#109

Normalització Lingüística. «¿Sabes, papá? A mí me gustan los castellers. Castells son castillos, en castellano. Los castellers hacen castillos. Castells, en català. Por eso se llaman castellers. ¿Sabías eso, papá?»

(diciembre 2018)

#106

Plusvalía. Nathan me pide unas monedas. «Cinco» dice. Abro mi billetera, elijo cinco y se las entrego. Las observa un instante, y enojado, las arroja al suelo. Me mira serio, indignado, decepcionado. «¿Qué pasa hijo? ¿Por qué tiras las monedas? ¿Acaso no me pediste que te de cinco?», pregunto inocentón. «No está bien papá. No está bien». «¿Qué no está bien?» vuelvo a preguntar. «¿No lo ves? ¡Me has dado las más pequeñas, eso no está bien, papá!» remata, engañado y sorprendido ante la tacañería de su padre. «Tienes razón» contesto avergonzado. Y le entrego otras más grandes.

(abril de 2018)

#102

Me acerco y no me ve, cejijunto como está jugando con su lego. Pone una pieza sobre otra. Habiendo finalizado, observa su obra con la satisfacción de un arquitecto consumado. Solo ahora se percata de mi presencia.
¿Qué has construido? ­–pregunto ‘paterñoño’– ¿Una torre?
No, papá –contesta indignado e incomprendido– ¿Pero no lo ves? ¡Un hotel!

(julio 2017)

#91

Escatología. Nathan ya reconoce los momentos clave. Se ve que está creciendo: comienza a percibir lo que vendrá. Domingo pasado, día de elecciones. Por la mañana, parque. De camino a casa, pasamos por el colegio electoral. Al momento de introducir el sobre en la urna, Nathan, a quién sostenía en mi brazo izquierdo, declara: «caca».

[ Junio de 2016 ]

#81

Portes ouvertes. Un señor con tez de no haber visto el sol en siglos –americana, camisa y corbata que parecerían hacer juego pero no– nos da la bienvenida. En la sala, unos cien padres y madres. El sonido amplificado resulta pastoso, apenas inteligible. El hombre se llena de palabras ampulosas. Capto conceptos como ‘educación del futuro’, ‘mejores oportunidades laborales para nuestros hijos’, ‘multilingüismo’, ‘herramientas digitales’, ‘actividades culturales’… Nos vende un producto, no una escuela. La palabra modestia parecería no existir en su léxico. Personaje gris, hombros ligeramente encorvados, joven pero ya viejo, que pretende explicar con palabras antiguas lo que considera el futuro. Si rascamos un poco, no vemos más que los agujeros del gruyer, carcomido por los ratones. Una sociedad que hace años dejó de ser lo que se cree que todavía es… En el fondo, pienso, no es más que una cuestión económica y de convención social. Con el mismo presupuesto, toda escuela sería igualmente buena (y seguramente mejor); y si dejásemos de otorgarles el beneficio de la supremacía en el campo de la cultura, veríamos que no es más que jerga aparentemente inteligente decorada con palabras altisonantes, nada más…