De placas conmemorativas y crímenes históricos

En la fachada de un ayuntamiento de una pequeña ciudad centroeuropea encontramos la siguiente placa conmemorativa: “en memoria de los crímenes cometidos por los regímenes comunistas a nuestros ciudadanos [1945-1989]”. Me quedo mirándola y trato de imaginar una placa similar, en unos años, que rece: “en conmemoración de las miles de víctimas del capitalismo salvaje [1989-20¿?]”.

nota aclaratoria: no pongo al mismo nivel los crímenes de la dictadura comunista con la democracia. Lejos estoy de una postmodernidad que tantos males nos ha traído. Pero nuestro sistema democrático ha dejado hace tiempo de estar al servicio del ciudadano para convertirse en coartada criminal de los intereses económicos del momento. ¿Cómo explicar sino el desahucio de 350,000 familias, y tan solo en España? ¿O la condena al paro de más del 25% de la población activa del país? ¿Imaginemos el “transfer” de 350,000 familias por la fuerza? ¿No se podría considerar, en un futuro, bajo el prisma de una sociedad que evolucione hacia una forma de gobierno al servicio honesto de la población, como un crimen de lesa humanidad? Miremos a Grecia, por ejemplo, y veamos los desmanes que se están haciendo en nombre de esa supuesta democracia, que no deja de ser una sigla vacía de contenido, en la medida en que la ciudadanía, y sus verdaderos representantes, no logren subyugar los intereses particulares de algunos y sus colaboradores, al interés general de la sociedad. Todo el resto, no son más que habladurías retóricas vacías de todo sentido. Democracia, por supuesto, sí. Pero exige su refundación, devolverle su sentido. 

De huelgas y benjaminianos

Iba a escribir sobre la huelga, sobre la enorme concentración de personas en la manifestación, sobre el seguimiento en el centro de Barcelona y sobre como nadie habló de ello –lo importante– con la excusa de los disturbios posteriores. Iba a escribir de todo esto, y de cómo los antidisturbios, una especie de cuerpo de antisistemas pagado por el Estado, disparaba sus pelotazos de goma a la masa de manifestantes, sin discriminación (“yo lo vi”). No sé si hay o no una estrategia a priori, pero el resultado es siempre el mismo: amedrentar a la gran masa de manifestantes normales… familias, gente con niños, gente que va a manifestarse en paz. Las protestas pacíficas son siempre molestas.

Decía que iba a escribir sobre estas cosas cuándo ayer, antes de irme a la cama, tuve la mala idea de echarle un vistazo a facebook. Al abrirlo, me araña la imagen de una caricatura (en alemán) a manera de díptico. En el dibujo de la izquierda, bajo el vocablo “ayer”, vemos un soldado nazi deteniendo a un niño judío, y al fondo, lo que parecerían ser las ruinas de un gueto europeo. En la viñeta  de la derecha, bajo el “hoy”, un soldado israelí frente a un niño palestino (lleva kefia) y tras él el paisaje desolado de una posible Gaza. Lo que más me sorprendió del asunto no fue el dibujo, ni la caricatura, acostumbrados ya como estamos a todo tipo de necedades cibernéticas. Sino el remitente, es decir, la persona que la cuelga: un digno profesor universitario, especialista en literatura alemana, y para más inri, estudioso de Walter Benjamin (así nos conocimos). A decir verdad, ya había detectado algo de escurridizo en su discurso…

Años atrás, escribí unas notas para un texto que no seguí y que versaba sobre el peligro de muchos “benjaminianos” para el mismísimo legado de Benjamin. La ortodoxia, el sectarismo y la cerrazón que acompañan a muchos de estos discursos (no es distinto a lo que sucede con Goya: muchos goyistas de hoy, de haber sido parte de la Comisión del Cabildo del Pilar, también hubieran rechazado su obra).

Hace unos días, en Berlín, M. me confiesa que tras algunos autodenominados benjaminianos, él cree encontrar, a veces, un “ligero” antisemita: quieren a Benjamin, pero soslayando todo lo judío que hay en él. De ahí, que se opongan, de manera instintiva, a todo discurso que apele a sus influencias hebreas.

Viendo lo visto durante todos estos años alrededor del tema, make sense.

Terezin/Theresienstadt

(David Mauas, Terezin, 1999)

En el año 1999 fui invitado para participar en un workshop titulado “locating terezin”, que tenía lugar, tal como su nombre lo indica, en el antaño gueto “modélico” de Theresienstadt (actual República Checa, a sesenta kilómetros de Praga). En esos años me encontraba desarrollando una tesis doctoral (nunca terminada) sobre la representación del holocausto, y el tema de Terezin/Theresienstadt era central a mi entender a la hora de enfrentar este asunto. Ya que no se trataba de adentrarse en los pormenores de la representación cinematográfica solamente, sino de ante todo, intentar determinar la representación in situ, es decir, la puesta en escena del holocausto a la hora de perpetrarlo y la inmediata consecuencia, a posteriori, en la memoria. Cómo ya avance unas líneas atrás, se trataría de un proyecto todavía inconcluso, lleno de retazos, fotografías, material filmado, grabaciones, etc… Con el tiempo, y de ahí supongo el abandono del marco universitario, la tesis iba tomando un cariz más y más personal, y con él la sensación de qué la única manera de abordarlo sería desde un lugar, todavía, desconocido…