#20

Encuentro esta nota escrita a mediados de enero de este año:
“Sé que no he publicado nada sobre lo sucedido en Paris. No sé por dónde empezar. He tomado muchas notas. He pensado otro tanto. He visitado mucha información. Tal vez demasiada. He encontrado pocas cosas inteligentes. En general, la gente habla cuándo le ponen un micrófono delante. Hay que aprender a callar cuándo nada de lo que decimos ayuda a entender los sucesos, a una mejor comprensión del fenómeno. Intento no dejarme arrastrar por el enojo, la violencia. No es tarea fácil. Pero una cosa es pensar, otra publicar. Publicar es un acto de responsabilidad…
Opinamos de tantas cosas, sabemos tan poco. Quedando inermes antes lo importante.
Esta nota es para eso. Para dar cuenta de que no he publicado nada sobre lo sucedido en Paris. No por falta de interés. No por no considerarlo importante. Sencillamente, no sabría por dónde empezar…”

Mercadotecnia

Interior. Cafetería. Museo.
Un padre y un hijo sentados frente a frente, en una mesa cuadrada de bar. No hablan. Ensimismados cada uno con el juego de sus móviles.

Decía P. hace un par de semanas, que esto de traer la cultura al pueblo es una gran idiotez. Viendo la masificación turística de algunos museos, tiendo a estar de acuerdo con él.
El problema es que lo que no pasa por el aro de la mercadotecnia, parecería no servir. Todo aquello que no pueda convertirse en mercancía inmediata, pierde interés.
Es aquí dónde se insertaría el concepto (actual) del espectáculo. “Arquitectura espectáculo”, “rodaje espectáculo”, “escritor espectáculo”. Dónde el mismo relato sobre la “cosa”, se convertiría en mercancía en si mismo. No se trataría ya de negar el referente (propio de la era digital), sino en un negocio global que incluye no solo la “cosa” sino el discurso sobre la cosa en todas sus vertientes (mercadotecnia).

En cuánto al padre y al hijo. La mujer se suma más tarde a la mesa. Al verla, comprendí que puede que yo también me hubiera refugiado en mi móvil.