De huelgas y benjaminianos

Iba a escribir sobre la huelga, sobre la enorme concentración de personas en la manifestación, sobre el seguimiento en el centro de Barcelona y sobre como nadie habló de ello –lo importante– con la excusa de los disturbios posteriores. Iba a escribir de todo esto, y de cómo los antidisturbios, una especie de cuerpo de antisistemas pagado por el Estado, disparaba sus pelotazos de goma a la masa de manifestantes, sin discriminación (“yo lo vi”). No sé si hay o no una estrategia a priori, pero el resultado es siempre el mismo: amedrentar a la gran masa de manifestantes normales… familias, gente con niños, gente que va a manifestarse en paz. Las protestas pacíficas son siempre molestas.

Decía que iba a escribir sobre estas cosas cuándo ayer, antes de irme a la cama, tuve la mala idea de echarle un vistazo a facebook. Al abrirlo, me araña la imagen de una caricatura (en alemán) a manera de díptico. En el dibujo de la izquierda, bajo el vocablo “ayer”, vemos un soldado nazi deteniendo a un niño judío, y al fondo, lo que parecerían ser las ruinas de un gueto europeo. En la viñeta  de la derecha, bajo el “hoy”, un soldado israelí frente a un niño palestino (lleva kefia) y tras él el paisaje desolado de una posible Gaza. Lo que más me sorprendió del asunto no fue el dibujo, ni la caricatura, acostumbrados ya como estamos a todo tipo de necedades cibernéticas. Sino el remitente, es decir, la persona que la cuelga: un digno profesor universitario, especialista en literatura alemana, y para más inri, estudioso de Walter Benjamin (así nos conocimos). A decir verdad, ya había detectado algo de escurridizo en su discurso…

Años atrás, escribí unas notas para un texto que no seguí y que versaba sobre el peligro de muchos “benjaminianos” para el mismísimo legado de Benjamin. La ortodoxia, el sectarismo y la cerrazón que acompañan a muchos de estos discursos (no es distinto a lo que sucede con Goya: muchos goyistas de hoy, de haber sido parte de la Comisión del Cabildo del Pilar, también hubieran rechazado su obra).

Hace unos días, en Berlín, M. me confiesa que tras algunos autodenominados benjaminianos, él cree encontrar, a veces, un “ligero” antisemita: quieren a Benjamin, pero soslayando todo lo judío que hay en él. De ahí, que se opongan, de manera instintiva, a todo discurso que apele a sus influencias hebreas.

Viendo lo visto durante todos estos años alrededor del tema, make sense.

Instituciones

Las instituciones son como las personas. Las hay dialogantes, respetuosas, arrogantes, displicentes, opacas, transparentes… en realidad, son más que las personas que las conforman. Y esto es un tema interesante, casi místico. Es como si en ellas planeara una manera de ser que es general a todos sus miembros.

Decía mi querido R., al frente de una importante institución, que “las relaciones entre los artistas y las instituciones tienen que basarse en el respeto mutuo”. Cuándo con una fundación, museo, centro cultural o similar, la comunicación se tuerce, hago lo que haría con una persona querida. Le expongo mis razones, quejas y argumentos y quedo a la espera de su respuesta, invito al diálogo. A veces hay suerte, y tras esa pequeña crisis, surge una relación duradera.

Las personas, como las instituciones, responden como su propio espejo:  nos ratifican o rectifican nuestras sospechas. Los dialogantes, dialogan. Los displicentes se sienten ofendidos y no aceptan crítica alguna, insultan en su respuesta. Es como si no tuvieran fondo y fueran una mera caricatura de ellos mismos. No son capaces de meter los pies en el agua. Cuándo uno se topa con alguien así, sea institución o persona, no hay futuro posible. Lo mejor es desconectar.

Los Pasajes

Estando en París, paseo por sus pasajes. En ellos, un negocio de fotografías antiguas. Una de ellas presenta la imagen de una catacumba: decenas de esqueletos de monjes recostados. Uno debería tener una foto así, expuesta en un lugar visible. Nos haría más modestos.

