasar por la panadería y comprar algo que nos guste y después ir al parque. 
– ¡Pero yo quiero estar con mis amigos!
– ¿Acaso no estás con tus amigos en la escuela? Mira, tu estas con tus amigos todo el día, y luego estamos también nosotros dos. Yo también quiero estar contigo y estar juntos… Como ayer, ¿te acuerdas? Estuve con mis amigos y luego nos encontramos y dimos una vuelta nosotros.  
– Pero a mi me gusta estar con tus amigos… 

(octubre 2019)

140

Le cuento a Nathan la historia de M., a quién no invité más y nunca supo porque. 
–¿Y por qué no se lo dijiste? 
–¿Decirle qué? ¿Qué se lave las manos después de ir al baño y sentarse a la mesa a comer? ¿Cómo le voy a decir eso a una persona ya grande? 
–Entonces no lo invitaste más. 
–No
–¿Te parece mejor?
–No, pero me dio asco y las cosas son así. 
–No me parece. 
–A ver, te lo cuento para que entiendas de qué te estoy hablando. Otro ejemplo. El otro día vino tu amigo S. Toco todo, le tuve que advertir que no abra todos los cajones, ¿no?
–Sí, es demasiado curioso y no se portaba bien. Tocaba todo, se metió en tu estudio y tocó tu cámara y tu ordenador y te enojaste. 
–Entonces, ¿tu crees que la próxima vez que venga estaré contento?
–No
–¿Y crees que le diré a su padre por qué no invitamos más a tu amigo?
–No
–¿Ves?… come entonces con la boca cerrada y la espalda recta.  

(diciembre 2019)

134

–Vale, te cuento el último. Pero este bien cortito y luego te duermes, ¿de acuerdo?
–Sí, papá. 
Nathan escucha con atención. Tras un corto y denso silencio, exclama decepcionado: 
–¿Quién despertó?¿Qué dinosaurio? ¡Qué tonterías!

131

Última cita con el dentista tras cuatro sesiones. Nathan va casi a rastras. Se resiste. Temeroso, entra. Tras el pinchazo de la anestesia, la situación sube en intensidad. Se quiere bajar del sillón. Grita, patalea, reclama ayuda, llora, golpea. Entre la asistente y yo hemos de contenerlo. Pasada una hora, salimos. La faena terminada, él más tranquilo, pero visiblemente enojado con su padre. Sentados en un portal sobre la avenida, vemos pasar los coches. «Y tu qué pretendías que haga –le explico–, ¿qué salgamos corriendo los dos sin haber arreglado el diente?». Para insuflar un poco de ánimos al asunto, lo invito a un cacaolat. Ya sentados en la cafetería, le relato la historia de cuándo mi padre, su abuelo, me hizo algo similar que, todavía aún hoy, decenios después, recuerdo vivamente: «Había una vez, cuándo tu papá era un niño, que tenía que operarse. Pero él no quería, como tu hoy. Pataleaba, golpeaba a las enfermeras, no se dejaba poner la inyección. Entonces salió corriendo en busca de la ayuda de su papá, tu abuelo. Pero su papá, tu abuelo, lo cogió enérgicamente en brazos, lo trajo de regreso a la sala dónde estaban las enfermeras, lo sentó, y lo mantuvo con fuerza hasta que le dieron la inyección. Luego me dormí. Y cuándo me desperté, estaba muy enojado con el abuelo». Nathan, que sigue atento toda la historia en busca de alguna clave secreta, se indigna, golpea secamente la mesa  y me reprocha con sorpresa: «¡¿Y por qué tu haces lo mismo?!».

(abril 2019)

130

Niño – ¿Sabes lo que es el coronavirus?  
Madre – Sí. ¿Y tu?  
Niño – ¡Es el rey de los virus! 
Madre – ¿Cómo que es el rey de los virus?  
Niño – ¿Qué no lo ves? ¡Es un virus con corona! 

127

Por la mañana, apenas levantado, le cuento a Caroline mi sueño: nuestra amiga Martha, por carambolas de la política, se había erigido en presidenta de Francia.  
–De haber sabido bien francés –digo con resignación– seguro me hubiera hecho ministro. 
–¡Qué divertido!­ –profiere ella impaciente. 
–¿Qué pasa? ­–contesto molesto– ¿Acaso está mal ser ministro? 
–¿Es eso todo lo que aspiras a ser? –suelta mientras cruza apresurada la puerta del cuarto para atender al niño que se acaba de despertar. 
–Bueno –digo avergonzado–, es también un curro, ¿no? 

(enero 2019) 

#109

Normalització Lingüística. «¿Sabes, papá? A mí me gustan los castellers. Castells son castillos, en castellano. Los castellers hacen castillos. Castells, en català. Por eso se llaman castellers. ¿Sabías eso, papá?»

(diciembre 2018)