Ese azul del cielo…

Sueño que al levantarme escribo: “hermoso día soleado de invierno, el frío ha remitido… ” Al abrir los ojos, lo primero que hago es buscar la luz exterior. Más allá, el Tibidabo en su extensión, el cielo despejado, azul… no enciendo la calefacción, no siento frío. Tomando el primer café de la mañana, escribo en mi libreta: “hermoso día soleado de invierno… el frío ha remitido”. Horas después, recuerdo el sueño.

[Ellos]

[Ellos] Asistían al espectáculo sabiendo que podían escapar de la función cuándo se les diera la gana, gracias a ese pasaporte que les daba inmunidad, convirtiéndolos, mágicamente, en intocables. Para el resto, el cuento era distinto. Una broma, una palabra fuera de lugar, una información errónea, podía costarles la vida…

Los bystanders

Recuerdo hace muchos años haber presenciado la siguiente imagen. Estaba en Plaza Catalunya, temprano por la mañana. Había ido a acompañar a un amigo que tomaba el bus para el aeropuerto. Tras despedirme, atravieso la plaza en dirección a Las Ramblas.
Las palomas en su círculo central, como siempre. De repente, se ven sorprendidas por el fulminante ataque de un grupo de gaviotas que, cayendo en picado sobre una de ellas, la destrozan. Las palomas, temerosas de su propio destino, se hacen a un lado, mirando hacia otra dirección, mientras las gaviotas ultiman la faena…
A esa imagen se me dio en denominar los bystanders, en clara relación con los estudios de genocidio, que me ocupaban en esos momentos.
Semanas atrás, cuándo todos deseaban creer haber alejado el peligro, los titulares de la prensa festejaban el “acuerdo griego”. Aplaudían las medidas. Actuaban como las palomas. Mientras se le imponían unas terribles “cláusulas de rendición” al pueblo heleno, en toda Europa se miraba hacia otro lado, dispuestos a sacrificar a toda una población, con tal de alejar el peligro de nuestra propia puerta. No era más que un espejismo. Actitud infantil que, ante el miedo, se pone debajo de la manta. Si no vemos, el coco no existe. Ese era solo parte de una estrategia general, de un ataque frontal a la soberanía popular. Tarde o temprano, nos tocará a cada uno de nosotros… En los setenta, se alentaban, se apoyaban, se financiaban y se organizaban golpes de Estado para imponer medidas económicas similares a las exigidas a Grecia (y antes a Irlanda y Portugal). Ahora sacar los tanques es demodé. No queda bien. Esta mal visto. Basta con la amenaza de la intervención económica. Se hablan de “ciertas cesiones de soberanía”. Mucho eufemismo para mencionar lo mismo. Si no asumimos esta crisis como lo que es, no se podrá articular la sociedad civil, en su conjunto y con todos sus mecanismos, para detenerla.

Sueños I

Elena Salgado, acompañada por dos personajes de mi película, entra en escena. Un gran predio que parecería representar una especie de reserva natural, dónde habitarían salvajes cocodrilos. La ministra camina cargando con una voluminosa carpeta bajo el brazo. No recuerdo si mi trabajo es el de cuidador de la reserva o el de guía de los visitantes, pero el caso es que sé que los cocodrilos tienen la singularidad de enloquecerse con el gusto del papel. ¡Les encanta el papel! Engatusando a la ministra, la invito a acercarse, y en un santiamén, mis bestias amigas se zampan la carpeta entera… y con ella, los presupuestos del Estado del próximo año… La observo sonriente, aliviado…

Un instante

Solo hace falta un pequeño desgarro en la frágil superficie urbana para ver el salvaje entramado sobre el que se sustenta (¿o se oculta?). Es como si levantásemos la tapa de una alcantarilla de una importante y majestuosa avenida, manifestándose ante nosotros la imagen de las ratas correteando entre las cloacas.

Libros

Paseando mi mirada por los lomos de los volúmenes expuestos en la sección “literatura alemana” de una importante casa de libros, me viene a la mente una frase demencial: que el holocausto fue en realidad un asunto editorial. Primero los asesinaron físicamente y luego se las apañaron para apropiarse de sus derechos de explotación.

El fin del cura


(David Mauas, Barcelona, 2006)
“Bienaventurados los que tienen cojones, puesto que ellos heredarán la tierra”. El cura observa la audiencia, midiendo el efecto de sus palabras. La gente, en silencio, asustada. Un cura que inspira la revolución. El sacerdote asciende al púlpito, lento, majestuoso… Pasea su mirada por los presentes. Silencio. Es un pueblo pequeño y el viento sopla con fuerza. Las ventanas chirrían. Alza la voz. Estalla. “Bienaventurados los que tienen cojones, puesto que ellos heredarán la tierra. Malditos los temerosos, puesto que ellos heredarán solo el cielo”. El público se mira entre sí, atónito. Creen alucinar. Se percatan de que entre los presentes no se hallará algún soplón. Voces, rumores. Era el principio de la revolución. Y el fin del cura…