#88

Acabo de terminar de leer, una vez más, “El extranjero” de Albert Camus. La primera vez que lo leí, veinte años atrás, me vino a la memoria el mismo recuerdo (ahora podría decir ‘el recuerdo del recuerdo’): estaba en Tel Aviv, acababa de llegar, era el mes de agosto del año 89, un tórrido verano, unos días antes de que cayera el muro de Berlín. Recuerdo que el primer carrete que fotografié –blanco y negro, cuatrocientas asas– se me saturó a consecuencia del contraste. Recuerdo el calor, el sol implacable, la sensación de caminar sobre un asfalto que no olvidaba el desierto. Las suelas de mis zapatillas se pegaban al pavimento. Sentía ese pequeño y casi imperceptible esfuerzo por despegarlas a cada paso. Recuerdo la impresión que me causó el momento del encandilamiento y,  años después, al encontrarme por primera vez con el texto de Camus, la violencia inmediata descrita en su novela: “mezclando un poco las palabras y dándome cuenta del ridículo, dije rápidamente que había sido a causa del sol”.
Vuelvo a leer la misma frase veinte años después, y nuevamente me produce el mismo efecto. Pensé: el Oriente Medio y el sol, tal vez sería el principio de una explicación…
(agosto 2015)
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Nathan, 6.8.2014 (o variaciones sobre lo mismo – introducción)

[este texto lo escribí hace doce días… a pesar de las noticias de hoy, la esperanza es lo último que se debería perder. Mantener la esperanza en tiempos de conflicto, en una solución justa y duradera, es de por sí, un acto revolucionario, un acto de profunda humanidad, de civilización.]

Observo a Nathan, durmiendo tranquilo en brazos de su madre. Se abre paso a la luz, de a poco, sus ojos se entreabren, primero ligeramente, luego con intensidad. Vino al mundo el pasado seis de agosto. Faltaban diez minutos para las diez de la mañana. En Gaza, la tregua aguantaba. Cuarenta y ocho horas de calma tras semanas de muerte. Fue una de las primeras cosas que le conté, feliz, a mi hijo Nathan…

Julio fue un mes de angustia… seguía las noticias del acontecer como un adicto, compulsivamente, como quién busca claves que le permitan comprender, explicar. Ora la prensa francesa, ora la israelí, ora la española, ora la inglesa…

Evitaba las redes sociales como quién evita destapar una olla que contiene un guiso en mal estado: la podredumbre lo impregnaba todo, y un estado de tristeza y malestar me acompañaba el día entero.

No tengo vocación de columnista. Nunca la tuve. Siempre me sorprendieron esas personas que de todo opinan, que todo lo saben.

Este blog nunca pretendió ser una columna de actualidad, sino más bien un conjunto de notas, impresiones, apuntes. Los mismos temas tienden a ser visitados y revisitados. Una y otra vez. No en vano, es el universo que me ocupa, siempre limitado, siempre finito.

Muchos de los textos aquí publicados no tienen relación alguna con la fecha de su difusión. Esta no es más que un índice cronológico, a manera de numeración en las páginas de un libro. Muchos de los contenidos fueron escritos en tiempos anteriores, en otras geografías…

Permítaseme esta introducción como contrapunto de porque sí, está vez, dedicaré algunos posts a un tema de rabiosa actualidad noticiosa. Pero no como columnista de rotativo pagado y mandado a escribir sobre un tema concreto, sino como quién se siente plenamente alcanzado, atravesado e interrogado por una cuestión que, como en la figura de la espiral, en cada uno de sus giros, en cada una de sus reapariciones, vemos acrecentada, en peligrosa progresión geométrica, su virulencia. Ya no es ni farsa ni tragedia, sino el germen de algo que preocupa, que me ocupa: se vislumbra el huevo de la serpiente.

