171

Todo dura lo que dura una mirada. Semáforo, a punto de cruzar. A mi lado se detiene un hombre. Cuarenta y cinco años. Mascarilla blanca, pantalón negro, camisa oscura ajustada al cuerpo, zapatos de piel también oscuros, calcetines a juego, bajos bien arreglados a la altura de los tobillos. Todo muy cuidado, programado, pensado. Bolsa marrón de piel que le cuelga del hombro derecho. Consulta algo en su móvil. Imagino un profesional liberal reconvertido –por las circunstancias– a comercial. Del bolsillo derecho asoma la cabeza de un boli blanco de plástico. Desentona. Desequilibra todo el cuadro. Como adivinando mi decepción, lleva su mano allí, coge el boli y lo esconde en su bolsa.

(octubre 2020)

166

Corría el año noventa y ocho, tal vez noventa y nueve. Estaba cursando mis estudios de doctorado en la universidad («la patera de oro», así es como llamaba una amiga mía a mi beca). Teníamos un profesor invitado, anglosajón, que llegaba, se sentaba, decía sus buenos días, y comenzaba a leer su clase. Hora y media, lectura pausada, acento pesado, insoportable. La clase tenía lugar muy temprano por la mañana. Una hora de viaje para oír a alguien leer… El hombre, además de flemático y madrugador, era posmoderno. Un bodrio. Que El Pato Donald, que Hollywood… Algún día hasta tuvo su desliz sobre los judíos, rápidamente rectificado (el antisemitismo, aún en las almas más progresistas, está mal visto y hay que ocultarlo, por supuesto, y nada mejor que una pátina de antisionismo dónde al judío se le condena a vagar por el mundo, no sea cosa que tome las riendas de su propio destino, «¿desde cuándo los judíos tienen la insolencia de negarse a caminar sin chistar hacia la muerte? ¡Esto no puede ser!»). Bueno, exagero, lo sé. No le oí decir nada de eso, pero se podía adivinar, ya saben, un sexto sentido, demasiado desarrollado a través de los siglos, a veces basta con la punta de la lengua asomándose, para ponerse en guardia. O solo la manera de pronunciar la jota cuándo se dice la palabra judío, una jota que más que una letra parecería el filo de una navaja. En fin, que sensibilidad o no, ya se puede adivinar que el tipo no me caía nada bien. Y seguramente era recíproco (también ellos son sensibles). Sea como sea, un día, harto ya de tanta parafernalia, de tanto ruido dialéctico vacío, de palabras que no significaban nada, de significado perdido, de significante sin retorno, le espeto: «los posmodernos sois el caballo troyano de un capitalismo salvaje que nos terminará por arrollar a todos». No ahondaré en su reacción. Además de sensible, el hombre era rencoroso. Fue mi peor nota de universidad, pero me salvé de seguir asistiendo.  

(junio de 2020) 

162

Me producen aversión las personas que utilizan el «tú no eres de aquí» para menospreciar las posiciones del otro, restarles importancia, marcar un falso territorio cuando ya no se tienen más argumentos en la discusión. Gente pequeña, mente pequeña, banderita grande.

(enero 2020)

161

Los dogmáticos no pueden entenderlo, está fuera de su experiencia vital. La ecuanimidad es un ejercicio difícil. Obliga a sostener un constante equilibrio, sin respuestas preestablecidas. Es un ir por la vida sin mapas, ni hojas de ruta, ni líderes que te indiquen cuándo aplaudir y cuándo no… Es ser un exiliado. Estás fuera del grupo. Tan solo, con tu consciencia.  

(Barcelona, octubre 2017) 

160

Franz era un fenómeno interesante, digno de estudio. El tipo se mostraba en las redes sociales de lo más ufano. Publicaba con asiduidad, respondía a todos los comentarios. Vivía dentro de Twitter. Levantaba pecho allí. Si tenía un problema, una consulta, una duda, no llamaba, no nos pedía consejo. ¿Para qué? Lanzaba la pregunta al mundo virtual, y decenas de deditos no tan virtuales, pero aburridos y dispuestos como él, le respondían. Con el tiempo, todo ha de decirse, se convertiría en un fenómeno local. Tenía miles de seguidores. Y quién no lo conociese en persona, debía de pensar que era un tipo majo, sociable, sonriente, amable, atento, educado… Nada más lejos de la realidad: era un hipócrita a consciencia, un arribista.  