Proyección en Berlín

Hace un par de semanas tuve el placer de ser invitado a presentar “Quién mató a Walter Benjamin…” en Berlín, en el Literaturforum in Brecht-Haus, por iniciativa de Erdmut Wizisla.
Tras lo sucedido con mi madre, pocas ganas tenía yo de viajar. Lo reconozco. Y sin embargo, fue una inyección de energía: una buena proyección, un buen público, un debate interesante.
En un momento de la noche, ya en la intimidad de la cena, Erdmut me pregunta si no me aburre esto de ir presentando el film, de estar siempre hablando de lo mismo. Me sorprendo contestando que no, que en realidad, cada encuentro con el público es totalmente distinto, y siempre surgen una o dos preguntas que nunca antes me habían hecho, y que me obliga a replantear y replantearme. Además, me fascina ahora experimentar las diferencias: cada público es distinto, y en cada lugar, la recepción del film, es otra. Sorprende el pensar que una película ya esta hecha, y sin embargo, va cambiando con la mirada del espectador; y yo, como director, experimento su propio cambio…

San Juan, Puerto Rico.

A punto de regresar, asombra alegremente la experiencia de saberse viajando tan lejos para encontrarse con gente tan afín.
Charlas, debates, intercambios de ideas.
Una manera de ver nuestra obra en distancia, con distanciamiento.
Interrogantes que se abren, respuestas que deberemos encontrar en los próximos proyectos.
Ansías de enfrentarse al time line, estrategias narrativas que sean un afianzamiento del lenguaje.

Diciembres (al regreso de Nairobi)

 

El periódico de la mañana traía la siguiente noticia: que este año cada español se había gastado una media de setenta y dos euros en billetes de lotería para el gordo de navidad. Como no conozco a nadie que haya comprado uno, me ratifica ese viejo refrán que dice que la “estadística es esa ciencia exacta que dice que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, cada uno de nosotros tiene un coche”. Al final, el gordo tocaría a sólo veinte metros de esta mesa desde la que escribo. Bajo las escaleras, curioso, a ver el espectáculo, mientras desencadeno mi bicicleta rumbo a la piscina. Enjambres de periodistas, esa jauría moderna de lo novedoso, al acecho. Me miran con recelo, no sea cosa que sea un disimulado agraciado. Pero no lo soy. Solo un momento me deleito ante la idea-espectáculo de qué haría de haber sido uno de los premiados… Al regresar, la jauría colaboracionista sigue allí. Ahora con más cámaras, y más chicas en falda, micrófono en mano, en busca de esa historia, la de siempre, la cenicienta moderna que, salvando a uno, nos haga creer que realmente “podemos”, cuándo no somos más que un triste público a quién le arrojan las migajas del circo.
Ayer, antes de dormir, comencé a leer “El Retrato” de Gogol. Buena recomendación de C. Ya dormido soñaría con las pinturas de Goya. El color invadía la imagen, algo así como “esos días azules, ese sol de infancia” pero en rojo y verde. Sin todavía despertarme, tomaba consciencia de cuánto echaba de menos a Goya y cuánto me hacían falta sus cuadros en estos momentos. Como si dentro del color estuviera escondido el tesoro… pero no en metálico, sino en palabras.
Hace solo una semana que regresé (regresamos) de Kenia. Proyección de Quién mató a Walter Benjamin… en Nairobi; workshop al otro día en la Academia.
Me sorprendió (¿o me regocijó?) el ver la actualidad del tema a una sociedad aparentemente tan distante. Da cuenta del papel del arte en general, y del cine en particular, para generar diálogo. Uno de los asistentes pregunta, refiriéndose al valor de la cultura, si acaso el conocimiento del pasado, el exorcismo de sus fantasmas, sería suficiente para evitar otra matanza como la de Darfur o Rwanda (refiriéndose al frágil equilibrio social que se respira en Kenia tras los disturbios de principios de año). Contesto que “lamentablemente, toda la Biblioteca Nacional de Paris, con todos sus volúmenes y su sabiduría escrita, no pudo detener la barbarie. Y que por mucho que nos pese a los intelectuales y artistas, lo único que es capaz de detener a un tanque es otro tanque. El role del arte es otro y yo no me creo eso de que ‘quién no conoce su historia esta condenado a repetirla’. No hay ninguna relación entre esto y lo otro, como tampoco hay relación alguna entre la cultura y la compasión”.
Entonces, ¿qué sentido tiene todo esto?, pensaría más tarde…
Un poco de luz, convertirnos aunque sea en fugaz cerilla entre tanto sentido embotado.

Jerusalén-Tel Aviv

 

Subo al coche. Sábado por la mañana. La ruta vacía. Buena música en la radio. Jerusalén va desapareciendo a mis espaldas. Enfilo hacia el Mediterráneo. El nudo en la garganta. La despedida de acontecimientos intensos. Un universo que se abre. Una confianza que se establece. Presto atención a la velocidad. Aminoro hasta plantarme en los cien reglamentarios. La mañana, la música, una ruta vacía, invitan peligrosamente a acelerar, un coche que se desboca como potro con deseos de correr.

