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Última cita con el dentista tras cuatro sesiones. Nathan va casi a rastras. Se resiste. Temeroso, entra. Tras el pinchazo de la anestesia, la situación sube en intensidad. Se quiere bajar del sillón. Grita, patalea, reclama ayuda, llora, golpea. Entre la asistente y yo hemos de contenerlo. Pasada una hora, salimos. La faena terminada, él más tranquilo, pero visiblemente enojado con su padre. Sentados en un portal sobre la avenida, vemos pasar los coches. «Y tu qué pretendías que haga –le explico–, ¿qué salgamos corriendo los dos sin haber arreglado el diente?». Para insuflar un poco de ánimos al asunto, lo invito a un cacaolat. Ya sentados en la cafetería, le relato la historia de cuándo mi padre, su abuelo, me hizo algo similar que, todavía aún hoy, decenios después, recuerdo vivamente: «Había una vez, cuándo tu papá era un niño, que tenía que operarse. Pero él no quería, como tu hoy. Pataleaba, golpeaba a las enfermeras, no se dejaba poner la inyección. Entonces salió corriendo en busca de la ayuda de su papá, tu abuelo. Pero su papá, tu abuelo, lo cogió enérgicamente en brazos, lo trajo de regreso a la sala dónde estaban las enfermeras, lo sentó, y lo mantuvo con fuerza hasta que le dieron la inyección. Luego me dormí. Y cuándo me desperté, estaba muy enojado con el abuelo». Nathan, que sigue atento toda la historia en busca de alguna clave secreta, se indigna, golpea secamente la mesa  y me reprocha con sorpresa: «¡¿Y por qué tu haces lo mismo?!».

(abril 2019)

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Niño – ¿Sabes lo que es el coronavirus?  

Madre – Sí. ¿Y tu?  

Niño – ¡Es el rey de los virus! 

Madre – ¿Cómo que es el rey de los virus?  

Niño – ¿Qué no lo ves? ¡Es un virus con corona! 

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Imaginemos todo el terror que se agazapa tras este titular: «El presidente de Sierra Leona declara emergencia nacional contra la violencia sexual». Una pequeña nota periodística en las páginas interiores de un periódico. 

(febrero 2019)

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Un amigo me invita a la inauguración de una exposición. Se trata de un videoartista. Proyectan la obra. Discurso blandengue, poroso. Aunque se crea rompedor y combativo, un queso gruyère lo hubiera representado mejor. 

(febrero de 2015)

Masa y poder

«El que las guerras puedan durar tanto tiempo hasta el punto de que aún se mantengan cuando hace mucho que están perdidas, se vincula con la pulsión más profunda de la masa: mantenerse en su estado agudo, no desintegrarse, seguir siendo masa. Ese sentimiento es a veces tan fuerte que se prefiere sucumbir a ojos vista, en vez de reconocer la derrota y con ella vivir la descomposición de la masa propia.»

Masa y Poder, Elías Canetti.