149

Me desperté, repentinamente, cargado de malos sueños. Miro por la ventana, apenas clareaba. El primer pensamiento es: «buena luz para moverse entre los bosques». No puedo volver a dormirme. Miro la hora, cinco y cincuenta. Me percato de algo más: hoy es primero de septiembre. Si los lugares tienen memoria, y las fechas también, entonces esta es una madrugada terrible. 

(Köln, septiembre de 2003) 

Kafka

«¿Ha oído hablar de nuestro anterior comandante? ¿No? Pues bien, no exagero si digo que la organización de toda la colonia penitenciaria es obra suya. Nosotros, sus amigos, supimos en cuanto murió que la organización de la colonia está tan bien trabada en sí misma que su sucesor, aunque tenga mil planes nuevos en la cabeza, al menos durante muchos años no podrá modificar nada de lo antiguo».  

En la colonia penitenciaria, Franz Kafka.   

148

Casa América. Cafetería. Madrid. En la mesa vecina un hombre de unos cuarenta años. Gafas oscuras cuadradas, pasadas de moda, cabello negro, bigote, libreta abierta. Con el rabillo del ojo busca alrededor. Quiere iniciar conversación, se aburre. Inevitablemente, se dirige a mí. Se presenta. Artista mexicano, venido por Arco. Doy respuestas cortas, nada que dé lugar a más. Quiero estar solo, en silencio, disfrutar de un momento de lectura tranquila. Parece no percatarse. Me pregunta por “mi tierra”. Que si voy, que si no voy. Ante lo evasivo de mis respuestas, que él confunde con desinterés por eso que denomina “mi tierra”, sentencia moralista –más cercano a un militar golpista que a un creador–: «no hay que olvidar tus raíces». Harto, le pregunto: «Cuándo me miras, ¿qué ves?… ¿una planta o una persona?». 

(2008) 

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K. es un joven emprendedor. Trabajador, buen padre de familia. Esforzándose mucho, comprando allí, vendiendo aquí, ha logrado hacerse de un buen colchón económico. Con el dinero ahorrado y una declaración de renta más que dudosa, va comprando pequeños pisitos que pone a punto con reformas rápidas y económicas, y así alquilarlos buscando su máxima rentabilidad.  
Barcelona es para él y los suyos un escenario donde expandir sus reales: una tienda donde todo se compra, todo se alquila.  
Él se ríe de mi apego por el centro de la ciudad. Para él, aquí viven inmigrantes hacinados en habitaciones compartidas o guiris desahogados que van de progres. «La gente como nosotros vive fuera», asevera K. Nunca le pregunté a qué se refiere con ese «nosotros». El «nosotros» me descoloca, pero como me hace ilusión sentirme incluido en su círculo de emprendedores, no lo cuestiono. «Tu batalla está perdida», insiste didácticamente intentando hacerme entrar en razón, como quien ofrece al enemigo una rendición honrosa. «Todos hacen lo mismo, ¿por qué no habría de hacerlo yo?», se justifica.  
K. es un joven emprendedor. Y decenas de K. van destruyendo nuestra ciudad…   

(octubre de 2016) 

145

La propina eterniza la condición servil. Relación colonial de clase dominante. La propina genera una situación de sumisa espera que debería ser desaprobada, rechazada por insultante. El trabajo, sea el que fuese, ha de tener un precio digno pactado de antemano. 

(septiembre 2019)

El arte de tener razón

«La única contrarregla segura es la que ya ofrecía Aristóteles en los Tópicos: no discutir con el primero que se presente, sino únicamente con aquellos a quienes se conoce y de los que se sabe que tienen el suficiente entendimiento para no plantear algo demasiado absurdo y tener que quedar por ello expuestos a la vergüenza; para discutir con razones y no con sentencias inapelables; para escuchar las razones, también de labios del adversario, y que tengan la ecuanimidad suficiente para soportar no llevar razón cuando la verdad está de la otra parte. de esto se sigue que de entre cien, apenas uno es digno de que se discuta con él. Déjese al resto decir lo que quiera, pues desipere est juris gentium [delirar es un derecho común], y considérese lo que dice Voltaire: la paix vaut encore mieux que la verité [la paz es preferible aún a la verdad], y hay un refrán árabe que afirma que del “árbol del silencio cuelgan los frutos de la paz”».  

El arte de tener razón, Arthur Schopenhauer.