A mis costados, a los lados de la carretera, murallas, a manera de estético pasillo. Cuándo llego a Tel Aviv, tan solo cuarenta minutos después de haber puesto en marcha el coche, me apabulla el abismo. Los universos irreconciliables. Es como si la ruta misma fuese un pasadizo secreto que va preparando el cuerpo y la vista en ese pasaje entre oriente y occidente.
(más tarde se me ocurriría que el muro es algo así como decir “no sabemos que hacer con esto ni como solucionarlo y mientras tanto lo mejor es no verlo. No queremos verlo. Se tapa, y nos olvidamos”).

Aeropuertos [1]

Aeropuerto nuevamente. Me pierdo en busca de mi vuelo. Hay tiempo, a pesar de la enormidad de la T4. Al final de una cinta transportadora, veo avanzar a J. Cálidos abrazos, cinco minutos para ponernos al tanto del acontecer en los últimos meses. Hablamos de Goya, de Benjamin, de Jerusalén… Viajo a Barcelona, vuelo relámpago. Reuniones esperadas, encuentros con gente respetada. El camino que se invierte. A bocajarro, él pregunta, “¿Cómo era Goya?” Calculo mi ignorancia mientras me viene a la memoria una anécdota similar, hace ya cuatro años. Me encontraba en Alemania. Primer encuentro con A., tutor y profesor. Le relato mi historia sobre Benjamin. En un momento dado, entre irónico y media sonrisa, dice: “corta el rollo. ¿Cómo era su vida sexual?” Me tomo un momento, organizo lo que sé, y sin amedrentarme, me explayo convenientemente. Se ríe francamente. “Esta bien, sólo quería calibrar hasta cuánto conocías el personaje”.
Pero ahora con J. no me arriesgo. No ahora, y menos en dos minutos de pasillo aeropuerteario.

Derechos de autor

Ya de regreso en Barcelona. Compro un libro de Mia Grondhal, The Dream of Jerusalem. Quedan cuarenta minutos para encontrarme con A. Hago tiempo entrando en la primer librería que encuentro. Un establecimiento grande, de dos plantas, mucho más surtido que el anterior. Por instinto, o simplemente inercia, me acerco a la sección de filosofía a ver que novedades nos deparan nuestros amigos benjaminianos.
Un estante lleno de nuevas ediciones…
No dejo de sonreír ante el recuerdo de mis comienzos: la dificultad de encontrar obras dignas con traducciones fiables.
Imposibles también eran Arendt, Steiner, y todos aquellos tan citados hoy en día.
Es como si España, se estuviera finalmente abriendo al mundo, o si los Pirineos se dividiesen como las aguas del Mar Rojo.
Esto es tan solo una observación mística, lo sé.
Podríamos hacer una de índole práctico, materialista: tomando en consideración que esta explosión benjaminiana sucede en todas los idiomas, me pregunto si no tendrá algo que ver con el paso a dominio público de sus obras, en tan solo tres años desde ahora. En el fondo, todo se reduce tristemente a merchandising.
El conocimiento, como tal, cada día es un valor más erosionado.
Esto me llevaría a otra historia, relacionadas a los derechos de autor de Walter Benjamin… aunque prometí no hablar de esto, y así será.

Libros

Paseando mi mirada por los lomos de los volúmenes expuestos en la sección “literatura alemana” de una importante casa de libros, me viene a la mente una frase demencial: que el holocausto fue en realidad un asunto editorial. Primero los asesinaron físicamente y luego se las apañaron para apropiarse de sus derechos de explotación.

Notas del Cuaderno Negro I

Encuentro las siguientes notas escritas a finales de febrero (las transcribo así, en orden cronólogico e inconexas):

Que rápido nos acostumbramos a todo… Veo que el tabaco se vende en las confiterías y cafés, como parte de su oferta normal. La gente fuma en la cola del cine o en un hall de una importante institución cultural, mientras espera su turno para entrar en una conferencia. Al principio no comprendo que es lo que me llama tanto la atención. Sensación tercermundista (falsa, se entiende). Preocupa lo rápido que podríamos acostumbrarnos a los tiempos y a sus leyes…

A. me comenta que en el siglo XVIII el chocolate era altamente adictivo, y se utilzaba, en sus debidad proporciones, como una droga (habría que verificarlo).