Durante las últimas semanas asistí con estupor el acontecer en Gaza y todos sus fenómenos adjuntos: la mentira y el cinismo del Hamas, la violencia de la respuesta israelí, la irresponsable cobertura ­–por maniquea– de los medios de información europeos, la explosión en las redes sociales, la intimidación de las manifestaciones en las calles europeas, la intolerante actitud de la sociedad israelí ante la disidencia…

Quise entender. No sé si lo logré. Pero es necesario apuntar, aunque sea provisionalmente, el fenómeno. Encuentro que aquí existen distintos elementos que de tanto reducirse en ese intento simplificador de encuadrar todo a ciento cuarenta caracteres se convierten en una amalgama que no ayuda en nada a entender lo que está sucediendo.

Una cosa es lo que allí acontece, otra la manera en que los medios y las redes sociales retratan el conflicto, y una tercera, el antisemitismo que parece volver a Europa de la mano de grupos que, bien observados, se oponen abiertamente y sin tapujos al proyecto europeo y como tales, encuentran aquí la excusa ideal –histórica– sobre quién descargar su ira como principio de un proceso de ataque a la totalidad.

Importante, vital, es separar los fenómenos entre si. Es tarea de decencia. Quién busca la paz, debe ante todo, buscar la verdad. Si bien estos fenómenos se retroalimentan, no están ligados de manera evidente. El automatismo de su relación, tanto por ignorancia, tanto por maldad, es imperioso desactivar.

Escribo esta introducción como marco de los posts que se irán publicando agrupados bajo el título “variaciones sobre lo mismo”.

El título da cuenta, si se quiere, sobre mi punto de partida.

Termino estás líneas envuelto en el suave silencio que rodea nuestra habitación en la clínica, este sábado de agosto…

[ Barcelona, 9 de agosto de 2014 ]

 

Oriente Medio

Estoy en Jerusalén. Sábado. Barra de un bar con conexión a internet. Branch. Ordenador abierto. A medio metro, a mi derecha, un joven con aspecto extranjero, habla inglés. Pasadas un par de horas dónde cada uno esta metido en su trabajo, y con una tonta excusa, comienza la conversación. Es periodista, está en Jerusalén hace unos tres meses tras haber pasado los últimos años cubriendo el mundo árabe: Egipto, Jordania, Libano, Siria. Declara no tener, a priori, simpatías por el lado israelí. Escribe para un periódico europeo. No habla hebreo, tampoco árabe. Sus fuentes son los periódicos en inglés, escritos especialmente para ellos, por cada una de las partes… sabe que el conflicto es complejo, sin embargo, dice también que la única manera de poder “venderlo” -él es freelance- es con historias de blanco y negro. Con cada “kasam” o bomba que cae, él gana su dinero, las historias sobre poetas israelíes ya no venden, declara irónicamente.

Gestos

 

Hay gestos, que aunque pequeños, echan luz y esperanza en una zona en que la rueda de la barbarie no parecería tener fin.
Algunos ciudadanos israelíes, indignados y horrorizados ante el crimen de Beit Hanun (Gaza, Palestina, dónde murieron cerca de veinte personas la semana pasada) decidieron no callar más y publicaron sendas esquelas dirigidas a las familias palestinas. En uno de estos mensajes, leemos: “agacho mi cabeza con vergüenza sin parangón y profundo dolor ante vuestra desgracia. Los israelíes sensatos están invitados a sumarse a estas condolencias”.
Las llamadas de apoyo no se hicieron esperar, entre las que se contaban, como esperanzador signo de que también al otro lado llega el mensaje, una comunicación de miembros de una familia palestina agradeciendo la deferencia.
El día en que las páginas de los periódicos de la zona se llenen con este tipo de esquelas (dolidas, sinceras, espontáneas) ante cada acto criminal e irracional dónde mueren inocentes; ese día, posiblemente, sea el principio del fin de tanta muerte…
La luz, aunque sea de una llama única y diminuta, es siempre un punto dónde anclar la mirada entre tanta oscuridad.