Todo había comenzado también con un tweet, años antes. Franz y su familia acababan de llegar a la ciudad. A nadie conocían (o eso fue lo que nos contó). Recuerdo que era un tórrido agosto. En un tweet Franz publicó –en inglés–, en un tono aparentemente paternal y preocupado, pero calculadamente sentimental, que su hijo se siente solo y que le gustaría conocer a los futuros compañeros de clase. Supo tocar las teclas necesarias. Los medios locales y las redes, inmediatamente, se hicieron rápidamente eco. Y no era para menos: una familia danesa, rubios todos ellos, blancos, con buena economía. No se trataba de una familia más, sin recursos, latinoamericana o norafricana. No, nada de eso. Sino una familia ‘aria’ dispuesta a vivir entre nosotros, los sudorosos habitantes del sur, reconvertida en el imaginario de muchos en la Dinamarca mediterránea. Era nuestra oportunidad de demostrar una vez más al mundo lo que éramos: abiertos, cosmopolitas, cultos. ¡Hasta el mismísimo Conseller d’Educació le contestó! ¡En la televisión local lo entrevistaron! (es que somos así: abiertos, cosmopolitas, cultos; no como nuestros primos peninsulares: brutos, ignorantes, provincianos… ¿desde cuándo un danés querrá vivir en un pobre pueblo castellano?). 

Pasaron las semanas, las clases comenzaron y pronto constatamos que todo intento de entablar una relación se hacía imposible. Era como plantarse frente a una pared helada, ojos que miran y trituran.  

El colmo vino el día en que un padre nos trajo el tweet en que Franz, a tan solo un año de haber llegado, tan fresco, sin despeinarse, escribía: «de visita en Dinamarca, había olvidado lo fría que es la gente aquí. Ya me acostumbré a los abrazos y los besos del sur, a los cálidos saludos en el patio de la escuela». Esto escribía una persona que no hablaba con nadie y que se mantenía a una distancia de más de un metro de sus congéneres.  

El tweet, por supuesto, obtuvo nuevamente una avalancha de ‘likes’: público cautivo, amantes de nuestra banderita y nuestro idioma. Franz había entendido muy rápido qué hacer para escalar, sabía qué teclas precisas tocar: amor por el terruño, adhesión a la causa, fervor por su lengua. Solo más tarde recordaríamos que la primera vez que nos encontramos con él, se interesó, disimuladamente, por nuestras posturas en el tema candente del momento: ¿éramos independentistas? ¿teníamos tal vez relaciones que podrían ayudarle? Es que el hombre tenía olfato de la oportunidad, perspectiva de futuro. Entendió rápidamente por qué lado sopla el viento, y allí se plantó. Se emboscó en el trapo de colores y allí hizo su plaza fuerte. Y claro, ante tanto amor patrio mostrado por el rubio extranjero, su público local-virtual se volcaba con amor. Pero nosotros sabíamos que todo era una impostura. 

Y así fue como un día desapareció. Ni gracias ni hasta pronto, ni reunión de despedida para su hijo ni nada… ya no nos necesitaba.  

Se fue como vino: un mensaje dónde anunciaba que cambiaba de ciudad y comenzaba una nueva etapa.  

El último tweet que leí de él antes de mi “unfollow” anunciaba su inminente llegada a su nuevo destino, y que su hijo se sentiría solo y que deseaba conocer nuevas familias para él… también era un tórrido agosto.  

159

Un tipo que se retrata con un havano en la mano, a manera de magnate, es un tipo del que hay que cuidarse. Es como mínimo un caradura, pero lo más seguro, es que no sea alguien de fiar…

(septiembre 2019)

156

El burócrata.  Él es así. No se atiene a razones particulares. Sentado tras una mesa gris –gris real, nada de literal–, es parte de un engranaje. Quema sus días rellenando formularios, solicitando documentación, respondiendo sí o no, abriendo y cerrando horizontes al son de sus estrictas directrices.   
No hay excepciones en los formularios. ¿Otros? ¿Misceláneos? Ningún espacio para consignarlo.   
Tan seguro de sí, tan esbirro de un sistema que también lo degrada. Él es así.  
¡Qué ganas de abofetearlo!  

(julio 2017)  

148

Casa América. Cafetería. Madrid. En la mesa vecina un hombre de unos cuarenta años. Gafas oscuras cuadradas, pasadas de moda, cabello negro, bigote, libreta abierta. Con el rabillo del ojo busca alrededor. Quiere iniciar conversación, se aburre. Inevitablemente, se dirige a mí. Se presenta. Artista mexicano, venido por Arco. Doy respuestas cortas, nada que dé lugar a más. Quiero estar solo, en silencio, disfrutar de un momento de lectura tranquila. Parece no percatarse. Me pregunta por «mi tierra». Que si voy, que si no voy. Ante lo evasivo de mis respuestas, que él confunde con desinterés por eso que denomina «mi tierra”, sentencia moralista –más cercano a un militar golpista que a un creador–: «no hay que olvidar tus raíces». Harto, le pregunto: «Cuándo me miras, ¿qué ves?… ¿una planta o una persona?». 

(2008)