La ciudad en Benjamin como hogar e infierno del hombre moderno.

El flaneur se convierte en comprador.

Los Shoppings (los centros comerciales) no son exactamente Passages.

Aura: experiencia, relación en el tiempo. La patina del tiempo, y no se trataría solo en obras de arte.

¿Existirá un avión dónde la tripulación no hable por los altavoces? (¿un vuelo para iniciados?)

Agnóstico y ateo, tuvo sin embargo un último momento de pudor. Se puso firme y aguanto el final. Por si acaso.

Honra, honor, palabra y respeto…
Integridad.

Lisboa

Bajo el arbol de Principe Real. Los olores, enseguida me llaman la atención. Sus cafeterías, sus pastelerías, únicas. La cultura alrededor de esto: el café, las pastas, los azulejos. Tengo la misma impresión que tuve seis años atrás. Estar al final y al principio del mundo. Estar en la capital de un imperio desaparecido.

Camino por las calles de Lisboa y me da escalofrío pensar que quién debería haber caminado por aquí era Benjamin, no yo.

Me viene a la mente una fotografía.
Lo vemos caminando en una ciudad francesa, las manos a la espalda, pantalón blanco, la mirada baja, un poco encorvado, adelanta un pié… parecería verlo en cualquiera de estas escaleras…
Uno se cuestiona el derecho a determinadas cosas. O sobre su privilegio.

Estoy entre el creyente y el agnóstico.

Me gustan las ciudades con nostalgia. Diría que hasta con cierta melancolía. Lisboa, Dublin, Jerusalén, Paris, Berlín… puede que sean ciudades que tengan algo de “otrora” (noble, imperial).

El viajar es un privilegio si se permite convertirlo en un mapa de uno mismo.

¿Qué es el flaneur sino el abandonarse a la búsqueda intuitiva de uno? Al caminar sin mapa vamos reaccionando, vamos respondiendo a los impulsos, dándo respuesta a los estímulos que nos propone un lugar desconocido.

¿Por qué curiosear en este portal y no en otro?

Proyección

No termino de acostumbrarme. Siempre los nervios, la excitación antes de la proyección. El público que entra y va tomando posiciones. Nos echa una mirada interrogante. ¿Será éste el director? Las presentaciones de rigor, los agradecimientos. La proyección. Esa hora y trece minutos interminables en espera del fundido a negro final, pendiente de cada respiro, cada risa, cada movimiento de un público desconocido y que nada nos debe. Luego las preguntas, a veces sorprendentes, otras reiterativas. Uno cumple con su papel. Varia sus respuestas ante preguntas conocidas, en función del ánimo y el público. A la caza de la pregunta que nos sorprenda. Que no sepamos responder, que nos llevemos a casa como un regalo. Qué placer cuándo esto sucede… que deleite cuándo una proyección se aleva a diálogo aristotélico.

[lo que si no deja de sorprender es la lucha que exije a veces algo tan simple y de derecho natural, como que la proyección se haga de manera digna y profesional. Técnicamente hablando. Hay situaciones que parecerían erigirse como en un juego imbécil de ver si el director es suficientemente listo como para detectar, ver y declarar que la calidad no es buena… y tomar las medidas pertinentes. No quiero ni imaginar cómo se proyecta la película cuándo no estoy presente, en situaciones similares. Los directores nunca deberían renunciar a ese derecho inalienable: y es que su obra sea presentada de la mejor manera posible. So pena de no participar en la proyección].

Proyeccion de Benjamin en Barcelona

El próximo 18 de julio se proyectará en el Instituto Francés de Barcelona nuestro documental “Quién mató a Walter Benjamin…”
El pase comienza a las 20:00 y la dirección es:
calle Moià, 8
Metro: Diagonal
La presentación es en el marco de la programación del Festival de Cine Judío de Barcelona.
El precio de la entrada es de 3 euros
Para más detalles, por favor ponerse en contacto con los organizadores:
FCJB: 933 296 222
IFB: 935 677 777

(y sí, las fechas hacen siempre esos juegos, esas figuras que se intuyen como un destino ni siquiera buscado: el documental se presenta el día en que se conmemoran los setenta años del levantamiento franquista, aquel triste y fatídico 18 de julio de 1936, que llevaría, tres años más tarde, a convertir Portbou en una trampa insalvable para este Benjamin que escapaba de otra guerra, perdón, de la misma… no sigo)