137

Vanidad de vanidades. Un famoso se muere y ya están todos colgando sus fotitos con el susodicho. Colección de frikies. Todo a mano para darse humos de importancia.

(septiembre 2016)

135

Soñé que Binyamin Netanyahu se convertía en presidente de los palestinos. Como tal, era un negociador implacable, intransigente, imposible… Ante la sorpresa de los israelíes, alguien recuerda: «no hay de qué sorprenderse, siempre supimos que lo único que le importaba era ejercer su propio poder». 

(enero 2010)

134

–Vale, te cuento el último. Pero este bien cortito y luego te duermes, ¿de acuerdo?

–Sí, papá. 

Nathan escucha con atención. Tras un corto y denso silencio, exclama decepcionado: 

–¿Quién despertó?¿Qué dinosaurio? ¡Qué tonterías!

133

Me invitan a un encuentro judeo-musulmán. Música, pastitas, zumitos… Sentirse buena persona compartiendo una tarde con gente guais. Simpático, inocuo, preformato subvencionable. Estoy invitado en calidad de judío, lo sé, no me hago ilusiones. Es mi filiación lo importante aquí. Otros, seguramente, están invitados como musulmanes. Diálogo entre etiquetas. Todo resulta más extraño si cabe: algún que otro judío, otros que amanecieron judíos ayer mismo, un puñado de musulmanes y una mayoría de «gente de bien» con sonrisa beatífica que parecerían tener la frase som bona gent inscrita entre sus dientes. Sobre el escenario, con enorme pathos y mala pronunciación, tocan canciones judeo-árabes de una Sefarad inexistente, imaginaria, mítica. Hinei ma tov umanaim shevet achim gam yachad. «Abrazaos y cantad conmigo» –exhorta la cantante–, miro a mi vecina de asiento y no puedo más que aprobar la excelente idea. Tras tres canciones y dos pastitas, Nathan me chafa el asunto. Me pide ir al parque. «Con lo bonito que es estar los hermanos y las hermanas juntos», pienso, mientras me despido resignado de mi ocasional compañera para atender a mi querido y demandante retoño.

(marzo 2019)

132

En un artículo del periódico leo: «la mitad del trabajo de los abogados, podrían hacerlo las máquinas». Y el de los jueces también, me digo. ¿O es que ya lo habrán puesto en práctica y no nos habíamos percatado? 

(febrero 2019)

Sin presente

«¿Cómo hemos llegado hasta aquí, dónde tomamos la decisión equivocada, qué error hemos cometido, en qué intersección no tomamos la dirección correcta?» 

Sin presente, Lionel Tram. 

131

Última cita con el dentista tras cuatro sesiones. Nathan va casi a rastras. Se resiste. Temeroso, entra. Tras el pinchazo de la anestesia, la situación sube en intensidad. Se quiere bajar del sillón. Grita, patalea, reclama ayuda, llora, golpea. Entre la asistente y yo hemos de contenerlo. Pasada una hora, salimos. La faena terminada, él más tranquilo, pero visiblemente enojado con su padre. Sentados en un portal sobre la avenida, vemos pasar los coches. «Y tu qué pretendías que haga –le explico–, ¿qué salgamos corriendo los dos sin haber arreglado el diente?». Para insuflar un poco de ánimos al asunto, lo invito a un cacaolat. Ya sentados en la cafetería, le relato la historia de cuándo mi padre, su abuelo, me hizo algo similar que, todavía aún hoy, decenios después, recuerdo vivamente: «Había una vez, cuándo tu papá era un niño, que tenía que operarse. Pero él no quería, como tu hoy. Pataleaba, golpeaba a las enfermeras, no se dejaba poner la inyección. Entonces salió corriendo en busca de la ayuda de su papá, tu abuelo. Pero su papá, tu abuelo, lo cogió enérgicamente en brazos, lo trajo de regreso a la sala dónde estaban las enfermeras, lo sentó, y lo mantuvo con fuerza hasta que le dieron la inyección. Luego me dormí. Y cuándo me desperté, estaba muy enojado con el abuelo». Nathan, que sigue atento toda la historia en busca de alguna clave secreta, se indigna, golpea secamente la mesa  y me reprocha con sorpresa: «¡¿Y por qué tu haces lo mismo?!».

(abril 2019)

130

Niño – ¿Sabes lo que es el coronavirus?  

Madre – Sí. ¿Y tu?  

Niño – ¡Es el rey de los virus! 

Madre – ¿Cómo que es el rey de los virus?  

Niño – ¿Qué no lo ves? ¡Es un virus con corona!