140

Le cuento a Nathan la historia de M., a quién no invité más y nunca supo porque. 
–¿Y por qué no se lo dijiste? 
–¿Decirle qué? ¿Qué se lave las manos después de ir al baño y sentarse a la mesa a comer? ¿Cómo le voy a decir eso a una persona ya grande? 
–Entonces no lo invitaste más. 
–No
–¿Te parece mejor?
–No, pero me dio asco y las cosas son así. 
–No me parece. 
–A ver, te lo cuento para que entiendas de qué te estoy hablando. Otro ejemplo. El otro día vino tu amigo S. Toco todo, le tuve que advertir que no abra todos los cajones, ¿no?
–Sí, es demasiado curioso y no se portaba bien. Tocaba todo, se metió en tu estudio y tocó tu cámara y tu ordenador y te enojaste. 
–Entonces, ¿tu crees que la próxima vez que venga estaré contento?
–No
–¿Y crees que le diré a su padre por qué no invitamos más a tu amigo?
–No
–¿Ves?… come entonces con la boca cerrada y la espalda recta.  

(diciembre 2019)

134

–Vale, te cuento el último. Pero este bien cortito y luego te duermes, ¿de acuerdo?
–Sí, papá. 
Nathan escucha con atención. Tras un corto y denso silencio, exclama decepcionado: 
–¿Quién despertó?¿Qué dinosaurio? ¡Qué tonterías!

131

Última cita con el dentista tras cuatro sesiones. Nathan va casi a rastras. Se resiste. Temeroso, entra. Tras el pinchazo de la anestesia, la situación sube en intensidad. Se quiere bajar del sillón. Grita, patalea, reclama ayuda, llora, golpea. Entre la asistente y yo hemos de contenerlo. Pasada una hora, salimos. La faena terminada, él más tranquilo, pero visiblemente enojado con su padre. Sentados en un portal sobre la avenida, vemos pasar los coches. «Y tu qué pretendías que haga –le explico–, ¿qué salgamos corriendo los dos sin haber arreglado el diente?». Para insuflar un poco de ánimos al asunto, lo invito a un cacaolat. Ya sentados en la cafetería, le relato la historia de cuándo mi padre, su abuelo, me hizo algo similar que, todavía aún hoy, decenios después, recuerdo vivamente: «Había una vez, cuándo tu papá era un niño, que tenía que operarse. Pero él no quería, como tu hoy. Pataleaba, golpeaba a las enfermeras, no se dejaba poner la inyección. Entonces salió corriendo en busca de la ayuda de su papá, tu abuelo. Pero su papá, tu abuelo, lo cogió enérgicamente en brazos, lo trajo de regreso a la sala dónde estaban las enfermeras, lo sentó, y lo mantuvo con fuerza hasta que le dieron la inyección. Luego me dormí. Y cuándo me desperté, estaba muy enojado con el abuelo». Nathan, que sigue atento toda la historia en busca de alguna clave secreta, se indigna, golpea secamente la mesa  y me reprocha con sorpresa: «¡¿Y por qué tu haces lo mismo?!».

(abril 2019)

130

Niño – ¿Sabes lo que es el coronavirus?  

Madre – Sí. ¿Y tu?  

Niño – ¡Es el rey de los virus! 

Madre – ¿Cómo que es el rey de los virus?  

Niño – ¿Qué no lo ves? ¡Es un virus con corona! 

127

Por la mañana, apenas levantado, le cuento a Caroline mi sueño: nuestra amiga Martha, por carambolas de la política, se había erigido en presidenta de Francia.  

–De haber sabido bien francés –digo con resignación– seguro me hubiera hecho ministro. 

–¡Qué divertido!­ –profiere ella impaciente. 

–¿Qué pasa? ­–contesto molesto– ¿Acaso está mal ser ministro? 

–¿Es eso todo lo que aspiras a ser? –suelta mientras cruza apresurada la puerta del cuarto para atender al niño que se acaba de despertar. 

–Bueno –digo avergonzado–, es también un curro, ¿no? 

(enero 2019) 

#109

Normalització Lingüística. «¿Sabes, papá? A mí me gustan los castellers. Castells son castillos, en castellano. Los castellers hacen castillos. Castells, en català. Por eso se llaman castellers. ¿Sabías eso, papá?»

(diciembre 2018)

#106

Plusvalía. Nathan me pide unas monedas. «Cinco» dice. Abro mi billetera, elijo cinco y se las entrego. Las observa un instante, y enojado, las arroja al suelo. Me mira serio, indignado, decepcionado. «¿Qué pasa hijo? ¿Por qué tiras las monedas? ¿Acaso no me pediste que te de cinco?», pregunto inocentón. «No está bien papá. No está bien». «¿Qué no está bien?» vuelvo a preguntar. «¿No lo ves? ¡Me has dado las más pequeñas, eso no está bien, papá!» remata, engañado y sorprendido ante la tacañería de su padre. «Tienes razón» contesto avergonzado. Y le entrego otras más grandes.

(abril de 2018)

#102

Me acerco y no me ve, cejijunto como está jugando con su lego. Pone una pieza sobre otra. Habiendo finalizado, observa su obra con la satisfacción de un arquitecto consumado. Solo ahora se percata de mi presencia.
¿Qué has construido? ­–pregunto ‘paterñoño’– ¿Una torre?
No, papá –contesta indignado e incomprendido– ¿Pero no lo ves? ¡Un hotel!

(julio 2017)

#91

Escatología. Nathan ya reconoce los momentos clave. Se ve que está creciendo: comienza a percibir lo que vendrá. Domingo pasado, día de elecciones. Por la mañana, parque. De camino a casa, pasamos por el colegio electoral. Al momento de introducir el sobre en la urna, Nathan, a quién sostenía en mi brazo izquierdo, declara: «caca».

[ Junio de 2016 ]

#81

Portes ouvertes. Un señor con tez de no haber visto el sol en siglos –americana, camisa y corbata que parecerían hacer juego pero no– nos da la bienvenida. En la sala, unos cien padres y madres. El sonido amplificado resulta pastoso, apenas inteligible. El hombre se llena de palabras ampulosas. Capto conceptos como ‘educación del futuro’, ‘mejores oportunidades laborales para nuestros hijos’, ‘multilingüismo’, ‘herramientas digitales’, ‘actividades culturales’… Nos vende un producto, no una escuela. La palabra modestia parecería no existir en su léxico. Personaje gris, hombros ligeramente encorvados, joven pero ya viejo, que pretende explicar con palabras antiguas lo que considera el futuro. Si rascamos un poco, no vemos más que los agujeros del gruyer, carcomido por los ratones. Una sociedad que hace años dejó de ser lo que se cree que todavía es… En el fondo, pienso, no es más que una cuestión económica y de convención social. Con el mismo presupuesto, toda escuela sería igualmente buena (y seguramente mejor); y si dejásemos de otorgarles el beneficio de la supremacía en el campo de la cultura, veríamos que no es más que jerga aparentemente inteligente decorada con palabras altisonantes, nada más…

#77

Ella dice: “la familia no se elige, te la imponen. Los amigos sí”. Pienso en las noches de desvelo, las horas dedicadas al pequeño, y no puedo evitar cierta angustia…